Los cubanos hemos leído con gran atención el informe del Grupo de Trabajo de la Universidad de Harvard Sobre el Futuro de Cuba, cuyo esfuerzo agradecemos. El documento propone un esquema de transición política y económica. Destaca que el deterioro en la Isla ha alcanzado tal magnitud que amenaza la existencia misma de la nación, su estabilidad en el Caribe, y que solo puede enfrentarse mediante cambios profundos.
Coincido con la apreciación de que el primer paso indiscutible y sine qua non debe consistir en una amnistía general para los presos políticos, simultáneamente a la despenalización del disenso, además de derogar los decretos leyes 349 y 35, como venimos reclamando desde el Consejo para la Transición Democrática en Cuba desde hace tiempo, recurrentemente.
Me extraña que el documento no contemple como prioridad y requisito imprescindible la disolución del actual sistema. Sin ello no es posible conseguir la ansiada libertad y democracia para el pueblo cubano.
Si el Gobierno actual es el facilitador del proceso, como propone la Universidad de Harvard, no tendremos garantía económica, jurídica, social y democrática… a los hechos me remito. En definitiva, queda el lobo como guardián de las ovejas.
Nuestra experiencia, no solo desde España sino desde Europa, nos ha demostrado cuál es el camino para un proceso exitoso hacia la democracia, proceso al que son bienvenidos todos aquellos que quieran participar: miembros de la oposición, miembros del gobierno actual, del exilio, y quienes de buena fe quieran aportar a la reconstrucción del país.
La libertad de mercado sin libertad política no es verdadera libertad. Un régimen puede reconocer que el capitalismo y la iniciativa privada son mecanismos económicos más eficientes para generar riqueza, productividad e innovación, y permitirlos parcialmente sin renunciar por ello a su estructura autoritaria. En ese modelo, el mercado deja de ser una expresión de la libertad individual para convertirse también en un instrumento funcional al mantenimiento del sistema: se admite autonomía económica hasta el punto en que no amenace el monopolio político.
En Cuba, una apertura económica limitada podría precisamente responder a esa lógica: incorporar aquello que funciona del capitalismo sin aceptar las consecuencias políticas de una sociedad verdaderamente libre. El ciudadano puede recibir mayores espacios para producir, comerciar, invertir o prosperar, pero continúa sometido a límites decisivos en materia de asociación, expresión, participación política y alternancia en el poder. Además, mientras el Estado conserve la capacidad discrecional de autorizar, limitar o revocar esos espacios económicos, mantiene indirectamente un poderoso mecanismo de control social y económico.
Por eso, la libertad económica puede ser un paso hacia la libertad, pero no puede sustituirla. La libertad plena exige que la autonomía económica vaya acompañada de un Estado de Derecho, pluralismo político, propiedad protegida frente a la arbitrariedad y posibilidad real de elegir y sustituir a los gobernantes. El régimen cubano conoce esa relación; precisamente por ello, su desafío consiste en permitir suficiente mercado para que la economía funcione, pero no tanta autonomía individual y social como para que termine cuestionándose el monopolio político del poder.
La apertura económica puede aliviar y transformar el sistema, pero sin libertad política, Estado de Derecho y garantías frente al poder, sigue siendo una libertad concedida y condicionada, no una libertad plena.
La cohesión social es un elemento imprescindible para el desarrollo de una nación, pero no debemos tener miedo a llamar las cosas por su nombre.
Espero de todo corazón que todos los cubanos estemos a la altura que la situación nos demanda para salir adelante con éxito. Sin vencedores ni vencidos. Todos somos el pueblo cubano.
La compatriota que escribe este artículo, y su movimiento (que pocos conocen), han descubierto el agua tibia. Ella escribe que la “prioridad y requisito imprescindible (es) la disolución del actual sistema”. Coñó!!, merecen el premio Nobel. La pregunta obvia es: “Y cómo se disuelve el sistema?”
Una de las principales debilidades de la oposición cubana es la ausencia de un trabajo de base. Cuando una persona es detenida o encarcelada, la respuesta suele dirigirse hacia las redes sociales y los medios, pero rara vez se traduce en algo tan básico como levantar el teléfono y llamar a un vecino de la víctima. Ese contacto directo con la comunidad es precisamente lo que permite construir una base social: conocer el entorno de la persona afectada, generar solidaridad y convertir un caso individual en una preocupación de la comunidad.
Ni el informe, ni la oposición en general incorporan estrategias de movilización ciudadana.