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Periodismo

Historias verdiamarillas (II y final)

La periodista Tania Quintero recuerda sus intercambios con brasileños que visitaban Cuba desde los años 80. Muchos la ayudaron a sobrevivir en medio de la penuria.

Ginebra
Tania Quintero (centro) con un matrimonio brasileño de Minas Gerais en 1986.
Tania Quintero (centro) con un matrimonio brasileño de Minas Gerais en 1986.

De todas las personalidades conocidas durante diez años cubriendo como periodista de la televisión cubana los Festivales Internacionales del Nuevo Cine Latinoamericano, celebrados a principios del mes de diciembre en La Habana, con las que tuve mejor relación y fueron más simpáticas fue con la familia Barreto, dueños de LC Barreto, con más de 70 filmes producidos.

Al frente de la familia y los negocios estaba Luiz Carlos Barreto. La productora, Lucy Barreto, además de su esposa, era la madre de sus tres hijos: Bruno, Fabio y Paula. Los varones se convirtieron en cineastas y la hija también estaba volcada en la empresa familiar. Para la LC Barreto han trabajado cineastas de la talla de Cacá Diegues, Walter Lima Jr., Nelson Pereira dos Santos y Joaquim Pedro de Andrade, entre otros.

De Lucy Barreto guardo gratos recuerdos. Mujer elegante, culta, sociable y cordial. Acostumbrada a convivir con el peso del apellido familiar, se comportaba con esa naturalidad propia de las personas que no han hecho de la fama un medio de vida. La última vez que la vi fue a fines de los 80. Había sido invitada por Alicia Alonso a un festival internacional de ballet y se hospedaba en el hotel Presidente, en Calzada y G, Vedado. Hablamos brevemente y cuando me iba a despedir, me preguntó si podía acompañarla un momento a su habitación. Tomamos el elevador y ya en su cuarto, de su equipaje sacó un par de medias panty en su estuche y me las regaló. Eran francesas, de su marca preferida. Cuando estaba preparando la maleta para viajar a Suiza en noviembre de 2003, pensé regalarlas, pero a última hora decidí traerlas conmigo.

Lo que más me regalaban los brasileños eran jabones, champú, suavizador Neutrox y colonias de las marcas Rastro y O Boticario. Las fragancias suaves, cítricas y florales, casi todas provenientes de la Amazonia, siguen siendo mis preferidas. En una ocasión mi entrañable amiga Cristina Agostinho, conocedora de la escasez de jabones en Cuba, me mandó jabones Palmolive con un conocido de Belo Horizonte.

Ya en La Habana, el mensajero me telefoneó y me dijo si podía pasar por el hotel Riviera a buscar un "encargo". Pensaba que era un pequeño paquete, pero ya pueden imaginar mi sorpresa cuando me entregó un maletín de piel lleno de jabones. Del hotel a la parada del ómnibus, en la calle Línea, hay casi un kilómetro. Menos mal que era de noche, porque todo ese tramo lo caminé arrastrando el maletín por calles y aceras. Cuando vino la guagua, un hombre que me ayudó a subirlo me dijo en alta voz:

—Compañera, si no es indiscreción, ¿se puede saber qué contiene ese maletín? Pesa como si estuviera lleno de piedras.

Le hice un guiño y le respondí bajito:

—Son jabones, me los mandó una amiga brasileña.

—¿Tantos para usted sola? —preguntó.

—Para mí y mi familia, y también para dar a amigos y vecinos. Mire, siéntese cerca, que le voy a dar dos. Pero sin que la gente en la guagua se dé cuenta, porque me desvalijan.

Nos sentamos hacia el final, donde estaba medio oscuro. Y en cuanto pude abrir un poco el zipper, extraje dos jabones. Cuando el hombre vio que eran Palmolive no pudo contener una exclamación. "Compañera, desde antes de la revolución no he vuelto a bañarme con un jabón Palmolive. Cuando llegue a la casa y se los muestre a mi mujer le va a dar un infarto".

Cuando me enviaban un paquete de café, guardaba un poco puro, para las visitas, y el resto lo iba ligando con los sobrecitos de café mezclado con chícharos que cada dos semanas vendían por la libreta de racionamiento, a razón de dos onzas per cápita. Una vez, un periodista que fue a reportar un encuentro de volibol masculino entre los equipos nacionales de Brasil y Cuba y se hospedó en el hotel Deauville, me obsequió dos camisetas oficiales, una toalla roja de mano y dos paquetes de café. Mi hijo Iván se quedó con una camiseta y la otra la vendimos, para tratar de paliar nuestra difícil situación económica. La toalla, bastante desgastada, la dejé puesta en el toallero el día que salí de Cuba.

¿Ustedes se imaginan que en un país como Cuba, donde las carnes brillan por su ausencia, alguien te regale un juego de cuchillos de acero inoxidable de la marca Tramontina? Eso fue lo que me envió una amiga de Sao Paulo, desconocedora de la realidad cubana. Con una conocida que vivía en el Focsa, edificio famoso no solo porque con sus 36 pisos era el más alto de la ciudad, sino porque en él residían muchos técnicos extranjeros, conseguí que, por los cuchillos, una búlgara me diera dos paquetes de picadillo de carne de res, cuyo costo no sobrepasaba los ocho dólares. 

Al principio, mi amigo Aparicio Basilio da Silva, quien además de presidente del Museo de Arte Moderno de Sao Paulo, fue dueño de la perfumería Rastro, me enviaba velas aromáticas en envases de cristal. Es verdad que duraban mucho cuando se producían apagones, pero en momentos en que apenas se conseguía jabón de baño, esas velas eran un lujo. Con mucha pena le escribí y le dije la verdad. A partir de ese momento Aparicio comenzó a enviarme jabones. Duraban poco porque eran de glicerina, pero te dejaban un grato olor en la piel. A veces enviaba un frasco de colonia, pero ya no mandó más velas.

El regalo más común eran pulóvers de algodón o camisetas, como les llaman los brasileños. A Leda Gomes de Oliveira, representante de la firma Ellus, la conocí en 1984, cuando asistió al primer Salón Internacional Cubamoda, organizado por La Maison que dirigía Cachita Abrantes, a quien conocía por la sección de moda y diseño que hacía en Bohemia. Leda me regaló varias camisetas y un jean holgado, el primero que tuve, a los 42 años.

Karen Müller, propietaria de una boutique de camisas unisex en Sao Paulo, en una ocasión me envió cuatro, todas de algodón y distintos colores y diseños. Una floreada solía usarla en invierno, con un pulóver debajo. Las cuatro veces que fui a visitar a mi primo Vladimiro Roca Antúnez a la prisión de Ariza, en Cienfuegos, la llevé. La combinaba con un pantalón rosado oscuro, de bolsillos amplios, marca Cherokee, made in USA, comprado por 50 pesos en una tienda de ropa reciclada en la calle Neptuno.

Una amiga de Rio de Janeiro me dejó una blusa de denim azul claro y mangas largas. Esa blusa tiene su historia. Además de ser la que más me abrigaba en los suaves inviernos cubanos, me acompañó las dos veces que estuve detenida, en enero de 1997 y marzo de 1999. En la segunda detención, la usé encima de una camiseta beige, también brasileña. En el calabozo estábamos dos periodistas independientes y una opositora, con la cual tuve que compartir la litera de cemento. Había cinco mujeres más: cuatro acusadas de jinetear, y la quinta, por un supuesto delito común, que resultó ser informante de la policía.

Las jineteras habían sido detenidas un sábado por la noche y andaban con vestidos escotados. Los calabozos policiales, todos construidos en sótanos, tienen la peculiaridad de ser oscuros, calurosos por el día y muy fríos por la noche. Me daba mucha pena verlas temblando de frío, pero solo podía hacer dejación de una pieza. Cuando al día siguiente me soltaron, antes de salir del calabozo, me quité el pulóver y se lo di a la más joven de las jineteras.

Elcio Costa, de Minas Gerais, estuvo en Cuba en 1991 y fue el primer brasileño que supo de la detención de mi hijo Iván por la Seguridad del Estado, el 8 de marzo de ese año. Junto con tres jóvenes más del barrio, Iván fue acusado de propaganda enemiga y permaneció dos semanas en Villa Marista. Se lo conté en un lugar apartado, en la piscina del hotel Tritón.

Casi toda la canastilla de mi nieta Yania era brasileña. En 1993, Julio Mauricio, residente en Florianópolis, Santa Catarina, me telefoneó antes de viajar a Cuba para saber qué necesitábamos. Le dije que mi hija estaba embarazada y daría a luz a mediados de 1994. Ya en La Habana me llamó para que fuera al hotel Copacabana, en Miramar, donde se había alojado.

Me pidió que no fuera sola, porque era demasiado pesado el paquete. Iván me acompañó. Cuando llegamos nos estaba esperando en el lobby. Luego de conversar un rato e invitarnos a tomar algo, nos pidió que le acompañáramos a su habitación a recoger las cosas. Cuando vimos los dos maletines no lo podíamos creer. En uno había ropita de bebé, y para nosotros jabones, desodorante y champú.  El otro maletín estaba repleto de alimentos no perecederos.

Si trabajo nos había costado llegar en ómnibus desde La Víbora hasta Miramar, ¿cómo íbamos a regresar con ese cargamento? Julio Mauricio lo había previsto: fue a la piquera de taxis, habló con un chofer y le preguntó cuánto costaría dejarnos en nuestro domicilio. "Diez dólares", respondió el taxista. Nos dio un billete de diez dólares y dos de veinte, cincuenta dólares en total. Le dijimos que era demasiado, que con el billete de diez era suficiente. Cuando el taxi llegó frente a nuestro edificio, el taxímetro marcaba ocho dólares, pero el chofer, amable, bajó, abrió el maletero, cargó un maletín él y le dio el otro a mi hijo, y los subieron hasta nuestro apartamento, en un primer piso. Le dimos los diez dólares.

Dos días después, Julio Mauricio me invitó a acompañarlo al Museo de la Revolución y después. a almorzar en la mesa-buffet del hotel Sevilla. Antes de despedirnos, me preguntó la dirección de una gran tienda que llamaban Diplomercado. Le dije que quedaba en 3ra. y 70, Miramar, relativamente cerca del Copacabana, donde se hospedaba. El día antes de su partida me llamó para que pasara por el hotel a despedirnos. Cuando llegué, en el lobby me esperaba con otro gran bolso.

El bolso estaba lleno de alimentos comprados en el Diplomercado: carne de res y de puerco, pollo, jamón, pescado, queso, huevos, aceite, café, azúcar, leche en polvo... ¡Primera vez que comíamos productos de la más famosa shopping y que hasta la despenalización del dólar, había sido exclusiva para diplomáticos y extranjeros!

Julio Mauricio pidió un taxi y después que el chofer puso el bolso en el asiento trasero, en el bolsillo de mi blusa metió unos dólares doblados y me dijo: "Para que pagues el taxi". Los cogí para devolvérselos, mientras le decía que yo tenía encima el dinero que nos había dado a mi hijo y a mí en el anterior encuentro. Pero él le hizo una seña al taxista y éste arrancó. Me había puesto un billete de 10 dólares y cuatro de 20. Nunca más he vuelto a saber de Julio Mauricio. Ni mi familia ni yo olvidaremos nunca a ese catarinense que viajó expresamente a Cuba para tratar de aliviar un poco nuestras penurias, multiplicadas después de que en 1990, tras la desaparición de la URSS y la caída del Muro de Berlín, Fidel Castro implantó el "período especial en tiempos de paz".

Por último, otro recuerdo: enero de 1991. Estaba en los preparativos de un programa Puntos de Vista sobre bicicletas, en el que sería entrevistado el embajador de Holanda. El editor era Jorge Olivera, quien al igual que yo, en 1995 se convertiría en periodista independiente y fuera uno de los presos políticos de la Primavera Negra de 2003. Un viernes recibo una llamada de un uruguayo. Me dijo que en el hotel Las Yagrumas, en San Antonio de los Baños, se hospedaba Tomio Kikuchi, del cual ya había oído hablar por Tamiko Shimizu y Mary Nobuko, macrobióticas las dos.

Con el uruguayo quedé en encontrarnos al día siguiente en la estación ferroviaria de Tulipán, Nuevo Vedado. Malamente conseguimos acomodarnos en un viejo tren cuya parada final era en San Antonio. Luego de caminar algunas cuadras, llegamos al hotel. Tomio Kikuchi había nacido en Japón en 1926. La macrobiótica se remonta a inicios de 1920.

Su creador, el japonés George Oshawa (1893-1966), sistematizó antiguas teorías orientales, basándose en el principio del Ying (energía negativa, fría) y el Yang (energía positiva, caliente). En los años 50 dos de sus más aplicados discípulos, Michio Kushi y Tomio Kikuchi, partieron rumbo al continente americano. Kushi se establecería en los Estados Unidos y Kikuchi en Brasil. Más que dieta alimentaria, la macrobiótica es una nueva actitud hacia uno mismo y hacia otros, hacia la sociedad y el planeta. Con esos conceptos bajo el brazo llegó Tomio Kikuchi a Cuba en enero de 1991, apenas un año después de la implantación del “período especial”.

Con las mejores intenciones, el profesor Kikuchi pensó que podría aportar su granito de arena para que la población cubana se afectara lo menos posible tras el desabastecimiento y agudización de las penurias, consecuencia, en primer lugar, de la debacle del socialismo en Europa y, en segundo, por los reiterados y pésimos resultados de la economía, la agricultura, la ganadería y la pesca, causantes de la falta de alimentos. En esas circunstancias, ¿quién era la persona idónea para que Kikuchi pudiera argumentar su tesis y mostrar sus experiencias? Fidel Castro. Si el "comandante" se mostraba receptivo e interesado en la macrobiótica, ésta se podría llevar a cabo en la empobrecida Cuba. Si no, pasaría inadvertida, como finalmente ocurrió.

Junto a mi amigo, el ingeniero José Ramón López, hice lo posible y lo imposible para que Castro recibiera a Kikuchi. No lo conseguimos, pese a contactar con gente de su entorno conocedora del tema. Lo que sí conseguimos fue prepararle a Kikuchi un modesto programa e interesar a unos cuantos amigos en la macrobiótica. Organizamos dos conversatorios, uno en el Instituto de Alimentación, Higiene y Epidemiología y otro en el Museo Nacional de Bellas Artes.

Con grandes dificultades, López consiguió arroz integral y vegetales y a Kikuchi y a mí nos invitó a almorzar en su casa. De la estancia de Tomio Kikuchi en Cuba quedó también una entrevista que le hice para el noticiero de televisión y un material que posteriormente López preparó y rústicamente imprimió y del cual en algún lugar de La Habana debe quedar un ejemplar.

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