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Periodismo

Markus Wolf, mi 'espía invisible' en la RDA

'A veces, mientras menos sepas, mejor.' La periodista Tania Quintero rememora su primera salida de Cuba: un viaje a la desaparecida Alemania comunista.

Lucerna
Collage: Berlín en los años 70, Ruth Herrmann con su hija Cathèrine Gittis y la periodista Tania Quintero.
Collage: Berlín en los años 70, Ruth Herrmann con su hija Cathèrine Gittis y la periodista Tania Quintero.

A veces, mientras menos sepas, mejor. O mejor si no sabes nada. Si cuando en junio de 1979 viajé como enviada especial de la revista Bohemia a la República Democrática Alemana (RDA), hubiera sabido lo que un tiempo después supe, probablemente no hubiera realizado la fructífera labor periodística que hice durante las tres semanas que permanecí en la otrora Alemania Oriental. Fue mi primera salida de Cuba y la aproveché al máximo. Quienes puedan revisar los ejemplares de Bohemia entre julio y diciembre de 1979, comprobarán que en medio centenar de páginas dejé plasmadas crónicas, entrevistas y reportajes de los recorridos por Berlín, Cottbus, Dresde, Erfurt, Weimar, Leipzig y Potsdam.

Un poco de historia. Mis vínculos con la RDA comenzaron en febrero de 1961, cuando el cartero me dejó, en nuestra casa del Cerro, una carta de Eberhard Gärtner, joven alemán de 20 años que vivía en Dresde y estudiaba español. Mi dirección se la dio un nicaragüense llamado Carlos Fonseca Amador, quien después sería un mártir del sandismo. Antes de viajar a la RDA, Fonseca y un grupo de nicas hicieron escala en La Habana en 1960, donde fueron atendidos por Ramón Calcines, al frente de las relaciones internacionales en el Comité Nacional del Partido Socialista Popular (PSP). Yo ayudé con el papeleo. Era la única mecanógrafa para teclearle a Blas Roca, Aníbal Escalante, Carlos Rafael Rodríguez, Lázaro Peña, Juan Marinello y Flavio Bravo, entre otros que me habían visto nacer y crecer. Pero esa cercanía no impidió que fueran muy exigentes conmigo, lo cual se los agradezco. A mecanografiar en español e inglés aprendí en la Havana Business Academy.

En el periodismo soy autodidacta. Empecé como colaboradora en la redacción internacional de Bohemia en 1975. Luego pasé a cubrir noticias nacionales en la sección En Cuba con Hugo Rius y finalmente en Bohemia Económica, que dirigía Alberto Pozo. También publicaba notas culturales. Una mañana de 1976 le hablé a Pedro Pablo Rodríguez, jefe de la sección de Historia, de mi interés por investigar en el Instituto de Historia sobre los alemanes antifascistas que se refugiaron en Cuba durante la Segunda Guerra Mundial. Me dio su visto bueno. Se publicaron cuatro reportajes sobre el Comité de Alemanes Antifascistas en Bohemia.  

Por esa serie, inédita, fui invitada a viajar a la RDA. Detrás estuvo la Embajada de la RDA y en particular Cathèrine Gittis, periodista de la revista NBI. Sabía que ella y su madre, Ruth Herrmann, formaron parte del grupo de alemanes, todos judíos, que procedentes de Francia desembarcaron en La Habana en 1942. Pero no que ella era fruto de una relación extramatrimonial de su madre con el médico y escritor Friedrich Wolf, que ya tenía dos hijos, Markus y Konrad, de su matrimonio con Else Wolf. Markus se dedicó al espionaje, Konrad al cine. De Ruth Herrmann solo sabía que había sido una luchadora antifascista judía, que tuvo una hija y dos nietos.

Pero es Cathèrine Gittis, la que sin yo saberlo ni imaginarlo, me pone en la mira de su medio hermano, Markus Wolf, jefe de la Stasi de 1952 a 1986. Han pasado 47 años de ese viaje y al darle rewind a mi memoria, me percato que desde el minuto uno, el "hombre sin rostro" estuvo al tanto de mis movimientos en la RDA, una nación de 41 años (1949-1991). Por su división geográfica y su sistema político, era un país muy vigilado. Ya en 1961 habían construido el Muro de Berlín y las visitas de periodistas, fueran del denominado "campo socialista" o del mundo occidental, se controlaban al detalle. Sin embargo, de las tres semanas, a mí me permiten durante la primera realizar una agenda periodística privada. Como en ese momento ignoraba su parentesco con el todopoderoso Markus Wolf, lo atribuí a gestiones personales de Cathèrine.

La primera semana la pasé en su apartamento, en un modesto edificio en las afueras de Berlín. Me quedé en el cuarto que Ruth Herrmann, su madre, tenía cuando viajaba a Berlín desde Dresde a estar unos días con su hija y sus nietos. No registré en el armario ni en las gavetas. No vi fotos, sí algunos adornos. Al día siguiente, lunes, fui con Cathèrine en su Trabant a realizar el primer reportaje, en Cottbus. Desconocía que el fotógrafo, Pierre Guillaume, era hijo de Günter Guillaume, en ese momento cumpliendo 13 años de prisión en la RFA. En abril de 1974 se descubrió que Guillaume padre, secretario del canciller Willy Brandt, espiaba para la Stasi.

Pierre fue quien me hizo las fotos en la escuela donde Marina Arismendi, hija del líder comunista uruguayo Rodney Arismendi, trabajaba como maestra de alumnos chilenos. Inusual fue también que me quedé a comer y dormir en el apartamento de Marina y sus dos hijas pequeñas. Al siguiente día viajé sola en tren de Cottbus a Dresde. En la estación me esperaba Cathèrine. En un taxi, un Volga beige, me dejó a la entrada de la casa de los padres de mi amigo Eberhard Gärtner. Habló algo con él. Después, en un tranvía, Eberhard me llevó a la estrecha vivienda que compartía con su esposa Hannelore. Ebehard, con un destacado curriculum como filólogo especialista en lenguas romances, era profesor universitario, mientras Hannelore ejercía como economista en un ministerio.

Los dos deben haber sido autorizados por la Stasi para recibirme en su casa. Comí con ellos. Dormí en un sofá-cama. Por la mañana, Eberhard me acompañó hasta una plaza céntrica de Dresde. Ya Cathèrine me estaba esperando. Fuimos al estudio del pintor Gert Caden, ex presidente del Comité Alemán Antifascista en Cuba en los años 40. La próxima cita era en la redacción de la revista RDA, donde me habían publicado un par de reportajes. Conversamos y tomamos café. Como aún era temprano, hice una visita guiada, yo sola, al Museo Zwinger. A la hora acordada, Cathèrine me recogió y fuimos al lugar donde dormiríamos. Un edificio moderno de diez plantas. Era la residencia de ancianos donde vivía su madre Ruth Herrmann. Pensé que la conocería y le daría la cesta con fresas del huerto que los padres de Eberhard me habían regalado. El apartamento estaba vacío. Ruth estaba en Berlín.  

Cathèrine y yo comimos pan y salchichas. Antes de irme a dormir, disfruté la maravillosa vista del rio Elba desde la terraza del décimo piso. Por la mañana desayunamos tostadas con mermelada y una taza de café soluble. Cathèrine botó las fresas. Las dos regresamos a Berlín en tren. Ese día, yo sola, almorzaría con dos músicos del grupo Kreis, un matrimonio que yo había dado a conocer en Cuba. En 1978 viajaron a La Habana y actuaron en un programa juvenil de la televisión cubana. Residían en una casona en una barriada antigua. Por la noche, con Cathèrine y un integrante del grupo Karat, que junto con Guille Vilar y un amigo común, habíamos promocionado entre habaneros seguidores del rock, cenamos en un restaurante en lo alto de la Torre de la Televisión de Berlín, junto a la Alexanderplatz.

Al día siguiente entrevistaría a Heinz Geggel, ideólogo del PSUA (Partido Socialista Unificado de Alemania), no en su despacho, sino en su residencia. A pesar de la lluvia, llegamos puntualmente. Geggel ya había visto en Bohemia mis cuatro reportajes sobre el Comité Alemán Antifascista y me felicitó. Aunque sabía un poco de español, Cathérine me sirvió de intérprete. La entrevista que le hice la publicaron en dos páginas. Como la temperatura había bajado, la esposa de Geggel me trajo un abrigo suyo de color claro. Era de lana y al otro día se lo llevé de regalo a Irma, ex novia de Eberhard. Se había casado y tenía dos niños. Estuve un rato con ella, recordamos cuando pasó un curso de español en La Habana y se alojó en una vivienda en la calle 23, al lado del restaurante El Cochinito.

Esa noche, nuevamente sola, visité al que fuera agregado de prensa de la Embajada de la RDA en Cuba. Vivía con su esposa y dos hijos adolescentes en un edificio estilo Alamar, menos atractivo que el Sierra Maestra, en Miramar, en el cual residió cuatro años. Llegó el sábado, el último día de mi estancia privada. En el tapete quedó un encuentro con algún miembro del comité de judíos de la RDA. En su lugar, Cathèrine me llevó al Cementerio Judío de Berlín. Mientras lo recorría, pensaba en los 937 tripulantes del buque alemán St. Louis, casi todos refugiados judíos, a los que en mayo de 1939 el gobierno cubano presidido por Federico Laredo Bru no permitió desembarcar en el puerto de La Habana. De los pasajeros judíos, 254 fueron asesinados y hoy forman parte del Holocausto.

El sábado desayuné en el apartamento de Cathèrine con ella y sus dos hijos, Marcos y Andreas. En su Trabant me llevó al hotel Unter den Linden, de tres estrellas, muy céntrico, no muy lejos de la Puerta de Brandeburgo. Fue mi alojamiento en las próximas dos semanas. Luego de dejar en la habitación mi maleta verde made in Cuba, salí a caminar. El domingo di un paseo por los alrededores.

El lunes, a las 8 de la mañana, le daría la bienvenida a la intérprete, una rubia de unos 30 años, y al chofer, también rubio y joven. El auto, un Lada verde, asientos forrados de piel blanca de oveja, era bastante caluroso. A partir de ese día, siempre desayunaría con los dos. Con ella tuve encontronazos: de antemano quería saber qué le iba a preguntar a los entrevistados. De lo único que no escribí en Bohemia fue de la visita a la fábrica de bombillos Rosa Luxemburgo, hoy Kombinat Narva. Me recibieron tres amables funcionarios, pero no me dejaron recorrer la fábrica ni dialogar con los trabajadores. Ya en el auto, le pedí a la intérprete que le dijera a la funcionaria que atendía a la prensa en el Ministerio de Asuntos Exteriores que estaba muy molesta porque no me dejaron hablar con los obreros.

La funcionaria me recibió y en alemán me dijo: "Señora Quintero, tengo muy buenas referencias de usted, pero no imaginé que su comportamiento fuera igual al de los periodistas capitalistas". Pensé que tendría consecuencias, pero no, seguí disfrutando de una infrecuente libertad periodística. Finalizada la entrevista con un directivo de la famosa empresa óptica Carl Zeiss en Jena, Erfurt, almorzamos en el comedor. Sin hacer pausa, fuimos a Buchenwald, antiguo campo de concentración. Me atendieron dos personas y como una hablaba español, le dije a la intérprete que una hora más tarde pasara a recogerme para ir a Weimar, la patria chica de Goethe y Schiller. Nos alojamos en el Elephant, hotel donde una vez se hospedó Hitler.

Después de desayunar, rumbo a Leipzig. La atracción principal eran las ferias de primavera y otoño, pero en esa época el recinto ferial estaba cerrado. Volví a hacer un recorrido en solitario. Almorcé en una especie de fonda que me recordó a la de los chinos en La Habana de mi infancia. Solo había dos empleados, uno cocinando y fregando y el otro sirviendo y cobrando. Un único menú: judías, salchichas, pan y agua. Esa misma tarde fuimos a Potsdam. Visité el Palacio de Cecilienhof, en cuyos jardines, el 25 de julio de 1945, Churchill, Truman y Stalin firmaron los Acuerdos de Potsdam; el exuberante Palacio de Sanssouci y Caputh, donde fue construida la casa de madera en la que Albert Einstein pasaba sus veranos. Un genio que le gustaba vivir con simpleza, sin lujos.  

Los dos posts dedicados a Cathèrine Gittis que en mi desaparecido blog publiqué en junio de 2012, tuvieron una repercusión inesperada. En enero de 2016 recibí este correo:

"Estimada Tania Quintero. Me llamo Siga Luthner y vivo en Münich, Alemania. La madre de una amiga trabaja como voluntaria en una asociación dedicada a investigar la vida y el trabajo de alemanes exiliados (Gesellschaft für Exilforschung). Sobre todo se dedica a las mujeres y a las escritoras, pues de las mujeres de aquella época todavía se sabe menos que de los hombres. Ella se llama Christiane Hauck y como no habla español me pidió ayuda pues en su blog encontró un post sobre Cathèrine Gittis, la hija de Ruth Herrmann. Traduje su post y nos enteramos que usted escribió una serie sobre alemanes antifascistas en Cuba. Dos preguntas: ¿usted tiene los artículos y fotos de la revista Bohemia? ¿Cuándo usted estuvo en Dresde pudo hablar con Ruth Herrmann?

"Cualquier información sobre Ruth, de su trabajo o de cualquier momento de su vida, nos interesa, porque solo se sabe que estuvo en Paris antes de 1940 y trabajó (?) en un congreso de literatura y conoció a Friedrich Wolf y de esta "relación" nació Catherine en 1940. Eso y las fechas de nacimiento es todo lo que se sabe. Gracias de antemano, saludos desde Münich, Siga Luthner."

Un fragmento de mi respuesta: 

"Estimada Siga, desde el 26 de noviembre de 2003 vivo en Suiza como refugiada política, pero mucho antes de irme de Cuba, ya buena parte de mis papeles y recortes de prensa los tuve que sacar de mi domicilio. Al ser periodista independiente, podía ser registrada por la Seguridad del Estado, la Stasi cubana. Los guardé en otra casa y los perdí (...) En las tres semanas que estuve en la RDA, no conocí a Ruth, algo que para mí fue un poco extraño, porque la primera semana me alojé en el apartamento que en las afueras de Berlín tenía Cathèrine (...) Me dieron el cuarto de Ruth y dormí en su cama. Así que de alguna manera sentí su presencia.

"Creía que la iba a conocer cuando estuve en Dresde, donde Ruth vivía, pero ella había viajado a Berlín. Ya yo estaba un poco intrigada, pero no pregunté ni comenté nada (...) Dos días antes de volver a Cuba, pasé por el apartamento de Cathèrine a recoger los marcos que ella me guardó en su caja fuerte. Hasta ese momento tuve la esperanza de conocer a Ruth Herrmann. Me fui de la RDA sin conocerla (...) Solo una vez Cathèrine me contó sobre su madre, me dijo que había sufrido mucho, por ser judía y madre soltera, pero que era una mujer fuerte (...) Ya fallecidos Cathèrine Gittis y Markus Wolf, no debe haber ningún impedimento para sacar de la sombra a Ruth Herrmann, a quien me hubiera gustado conocer. Creo que también ella a mí".

Markus Wolf, mi "espía invisible", quiso que me sintiera una periodista libre en su hermética RDA, pero no que conociera a Ruth Herrmann, una mujer que cometió el “pecado” de acostarse con su padre, quedar embarazada y dar a luz una niña, deseada por su madre, pero no por su familia paterna. Ni siquiera una fotografía suya vi en Berlín ni en Dresde. La he conocido por la foto que publiqué en Germanófila por cuenta propia.

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1 comentario

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Una interesante muestra del complejo transito ideologico de muchos cubanos en un regimen totalitario, con promesas no cumplidas ,esperanzas y frustaciones, ambiciones y complicidades en el diario sobrevivir, con sus luces y sus sombras...dificil de juzgar. Sincero, real, honesto.