Decía el maestro de la arquitectura moderna Louis Sullivan que "la forma sigue la función". Una lección que siguió a pie juntillas gran parte de la vanguardia arquitectónica del siglo XX y que subraya la funcionalidad del inmueble como punto de partida de su proyecto técnico, estructural y estético. Esto conllevó la definición formal de tipologías que hoy permiten identificar con claridad un cine, una fábrica o un centro comercial. El uso práctico, no obstante, involucra el significado social. Este, con sus propios artificios, también puede ser leído en la concepción del espacio construido, y en determinadas épocas y obras ha adquirido particular relevancia.
Sobre esta cuestión apuntó el arquitecto cubano Fernando Salinas, al decir que "en la arquitectura el símbolo y las formas se fundamentan y se originan en las funciones a cumplir, y estas, a su vez, responden a las necesidades humanas, sociales e individuales. Esta es una relación dialéctica esencial. La arquitectura es forma de significación, para ser vivida". Y agrega, posicionándose respecto de las dos corrientes enfrentadas en su época: "Ni formalismo, que en el mejor de los casos puede ser solo escultórico, ni puro funcionalismo o tecnicismo estéril y seco, que nada expresa del sentido humano de la vida de sus creadores".
En sus proyectos Salinas buscó un punto intermedio que, eludiendo el anonimato del prefabricado masivo y estándar, no renunciara a dicha tecnología y atendiera el cuidado estético e individualizado de la obra arquitectónica. La Embajada de Cuba en Ciudad de México, que él diseñó en 1974, es un buen ejemplo. Sobre ella Roberto Segre apuntó que "sintetiza las búsquedas estéticas y culturales de dos décadas de socialismo: una arquitectura sobria y liviana, metáfora de las escuelas en el campo, caracterizada plásticamente por la presencia de gráficos, escultores y pintores con obras expresivas de la vanguardia cubana".
Pero no solo a través de la imbricación entre arte y arquitectura consiguió Fernando Salinas una alta cualificación estética de este inmueble que, además, transmitiera su significado social. Desde la distribución de los espacios hasta la selección de las técnicas y materiales buscó, según el autor, un enlace con el mensaje que debía emitir la sede diplomática y sus conexiones culturales con la tierra mexicana. Testimonios recogidos en el libro Y el perro ladra y la luna enfría, permiten desde la voz de Salinas revisar los propósitos manifiestos en la ejecución de la Embajada, considerada actualmente un patrimonio de la arquitectura moderna, compartido entre Cuba y México.
Su construcción se impulsó por la necesidad de demoler la antigua sede ubicada en la Colonia Condesa, entonces objeto de un proyecto de remodelación que implicaba la ampliación de la vía donde se ubicaba. Por esa razón, el Gobierno mexicano decidió donar a Cuba otro terreno y financiar la obra. El entonces embajador cubano encomendó a Fernando Salinas la selección del terreno y el proyecto arquitectónico. Con él colaboraron los arquitectos cubanos Dalia López y Félix Rodríguez.
Según Salinas, "La forma del terreno y sus vías de acceso dobles, la principal a la Avenida Mazaryk y el otro frente, al sur, a la Avenida Campos Elíseos, junto al Conservatorio de Música, en la Colonia Polanco, con una superficie cercana a los 9.000 metros cuadrados, determinaron la disposición general de los volúmenes construidos". De ese modo, en la privilegiada ubicación, dispuso cinco volúmenes, preponderantemente horizontales e interrelacionados, donde se distribuyen distintas funciones. Los edificios se conectan sin tocarse, gracias a sus voladizos y formas volumétricas, como si fuera un puzzle tridimensional donde todo se mantiene en un frágil y estable equilibrio. Desde los grandes espacios abiertos que en planta baja genera, hasta detalles como la plataforma volada de la escalinata principal, ofrecen una sensación de ligereza y transparencia que los dota de gran atractivo y versatilidad.
El conjunto fluye en su distribución creando ambientes diferenciados acordes a su uso. El primero se articula en torno al gran espejo de agua que constituye el mural de Luis Martínez Pedro, de su serie Aguas territoriales, sobre el que se ha dicho alude al mar que circunda Cuba, pero también al antiguo lago sobre el cual se levantó la antigua Tenochtitlán. Alrededor están el consulado, las oficinas de recepción del público y protocolo. Este último, ubicado en el volumen central, tiene en su acceso el mural de acrílico transparente realizado por Mariano Rodríguez, que representa los lazos entre las culturas mexicana y cubana.
Detrás, un cuarto volumen vertical de uso polivalente, divide en dos una gran plaza. No obstante, divisiones móviles permiten variar la planta baja para generar un área única y continua en dependencia de las actividades que allí se programen. En la parte trasera del quinto volumen, que es la escuela y guardería, existe otra plaza con áreas deportivas. Todo ello pone en valor las áreas exteriores, recuperando, según el autor, la tradición urbana de la arquitectura mexicana prehispánica y el carácter de las plazas coloniales cubanas.
La fluidez existente entre estos espacios es posible gracias a las estructuras esqueléticas del sistema constructivo empleado, que permite cierto alarde tecnológico. La obra debía acometerse en ocho meses, y para ello asumió una tecnificación que penetra la ejecución general y los detalles visuales. Para Salinas, "como concepto de la tecnología, quisimos partir de los niveles más altos de la técnica existente y factible en México, en el momento de la concepción de esta obra, y expresar conscientemente que la tecnología es un instrumento de la identidad cultural". Así, planteó "un sistema constructivo de elementos prefabricados en acero y hormigón y una estructura mixta, compuesta por grandes elementos metálicos prefabricados y entrepisos pre-reforzados en la superestructura, y concreto en la infraestructura. Este sistema resultó lo suficientemente práctico para habilitarlo en el taller, mientras se construía la cimentación".
El conjunto guardó cierta expresividad brutalista, resguardando la estructura original solo con anticorrosivo y un recubrimiento de resinas epóxicas texturadas. Es notable en toda la obra la selección consciente de los materiales para facilitar el proceso constructivo, afianzar el diseño estructural, otorgarle belleza y garantizar su posterior mantenimiento. A ello lógicamente se suma la integración de obras de arte cubanas y mexicanas, como "un homenaje mutuo, y una expresión respetuosa de hermandad en la cultura y en la historia", sobre la que asienta el signo más directo de la sede diplomática.
En definitiva, la Embajada de Cuba en México hace eco en ese país de la mejor tradición constructiva de la Escuela Moderna Cubana. Su elegancia y funcionalidad definen la práctica de uno de sus más recordados maestros y sus principales recursos de diseño: una estética basada en la lógica estructural, el aprovechamiento de la expresividad natural de los materiales, la unidad formal del proyecto y la fluidez orgánica de los espacios, sin menospreciar el aprovechamiento de sistemas de construcción prefabricados.
parece un pre en el campo, con pintura.
Que alguien le diga a Roberto Segre en el más allá que "las búsquedas estéticas y culturales del socialismo" dieron como resultado "una arquitectura [tan] sobria y [tan] liviana" que hasta hoy (y es solo uno de tantos ejemplos) en Ciudad de La Habana cuando los que tuvieron la suerte de heredarla de sus abuelos desea permutar o vender una casa, para valorizarla aclara que fue construída antes de 1959...