En días recientes, ante el Congreso de Estados Unidos, el secretario de Estado, Marco Rubio, declaró que para él serían modelos apropiados de transición para Cuba los casos de la antigua Checoslovaquia y de Polonia.
En esto coinciden el Consejo para la Transición Democrática en Cuba (CTDC) y otras organizaciones, que creemos que nuestro aporte debe ser el de evitar la confrontación civil, con su elevado costo humano y su clausura democrática.
La referencia de Rubio a la tierra de Vaclav Havel establece un diapasón de opciones; la mención a la nación de Lech Walesa marca un modelo ajustable. Ambas nos devuelven al principio de las transiciones que pusieron fin a la Guerra Fría con tres elementos definitorios: se produjeron y verificaron desde dentro, el pacto fue su camino o su punto de llegada, y la comunidad internacional apoyó, no decidió el rumbo.
Esta es la opción que he defendido desde la vicepresidencia de Relaciones Internacionales del CTDC, basada en las experiencias de los países del Este de Europa que lograron hace años liberarse del yugo comunista de manera civilizada e inclusiva.
Lograr la prevalencia de este paradigma sin derramamiento de sangre y luchas fratricidas es el objetivo de los integrantes del CTDC.
En términos generales, la teoría define la transición como un proceso de cambio estructural y cultural, pacífico, que permite que un país pase de un régimen no democrático hacia uno democrático, en el que los ciudadanos puedan participar libremente en la concepción y definición de las transformaciones institucionales necesarias, en la elección de sus gobernantes y en la toma de decisiones políticas estructurales y fundamentales.
Según la teoría, la práctica real y las experiencias verificables, la transición no es un evento puntual, sino un proceso gradual y complejo que puede tardar un tiempo, ya que no se limita a un cambio formal de gobierno, sino que implica tanto reformas institucionales como cambios en la cultura política, la apertura a las nuevas mentalidades que se cuecen en el terreno de la pluralidad ciudadana y las relaciones de poder entre actores políticos. Y en esta dirección, varios países del Este de Europa demostraron una capacidad de reacción, de compromiso, de fraternidad y de generosidad, siempre con la vista puesta en el bien común. Y claro que los cubanos no somos europeos, pero sí hemos demostrado altura civilizatoria y capacidad para la amistad civil.
En la transición cubana no estaremos exentos de problemas y tropiezos, pero es en el espejo de las transiciones europeas, con su agónica lucha por encontrar y construir el centro de lo político y de la política, donde nos debemos de mirar.
Marco Rubio ha incorporado en su visión este sendero estratégico. Una que, dada la centralidad de las políticas de Estados Unidos en el hemisferio, particularmente en El Caribe y definitivamente en Cuba, contribuirá a desimantar la polarización de la política cubana.
En el CTDC compartimos esta aproximación. Y la hemos puesto en práctica con nuestra iniciativa de reforma constitucional del Artículo 5. De la Ley a la Ley. Un camino de construcción de la libertad desde la ciudadanía. Porque no debemos perder de vista que en la sociedad y en la política todo sigue un proceso, como lo fue incluso el de la construcción de la miseria actual que aqueja a todo el pueblo cubano.
En el CTDC coincidimos con los ciudadanos cubanos en este punto: hay urgencia de futuro. Y el futuro estará más cerca y será más sólido si desde ahora nos incluimos todos en la ruta civilizada de su construcción.