Mi historia de amor con Brasil comenzó en 1980. Escribía en la sección económica de la revista Bohemia —la más vieja de Cuba, fundada en 1908— una columna sobre moda y diseño cuando un día, gracias a Helio Dutra, brasileño nacionalizado cubano, empecé a empaparme de Brasil y su diseño. La primera revista que Dutra me prestó, editada en Brasilia, estaba dedicada a Oscar Niemeyer y su fabulosa arquitectura.
En 1981 seguí escribiendo para Bohemia, pero pasé a trabajar en el departamento de divulgación de la Oficina Nacional de Diseño Industrial, en 19 y D, Vedado, muy cerca del apartamento donde vivían Dutra y su esposa Ela. Allí conocí a muchos brasileños y a través de ellos y de las publicaciones que me dejaban, por cuenta propia fui aprendiendo "portuñol" y profundizando en la compleja y contradictoria realidad de Brasil, la diversidad de sus estados y su gente.
El primer brasileño que entrevisté fue Chico Buarque de Hollanda. En medio de un ensayo para un concierto que iba a ofrecer en el teatro Karl Marx, Chico me dio una entrevista para Bohemia. Presente estaba su primera esposa, la actriz Marieta Severo. En casa de Dutra, conocí a la escritora Nélida Piñón, orgullosa de sus raíces gallegas, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2005. Dutra me presentó también al dominico Frei Betto, con quien una tarde conversé en un portal interior de la Iglesia San Juan de Letrán, en el Vedado. En 1990, su libro Fidel y la religión lo lanzaría a la fama dentro y fuera de Cuba.
En la década de 1980, en Brasil se había puesto de moda ir a la "isla de fantasía", calificativo con el cual muchas agencias de viajes promocionaban Cuba. Vuelos charters o regulares haciendo escalas en Panamá, Perú, México, salían rumbo a La Habana con brasileños cargados de curiosidad. Procedían de Sao Paulo, Río de Janeiro, Minas Gerais, Bahía, Pernambuco, Río Grande do Sul, Ceará y Santa Catarina, entre otros estados.
Creían que, en Cuba, a la vuelta de la esquina, iban a encontrar al hombre nuevo prometido por el Che. En aquellos años, era alto el número de brasileños que admiraban a Fidel Castro. Había sus excepciones, pero eran las menos. La mayoría estaba deslumbrada con la revolución. Pese a su carácter apasionado y a su fama de creyentes, los brasileños no eran fanáticos, y una vez en Cuba alababan lo que consideraban bueno (educación, salud, deportes, cultura) y criticaban lo que veían malo: destrucción de La Habana, falta de libertades y apartheid turístico.
A diferencia de canadienses y europeos, los brasileños no viajaban en busca de sol y playas, aunque esto no impedía que se dieran su chapuzón en las transparentes aguas de Varadero. Ellos preferían conocer cómo vivían las familias cubanas. En 1980-90, década donde se registró la cifra más elevada de turistas procedentes de Brasil, el sexo tampoco estaba entre sus principales atracciones, pese a que fueron esos los años del despegue del jineterismo y la prostitución en Cuba.
Al proceder de una sociedad repleta de contrastes sociales, solían captarlo todo muy rápido. Una vez, mientras esperábamos a que nos sirvieran lo que habíamos pedido para cenar, en el restaurante del hotel Deauville, Tamiko Shimizu y Mary Nobuko, dos paulistas de origen japonés, me dijeron: "Ustedes no pueden valorarlo, porque no lo tienen, pero no te imaginas, Tania, lo tranquilo que se puede comer en un lugar donde no hay niños ni personas pobres pidiéndote comida o dinero".
Eso fue a mediados de los 80. 17 años después, en 1997, mi hija y yo fuimos un domingo con mi nieta Yania a una cafetería en la barrriada habanera de Arroyo Naranjo. Había allí un niño negro, delgaducho, de unos seis o siete años, pobremente vestido, que vigilaba lo que las personas dejaban en las mesas y rápidamente iba a recogerlo. Si era un pedazo de pizza o restos de un sandwich lo echaba en un bolso de nailon; si era refresco, se lo tomaba. Yania, entonces con tres años, no podía separar los ojos de aquel niño. Mi hija y yo revisamos el monedero: era poco el dinero que llevábamos, pero si no consumíamos mucho, alcanzaba para invitarlo. Lo llamamos y merendó con nosotras.
Paulo Afonso Grisolli, dramaturgo y director de telenovelas exitosas en la Rede Globo, durante una entrevista que me concedió en el hotel Habana Libre, donde se hospedaba, me dijo: "Lo que me ha gustado de Cuba es que aquí la pobreza es generalizada. No hay esos contrastes abismales de Brasil, donde unos pocos son muy ricos, y otros muchos muy pobres".
Otro brasileño con apreciaciones certeras fue Fernando de Barros. Cuando en 1984 vino a La Habana, a propósito del primer salón Cubamoda, ya era una leyenda en Brasil. Fue maquillista, productor y director cinematográfico. En Brasil se dice que los brasileños aprendieron a vestir bien gracias a Fernando de Barros. Fue editor de moda de las revistas Claudia y Playboy. Dejó dos libros: Manual da Elegancia Masculina y O Homen Casual.
Cuando vi por primera vez a Fernando de Barros —le esperaba en el lobby del Habana Libre y del elevador salió con un pantalón color ocre y camisa beige de algodón, muy holgadas las dos piezas para su cuerpo delgado y pequeño— nos dirigimos a la cafetería del hotel y allí estuvimos un par de horas conversando. Ya Fernando había salido a caminar por la ciudad y su retina lo había grabado todo: la forma anticuada de vestir del cubano, el deterioro de calles y edificios, los añejos autos americanos, los Ladas soviéticos y hasta las rejas que entonces se empezaban a poner en puertas y ventanas, por los robos.
Fue Fernando quien dos meses después me pidió que atendiera a la periodista Tania Fusco. Con mi tocaya hice buena liga y junto a Vivian Leal, hija del Historiador de la Ciudad, Eusebio Leal, conversamos largamente. Durante su estancia en La Habana, la Fusco se quedó en la residencia de Kuhn, embajador de Holanda, en la calle 2 entre 17 y 19, Vedado.
Por cierto, y a modo de paréntesis, una vez, buscando en internet datos sobre brasileños que había conocido en Cuba en la década de 1980-90, se me ocurrió poner en Google el nombre de Jefferson Hack, periodista inglés, alto y desgarbado, a quien conocí en abril de 1998 de una manera muy extraña. Por la tarde había llamado a mi casa un cubano preguntando por mí. Cuando salí, no quiso identificarse, solo me dijo que pasaría el teléfono a una persona interesada en hablar conmigo.
Enseguida pensé que se trataba de una "máquina" (tomadura de pelo) de la Seguridad del Estado. Acordamos vernos esa noche. Pasadas las ocho llegó en un almendrón. Recogimos a Armando Pérez, amigo mío que me sirvió de intérprete. Por la Avenida del Puerto, en La Habana Vieja, el chofer nos dejó. Empezamos a caminar, buscando una paladar. Encontramos una discreta, en el primer piso de un viejo edificio. Antes de mirar la carta, le pregunté a Hack en qué medio trabajaba.
"Soy editor de la revista Dazed & Confused", me respondió. Luego de explicarme que era una publicación bastante atípica, quise saber cómo había llegado a mí. Estando ya en La Habana, se había enterado de la existencia de una prensa independiente. Mi nombre no le era ajeno a los cubanos de a pie. Probablemente porque había sido periodista oficial o tal vez por ser una mujer ya mayor de raza negra, pero sobre todo, pienso, por Radio Martí, donde a menudo me entrevistaban o leían textos míos. Alguien de ese submundo habanero había oído hablar de mí y le sugirió al periodista inglés que me entrevistara.
Averiguando, dieron con una persona que conocía a otra que había trabajado conmigo y conservaba mi teléfono. Así fue como Jefferson Hack me localizó. No supe más de él hasta 2006, cuando casualmente por Google me entero que en el Reino Unido había tenido un romance con la modelo Kate Moss y de esa relación en septiembre de 2002 nació Lila Grace Moss Hack, hoy modelo como su madre. Chismes aparte, todavía no sé si de su viaje a Cuba en 1998 y de la entrevista conmigo, Jefferson Hack publicó algo en su confusa revista.
Pero regresando a Brasil, en 1987, en la comitiva de periodistas brasileños que viajaron con el gobernador de Sao Paulo, Orestes Quercia, en el vuelo inaugural de la VASP Sao Paulo-Habana, se encontraba Augusto Nunes, entonces editor-jefe del Jornal do Brasil. Mientras tomábamos café en la cafetería del hotel Riviera, Augusto me propuso ser corresponsal de su diario en La Habana. Entre los muchos papeles, cartas y documentos de los cuales tuve que deshacerme para que no cayeran en manos del Departamento de Seguridad del Estado, estaba el block de notas donde Nunes me anotó los temas que a su periódico le interesaban, entre ellos la desmovilización de las tropas cubanas en Angola.
O yo no le supe explicar cómo funcionaban las cosas en un país totalitario como Cuba o él, habituado a la libertad de prensa, pensó que sería cosa de "coser y cantar". Pero un periodista oficial, como era yo en ese momento, no podía ejercer de corresponsal de ningún órgano de prensa exterior si no tenía el consentimiento del Partido Comunista, del Ministerio de Relaciones Exteriores y, por supuesto, del todopoderoso Ministerio del Interior. Como mantenía buenas relaciones con Yurina Cabalo y Omar Mendoza, quienes en ese momento se ocupaban de la prensa en sus respectivos departamentos del PCC y el MINREX, por ellos dos comencé a tramitar la autorización.
Creí mi deber hacérselo saber a Nunes, quien cuando se enteró se molestó. Su reacción no me incomodó: una consecuencia del desconocimiento de la realidad cubana, bastante compleja de entender por un extranjero, aunque fuera un periodista bien informado como Augusto Nunes. Lo que ocurre dentro de nuestro país solo lo entendemos nosotros.
Cuando a partir de septiembre de 1995 decidí dejar el periodismo oficial y convertirme en periodista independiente en la agencia Cuba Press, fundada por Raúl Rivero el 23 de septiembre de 1995, a mi memoria vinieron Augusto Nunes, Luiz Fernando Mercadante, Fernando de Barros y otros periodistas brasileños que había conocido en La Habana.
En las dos ocasiones en que fui detenida por la Seguridad del Estado, el 21 de enero de 1997 y el 1 de marzo de 1999, en los calabozos recordé a Augusto Nunes, quien probablemente me vio como una persona dependiente y sin criterio, cuando siempre fui todo lo contrario. El calificativo de "conflictiva" me persiguió durante los veinte años que fui periodista oficial.
No me quedó claro si al final la autorizaron como corresponsal del Jornal do Brasil.
"Lo que me gusta es que la pobreza es generalizada". Hay que tener un mojón bien grande en la cabeza para pensar y proferir semejante burrada.
Que sigan con Lula.