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Teatro

Lorca, los hermanos Loynaz y un espectáculo a medias

Una puesta teatral en Ciudad de México pretende hacer regresar a Federico García Lorca a Cuba.

Ciudad de México
La casa de los Loynaz, tal como se encontraba en 2017.
La casa de los Loynaz, tal como se encontraba en 2017. Online Tours

No hace mucho volví a detenerme ante la casa. Lo hice mientras caminaba hacia la librería El Ateneo, y pasé otra vez frente a lo que de ella queda, como tantas veces, durante los años en los que trabajé coordinando las actividades culturales de esa librería, entre 1997 y 2001, casi frente a su fachada.

No deja de asombrar que siga en pie, contra tantos golpes de viento, huracanes y tanta desidia. Imaginar que por esa escalera que llega a su segunda planta debieron haber subido Juan Ramón Jiménez, Carpentier o Federico García Lorca, estremece un poco a quienes saben que ahí radicó la familia Loynaz, y que entre esas paredes o lo que perdura de su muy antiguo y casi borrado esplendor, los hermanos Dulce María, Carlos Manuel, Enrique y Flor vivieron sus primeras experiencias importantes, las mismas que los harían reconocibles en La Habana de inicios del pasado siglo como un núcleo excéntrico que parecía vivir en su propia dimensión. Últimos días de una casa, el que probablemente sea el mejor poema de Dulce María, está dedicada a ese hogar, que Federico García Lorca rebautizó como La Casa Encantada.

La visita del andaluz a nuestra ciudad, y a otras de Cuba, es uno de los instantes míticos de su biografía. Llegó desde los aires fríos de Nueva York, donde presenció la tragedia del crack financiero de 1929, y acá, en la calidez de la Isla, se reencontró en una nueva conciliación consigo mismo. Entre el 7 de marzo y el 12 de junio de 1930, Lorca se dejó llevar por la cadencia, las sensaciones, los sabores, la música y el sentido de una vida que le recordaba a su tierra natal, pero también se le reveló en nuevas texturas y vivencias que lograron sanarlo.

Venía con los pensamientos sombríos que llenan las páginas de Poeta en Nueva York, y acá, ante el piano, dando conferencias, paseando y leyendo poemas y fragmentos de nuevas piezas, se convirtió en un Federico García Lorca al que poco a poco se le iba revelando la madurez de los triunfos que en los pocos años que le restaban de vida, supo expresar a plenitud.

Invitado por José María Chacón y Calvo, a través de la Institución Hispano-Cubana, se hospedó en el ya desaparecido Hotel La Unión, y ahí comenzó a escribir las páginas de su pieza El público, también pensada desde la oleada surrealista con la cual anhelaba responder a Buñuel, a Dalí y a los que le reprochaban las metáforas más populares de su Romancero gitano. La Habana fue en Federico García Lorca una nueva estación, a la que han vuelto los ojos estudiosos y biógrafos, porque es evidente que en Cuba él consiguió sobrepasar rupturas y abrirse a nuevas posibilidades. "Que me busquen en Andalucía o en Cuba", dijo alguna vez.

En La Habana, en Cienfuegos, en Caibarién, en Matanzas, en Guanabacoa, y por supuesto en Santiago de Cuba, Lorca deslumbró, como sabía hacer sin demasiado esfuerzo. Su voz y el piano se convirtieron en las armas más perceptibles de su encanto, y todavía ruedan por algunos de esos sitios leyendas urbanas de sus andanzas por los liceos de dichas ciudades y también por los barrios nocturnos más peligrosos.

Célebre es la anécdota de su rivalidad por un mocetón en el bar Dos Hermanos, del puerto capitalino, de donde los echaron, a él y a Porfirio Barba Jacob, como relata Luis Cardoza y Aragón. José Zacarías Tallet narraba otra historia, acerca de una equívoca tarjeta de presentación que Lorca presentaba a aquellos a quienes aspiraba a seducir sin revelar su verdadera identidad. Juego casi infantil, porque su nombre y su rostro eran extremadamente reconocibles en esas calles donde se fascinó además con los sones y las guarachas, y dejaba manchas de grasa en las páginas del original de Yerma, que también se dice que escribía en La Habana, prueba de lo cual es que, al estrenarse la obra en Madrid, envió el original a Flor Loynaz, la más excéntrica de los cuatro hermanos, quien siendo fiel a sí misma, guardó ese manuscrito por años en la cueva de un ratón, de donde tuvo que sacarla el director Roberto Blanco para poder entregarlo a la oficina de Patrimonio, muchos años más tarde.

Dulce María, que terminó siendo la única de ellos que publicara ampliamente su obra bajo los impulsos de su segundo esposo: el cronista Pablo Álvarez de Cañas, no lo recordaba con la misma simpatía mediante la cual evocaban al español Flor y Carlos Manuel. Recta y disciplinada, no veía bien los excesos de espontaneidad de Lorca, a los que se sumaban sus hermanos menores. Alguna vez, durante esa única estancia de Federico, ella escribió unas parodias de sus versos. Carlos Manuel y Flor le hicieron leer aquello ante el andaluz, que le respondió, devolviendo el golpe con humor y elegancia: "Es lo  mejor que usted ha escrito".

Teatral en casi todos sus gestos, la muerte de Federico se hizo pública en Cuba también desde los escenarios, justamente cuando Margarita Xirgu representaba una de sus tragedias en La Habana. Fina García Marruz ha evocado aquella función de 1936, cuando la gran actriz, que esperaba a Lorca para que se le uniera en una nueva gira por América, alteró las líneas finales de la obra "la noche en que la Xirgu interrumpió la función de Bodas de sangre para leer el cable con el anuncio del fusilamiento, que oyó todo el público conmovido, puesto involuntariamente de pie".

El culto a Lorca se ha expresado en Cuba con una intensidad que perdura hasta el presente, y diversas ediciones y espectáculos dirigidos por varios de nuestros mejores creadores, dan fe de ello. De cierta manera, se le sigue buscando en La Habana, y la fascinación por sus andanzas entre cubanos se mantiene como una clave de inspiración.

Es por todo ello que cuando supe que en Ciudad de México se estaba presentando La casa encantada, obra teatral que reinventa esos días cubanos del poeta y en particular su relación con los hijos del general Loynaz, decidí acercarme al Centro Cultural Helénico para ver este montaje de la pieza de Diego París López (Madrid, 1972) así titulada. Se trata de un texto que ya publicó la editorial Betania en 2021, y que se articula a partir de un encuentro imaginario que Lorca tiene con Carlos Manuel, Flor, Enrique y Dulce María ya en la muerte.

Como el título indica, la ruinosa mansión es el sitio de ese reencuentro, que a 100 años de la visita, puede suceder ya que, supuestamente, Lorca y Carlos Manuel hicieron un conjuro, en Santiago de Cuba, que les permitiría esta nueva conversación. Aunque de modo alguno pueda afirmarse que cuando el autor de Doña Rosita la soltera visitó la oriental ciudad, lo hiciera acompañado de ninguno de los hermanos, los cuales, como aseguran los testimonios de Flor y Dulce María, se tomaron a mal que el poeta hubiera emprendido ese viaje hasta Santiago sin darles noticia previa de tal cosa.

Ese sería un detalle mínimo a discutir en el espectáculo, teniendo en cuenta que el autor, quien es además actor y ha estado relacionado con la escritura de espectáculos musicales, en su imagen idealizada de La Habana, a la que ha visitado, aclara en el texto que todo lo que el libreto contiene está matizado por la ficción. Criaturas excéntricas y en cierto modo fantásticas, le permiten esos personajes a París López imaginar cosas que la biografía y la investigación no dan por ciertas. Lo más preocupante del espectáculo de Irisdicente Producciones, presentado en el Foro Alternativo del Helénico bajo la dirección de Pilar Boliver, es que no se trata exactamente de la puesta en escena de ese texto, sino de una suerte de work in progress, de ensayo o más bien de trabajo de mesa al que se deja entrar al público. Que viene a enterarse de que es eso y no la obra en sí lo que va a presenciar justo cuando la representación inicia.

En ningún texto de la promoción de la obra se avisa de la naturaleza de lo que se expondrá. Y tras pagar el precio de una entrada que equivaldría a presenciar una producción completa, apenas tenemos conocimiento del texto de López por algunos fragmentos que nos leen los integrantes del elenco, en la segunda mitad de un montaje que incluye intermedio y se extiende por dos horas.

"En el exilio, Federico García Lorca se reúne con los hermanos y las hermanas Loynaz en La Habana, Cuba, poco tiempo antes de volver a España y ser fusilado. Este relato ficcionado, ubicado en lo que alguna vez fue el hogar de los Loynaz, hace una reflexión sobre la trascendencia más allá de la muerte, la inmortalidad de la poesía, el arte y la mística. Los fantasmas viajantes se encuentran resignificando el paso del tiempo y lo fascinante de la vida". Esa es la sinopsis de La casa encantada que apareció en el sitio web del Centro Cultural Helénico, donde se menciona un exilio que en el caso de Lorca nunca fue tal, y no se indica que al público se le presentará algo que no es exactamente ese argumento. Porque lo que se verá es a la directora de la obra, sentada a la cabecera de una mesa ante la cual se acomodan sus actores y su asistenta de dirección, en un supuesto diálogo acerca de esta pieza que en algún momento futuro representarán.

La primera mitad se retarda informando al público acerca de los hermanos Loynaz, y dando algunos datos sobre la visita de Lorca a La Habana, mientras los intérpretes se presentan a sí mismos. Hay que oír, tratando de no molestarse, a la directora afirmando que "hay muy poca información sobre el paso del poeta por Cuba", lo cual resulta como mínimo prueba de una investigación no llevada a fondo. Al menos puedo mencionar cuatro libros que se ocupan de esas anécdotas, El poeta en La Habana, de su amigo Antonio Quevedo; Días cubanos de Lorca, de Nydia Sarabia; García Lorca y Cuba: todas las aguas, de Urbano Martínez y, por supuesto, la  célebre biografía de Ian Gibson, que en sus distintas versiones se detiene en estos pasajes durante todo un capítulo. Hay que añadir artículos y ensayos de Ciro Bianchi Ross y de Guillermo Cabrera Infante, evocaciones en diversas fuentes, como Fe de vida, las memorias de Dulce María Loynaz, etcétera. Este mismo año se ha estrenado el documental Lorca en La Habana, de los españoles José A. Torres y Antonio Manuel. Creo que ello puede demostrar que se sabe mucho más acerca de esa visita y su impacto en Lorca, y que lo que falta es un trabajo más a conciencia.

Ya que hablamos de documental, se añade a esa primera parte de la velada un visionaje íntegro de Últimos días de una casa, realizado por la cubana Lourdes de los Santos en 2015, aunque desconozco si la realizadora está al tanto de su empleo en esta, digámoslo así, "aproximación" a La casa encantada.

El texto de París López es más bien expositivo, y más allá del diálogo no ofrece mucho a los actores, si el elenco no se propone una caracterización menos plana de sus personajes. Al fondo de la escena, en una suerte de instalación, aparecen abanicos y objetos antiguos, retratos de los Loynaz y de Lorca, recalcando un tanto el tono didáctico de la propuesta, que se tarda hora y media hasta que al fin podemos ver estos intérpretes leer dos escenas del libreto: aquella en la que se explica el conjuro que les permite reencontrarse después de la muerte (y donde se confunde ñañiguismo y santería), y el epílogo, que es acaso el único momento donde la teatralidad y la ficción se aúnan, en esa conversación improbable entre Carlos Manuel y Lorca durante la cual este le pregunta si finalmente musicalizó su obra El público, a partir del manuscrito que le dejó y que terminó ardiendo con toda la obra inédita del cubano.

Me pregunto por qué tendría que haberse ido Lorca hasta Santiago de Cuba para tal cosa, cuando en la propia capital, su amiga Lydia Cabrera lo llevó a una ceremonia de ñáñigos donde cuentan que el poeta se desmayó por el susto que le provocaron los iremes, algo que de haber indagado más allá, tal vez el autor y este equipo de trabajo hubieran sabido aprovechar, en una visión y concepción menos externa y colorista.

Así como no dudo de las buenas intenciones del proyecto futuro, sugiero a su equipo comprometerse e investigar más. Reducir la música de la propuesta a flamenco y toque de tambor, es cosa que tampoco ayuda: de los sones y guarachas que Lorca descubrió en Cuba no se escucha ni una nota, y para esa época ya eran populares las composiciones de Matamoros, Garay, Grenet y Simons, por solo mencionar a algunos.

Sentarse a la mesa de trabajo sin la debida preparación es un peligro que puede desdibujar de antemano el propósito de tales encuentros. Y sobre todo, alertar al espectador acerca de qué es lo que verá, antes de que pague su entrada, me parece un asunto de ética y respeto. Con este acercamiento a La casa encantada, uno termina creyendo que ha acudido a una experiencia que se nos revela solo a medias, cuando se nos prometía su entendimiento al máximo. El eco de Lorca, la memoria de quienes le trataron y evocaron, sus contraluces y el fervor que aún nos inspira, merece indudablemente mucho más de lo que finalmente vi en el Foro Alternativo del Centro Cultural Helénico. 

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2 comentarios

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Excelente reseña, que pena que los prejuicios todavía sobrevivan , tan rico el trabajo y querer coger con pinzas algo anecdótico y trasnochado. Felicidades por una crítica tan orientadora y constructiva que servirá de guía a los creadores del pretendido espectáculo.

Pondrá en la obra teatral la expulsión de Lorca y Marinello , heterosexual y casado de un bar del puerto habanero cuando el intelectual español se propasó con el dependiente provocando la salida forzada del lugar de los dos por m.......Yo me imagino al infeliz de Juan Marinello casado y con hombría definida en esa situación por las actitudes de Lorca.Hay otra anécdota de que quiso tigrear también al esposo de la Loynaz pero Dulce María no era fácil....