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Cine

'Malecón': los rostros de otra Cuba

Entre las precandidatas a la nominación al Óscar como Mejor Filme Extranjero, la película es una carta de amor a La Habana.

Ciudad de México
Fotograma de 'Malecón' de Carlos Larrazabal.
Fotograma de 'Malecón' de Carlos Larrazabal. Hollywood Reporter

Malecón, la película cubana que se ubica entre las precandidatas a la nominación al Óscar como Mejor Filme Extranjero, tuvo en la noche del 29 de octubre una proyección especial en la Ciudad de México. Como parte de un circuito de exhibición que ha ido introduciendo esta obra al público de este país, y que ya ha pasado por Guadalajara, Mérida, Puebla, al tiempo que anuncia otras funciones en diversos puntos de la nación, Malecón se presentó en la Facultad de Cine, en la Colonia Roma Sur, ante los espectadores que pudieron conocer su trama, en la que actores y actrices de una generación muy joven encarnan a los personajes de una realidad mucho más cruda de la que todavía algunos imaginan como una posible fotografía de La Habana. 

Dirigida por el español Carlos Larrazabal, y con guion suyo y de Fabián Suárez, Malecón es una pieza que se añade a estas otras visiones del mito de la Cuba que resiste entre los restos de la épica, las nuevas economías y modos de supervivencia, y la voluntad de seguir adelante pese a todo. Incluso cuando la violencia de la cotidianidad se impone como un muro demasiado alto y peligroso.

Ese muro no es solamente, claro está, el del Malecón. Elvis, quien regresa a su casa tras diez años en prisión por haber matado a su padrastro, un borracho que abusaba de su madre, se encuentra no solo con una casa en estado deplorable, vacía, en la que verdaderamente ya no posee nada. Su amigo de la infancia, Martín, acude en su ayuda. Y el primer amor, Yuli, se ha convertido en una mujer casada con un negociante que también la maltrata, pero que la mantiene en una casa lujosa y le permite una vida que la mayor parte de los cubanos no puede disfrutar. Los tres personajes principales están a cargo de César Domínguez, Omar Rolando y Camila Rhodes. Ninguno de estos actores reside actualmente en Cuba. Reencontrar sus rostros y sus voces en la pantalla es, para quien ha sido testigo de sus trayectorias, una alegría y al mismo tiempo otra emoción, que mezcla esa sensación de despedida y anhelo de que sus carreras sigan adelante con buen rumbo. Algo que desde la Isla hemos deseado a tantos colegas que desde el exilio, de muchos modos, repiten el destino de sus propios personajes.

La película se rodó de manera independiente, y según testimonio de algunos de sus actores, en el apretado tiempo de un mes. El regreso de Elvis a su barrio natal implica nuevos desafíos, mezclarse con sus viejos amigos y conocidos, pero también adaptarse a las reglas de una existencia que se ha vuelto incluso más difícil. En las primeras escenas, cuando el guion nos presenta al Elvis adolescente poco antes de que empuñe el cuchillo contra su padrastro, actores aún más jóvenes interpretan a ese trío de protagonistas, en un arranque de buen ritmo, edición acertada, y que retrata de manera rápida la vida de juegos y delincuencia juvenil que ya los marca.

El resto del guion se hace ciertamente más predecible, y desde que Elvis decide escapar del país mediante una salida ilegal, al tiempo que da inicio a un peligroso romance con Yuli, los diálogos y ambientes de la película acuden a tópicos que el cine cubano más reciente retoma una y otra vez. Malecón es parte de una saga de diversos valores y calidades que incluye lo mismo a Fresa y chocolate que a Habana Blues, La película de Ana, Fátima o el Parque de la Fraternidad, Viva o La partida, e incluso piezas más curiosas, por distintas razones, como Suite Habana, La pared de las palabras o El rey de La Habana. Basada en la exitosa novela de Pedro Juan Gutiérrez, este último fue estrenado una década antes de Malecón, pero no pudo filmarse en Cuba, y ni a pesar de su recorrido internacional se ha exhibido comercialmente en la Isla.

Que Malecón sí lo haya conseguido es una curiosa señal. Y que la propia política cultural del país haya elegido este título como aspirante al Óscar, tras mucho tiempo sin que ningún filme cubano lo consiguiera, también añade otros puntos de interés a este filme. Su director, al hablar de esta, su ópera prima, ha reconocido que justamente la literatura de Pedro Juan Gutiérrez fue una de las influencias a las que apeló mientras concebía el proyecto.

Yordanka Ariosa, la actriz que ganó la Concha de Plata en el Festival de San Sebastián por su excelente desempeño en El rey de La Habana, interpreta aquí a la madre de Elvis. Más allá de varios detalles que, como digo, repiten tópicos y vuelven a temas resabidos como la prostitución, la marginalidad, la pérdida de un sentido ante las carencias y la falta de muchas clases de fe, Malecón es una película que me parece una carta de amor a La Habana, y que trata con respeto algunas de las angustias y pequeñas alegrías que la sobrevivencia impone allí a su gente. Lo consigue sobre todo mediante el acertado trabajo de casting, a cargo de Libia Batista, que une en el elenco a varios talentos de probada fuerza, y en el caso de los más jóvenes ojalá abra más posibilidades a sus actores y actrices.

Fue por ello un tanto chocante que uno de los espectadores de esta proyección en Ciudad de México abriera el diálogo, al culminar el filme, preguntando si estos actores eran o no profesionales. Lo son, en su mayoría, y no precisamente debutantes la mayor parte de ellos. Contar con Luis Alberto García y Yordanka Ariosa en los momentos iniciales, durante la escena del asesinato que Elvis comete para defender a su madre, es un lujo que el director no desaprovecha.

Tampoco pasan inadvertidos aquí Mireya Chapman, Eduardo Ramírez, ni Yailín Coppola. La sinceridad y transparencia que ofrecen a la cámara, junto César Domínguez, Omar Rolando y Camila Rhodes, ayuda a que la trama de Malecón pase por encima algunos momentos débiles, para conectarse con el público y lograr la empatía que Larrazabal seguramente anhelaba. Su relación con Cuba data de 2005, cuando fue a la Isla para tomar clases en la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños. Gracias a un programa del Sundance Institute desarrolló junto a Fabián Sárez (Caballos, Cherri) el guion de esta película, que incluye, a manera de cameo, hasta un guiño directo a La mala educación de Pedro Almodóvar. Coproducida entre España, Estados Unidos y Cuba, la película se programó en ya en eventos como el Festival de Cine de Miami, en New York, Mar del Plata, y en agosto, se presentó en el cine Yara habanero.

En el debate del pasado 29 de octubre, no estuvo presente ningún integrante del equipo de la película, aunque al final de su proyección, un breve mensaje de Larrazabal nos dejó ver y oír al director, residente en Los Ángeles. En ese diálogo, surgieron varios contrastes entre los espectadores, según conocen o no detalles de la vida cubana actual, y señalando elementos atendibles y logrados del filme y otros que pueden serlo menos. Entre ellos, la ausencia de información acerca de lo vivido por Elvis durante sus años de cárcel, los traumas y aprendizajes que experimentó durante su reclusión, es uno de los que más lamento.

Creo que saber más sobre ese periodo ayudaría mejor a entender a su personaje, defendido por César Domínguez con dignidad, sobre todo teniendo en cuenta lo que decide en el minuto final respecto a su salida del país, por lo cual ha sacrificado tanto. El guion elude esa información, quizás como elección a conciencia, pero dejando un vacío que no explica a fondo la sicología de su protagonista. Elvis llega a ese punto en el que decide marcharse, ayudado por su amigo Damián (Andros Perugorría) con una convicción acerca de cuanto implica lo que ha elegido, que sin embargo se pone en duda ante la opción de abandonar definitivamente a Yuli o Martín. E incluso al país donde, así como reconoce que no tiene lugar, le quedan algunas cuentas pendientes. Su decisión, ya en el desenlace, es algo a seguir debatiendo. Y sospecho que un punto a favor de que el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfico haya optado, entre otras obras, por Malecón ante la candidatura de los premios de la Academia. Dejo a sus próximos espectadores la posibilidad de ser también parte de este debate.

Por lo pronto, Malecón continúa su serie de presentaciones. Ha tenido más suerte, por ejemplo, que Stress, la película de Marilyn Solaya que curiosamente tras su premiere en el cine Chaplin y la calurosa acogida del público, no ha sido aún exhibida en el circuito de cines, a pesar de la conmoción que aportó a quienes la vieron.

En la candidatura a los Premios Óscar como Mejor Filme Extranjero ya se anuncia una pelea reñida, con aspirantes tan contundentes como La bola negra, de Los Javis, y Fatherland, de Pawel Pawlikowski. Los candidatos que lleguen al final de esta competición serán anunciados en enero, sabremos entonces si la película cubana logró o no quedar en ese último escaño de aspirantes.

Malecón, con fotografía de Gevorg Juguryan, edición de Alejandro Lázaro, música de Lorenzo Perelmuter y producción de su director, Adrián Rodríguez y Jaime Otero, Inti Herrera, Flavio Laurencio y Reymel Delgado, es un retrato que no siempre llega al fondo de lo que obliga a sus personajes a tomar decisiones extremas, pero sí consigue hacer creíble la sensación que en La Habana, ha impuesto a tantas cosas que dábamos por seguras una fecha de caducidad. Y eso incluye, irónica y tristemente, a esa propia Habana, que en la pantalla se ve mucho más iluminada, poblada y limpia, de lo que hoy se ve en una capital que el cine sigue mirando con cariño y nostalgia.

A poco más de un año de su rodaje, La Habana de hoy supera en varias de sus crisis a lo que Malecón ya nos narraba. Ese pensamiento me acompañó a la salida de esta proyección, mientras mandaba mensajes a algunos de sus actores y actrices, para decirles que me había alegrado reencontrar sus rostros en esta película. Y desearles, como ya dije, lo mejor y nuevos destinos. También eso deseo, para este filme, y para el país que desde él cubre toda la pantalla.

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