Al anunciarse que el Vaticano mediará entre el castrismo y la Administración del presidente Donald Trump sobran las razones para temer que otra vez la película del diálogo no tenga un final feliz para el pueblo cubano.
Por décadas, el Vaticano se ha complementado con la dictadura para despoblar la oposición vía destierro, suavizar la ocasional presión de EEUU y Europa, y transferir al embargo la culpa de sus crímenes y fracasos. Predecible rutina teatral que los obispos de la Isla, salvo históricas y honorables excepciones, aprovecharon para perfeccionar una originalísima variante no testimonial de la técnica del coro mudo.
De ese concordato, tácito o escrito, ¿alguien puede registrar un significativo logro de las libertades, un paso de prosperidad y, en lo que concierne esencialmente a la Iglesia Católica, una sostenible expectativa de esperanza?
Esta charada tuvo su mayor éxito con la apertura obamista de hace diez años, que abrió a la nomenclatura castrista las puertas del sueño americano y permitió desarrollar nuevas líneas de explotación de los cubanos en el exterior, entre otras unilaterales concesiones. Entonces, bajo el embullo del papa Francisco, el cardenal Jaime Ortega Alamino ofició, de obra y palabra, como un jacarandoso representante de la Cancillería de Raúl antes que como el príncipe de una Iglesia mártir, que vio caer a la flor y nata de la juventud católica bajo las balas del paredón o languidecer en el presidio político.
Ortega ya rindió su Juicio Final, que sospecho debe haber sido largo, tortuoso y rico en salacidades, pero otro principal gestor del cambio-fraude sigue en escena: el secretario de Estado del Vaticano, Pietro Parolin, quien era a la sazón secretario para las Relaciones con los Estados. Como mediador de las conversaciones entre Cuba y EEUU, celebradas en Roma, Parolin mantuvo el espíritu de la papal opción preferencial por el castrismo. No debe haberle sido difícil, dada la empatía entre las delegaciones.
Parolin es además el arquitecto del acuerdo secreto del 2018 entre el Vaticano y el Partido Comunista de China, refrendado con júbilo por Francisco. El acuerdo dejó a la perseguida y legítima Iglesia china, que ejercía en la ilegalidad con enormes sufrimientos desde los años 50, bajo la autoridad de la oficialista Asociación Patriótica Católica China (APCC). Requiere imaginación estimar como una victoria de la fe que ahora el Vaticano pueda vetar a unos obispos que solo el Partido tiene derecho a nominar. Parolin, no obstante, lo consideró un hito de la diplomacia vaticana.
Las consecuencias han sido devastadoras. En China obispos y sacerdotes están obligados a registrarse en la APCC. Los sacerdotes diocesanos deben pasar "cursos de formación" en el Instituto Central para el Socialismo, adscrito al Partido, y a los obispos se les exige firmar un "compromiso de independencia" respecto a Roma. Instalaciones y templos han sido demolidos, a la par que se rechaza la participación de los jóvenes. Los sermones de esta Iglesia "unificada" deben estar inspirados en los principios partidistas y el pensamiento del presidente Xi Jinping. Según un artículo de Nina Shea, publicado en 2020 en la revista First Things, el Partido se ha dado a la tarea de "retraducir" la Biblia, con la eliminación del revelador Apocalipsis. Para poner en el pastel otra cereza orwelliana, en el capítulo octavo del Evangelio de San Juan aparece que Cristo sí apedrea a la adúltera.
Tomemos esta chinesca digresión para disparar las alarmas. Hay que prestar una aprehensiva atención cuando Parolin dice que la Santa Sede ha dado los "pasos necesarios" en aras de favorecer una salida basada en el diálogo. De la aprehensión se pasa al susto después de que Miguel Díaz-Canel, el presidente sin casa, afirma: "siempre que hemos tenido momentos tensos, como este de confrontación con el Gobierno de EEUU, han aparecido personas, instituciones, que han facilitado que se construyan determinados canales que nos permitan dialogar". Con tales antecedentes, la gestión de Parolin para un diálogo entre Washington y La Habana arroja una sombra de cancelación sobre la postergada rendición de cuentas de la dictadura a la nación.
Este es el momento de la verdad para el obispado cubano. Tarde o temprano, Cuba será libre. Ese tránsito tendrá menos obstáculos si la Iglesia emerge con el prestigio de la resistencia. El cardenal Juan de la Caridad García Rodríguez y los obispos han venido manifestando una piadosa preocupación por el pueblo, a riesgo de sobrepasar la línea que marca la Oficina de Asuntos Religiosos del Comité Central del Partido. Una hornada de jóvenes sacerdotes se ha puesto a sembrar la palabra redentora en el día a día de un país hartado del suplicio del hambre y la servidumbre. Ya no es la Iglesia de Ortega que daba misa por el alma de Hugo Chávez. Ni la Iglesia de Francisco que se vanagloriaba de tener una "relación humana" con Raúl y recibía de manos de Evo Morales un Cristo crucificado en la hoz y el martillo.
Sin embargo, todavía con León XIV, frente a las dictaduras revolucionarias de la izquierda y el Islam, Roma sigue ignorando los sufrimientos de los pueblos cuando su discurso del apaciguamiento entorpece una acción necesaria, justa y radical. Cristo no propuso la redención a través de una mesa de negociaciones sino de una cruz. Sí a un diálogo para que se vayan cuanto antes sin agravar el daño, acaso irreparable, que ya han hecho.
Oremos para que esta vez, al final de este valle de lágrimas, nuestros obispos eviten que el triunfo diplomático conspire contra el triunfo moral.
Remedo de lo que fue al principio o en el acalorado principio de la Revolución, con aquel grupúsculo filo comunista dentro de la Iglesia católica cubana que se llamó: "Con la Cruz y con la Patria". Entonces han seguido por muchos años " con la Patria" que era la interpretación del Castro comunismo en el poder. Empezaron mal y van a terminar mal.
Sin agravio para los católicos cubanos ,pero otra vez el Vaticano jodiendo y haciéndose el "bueno" ante el mundo y a la postre lo que le está tirando es "Tremendo cabo" a la dictadura como hizo el deleznable "francisquito" (el burro parlanchín) que hasta llegó a afirmar de su "amiguito" raul castro! Dios los crea y el diablo los junta"!
No sé qué espera Papá Trumpo para DRONEar el Vaticano.
No los queremos, No los necesitamos!!
NoOOO, otra vez la iglesia NOOOO
Concuerdo con la siempre apreciable Ana J. Faya.
Esto es realmente serio. Se supone que (al menos), los católicos cubanos deberían abogar por el fin del sufrimiento de nuestro pueblo y todo lo que se interpreta en este artículo, apunta a que son otro trozo de madera apuntalando el viejo edificio llamado “revolución”.
Esto es vergonzoso.
Ninguna diferencia existe entre el Vaticano y la ONU, su objetivo es lavarle la cara al totalitarismo dondequiera que se encuentre.
Confieso que soy pesimista sobre lo que se esta preparando en Cuba o sobre Cuba. Mejor nos compramos una buena almohada antibalas y nos la amarramos en el trasero. La pata pol culo que nos van a dar a todos los cubanos va a ser antologica. No confio en el Vaticano.
Pensé que la orden del CFR (committee on foreign relations) era la de acabar con los Castro. Parece que la orden es salvarlos.
Nos van a joder una vez mas.
No me extraña que nombren a Caridad Diego, la mayor represora religiosa que ha dado la historia de Cuba como "obispa auxiliar" de La Habana.
Ya por mucho tiempo y en vida de Jose F Carneado, los lideres cristianos evangélicos - bueno algunos- le llamaban "Monseñor" al sicario de la religion en Cuba. Muerto ahora, tal vez comencemos a llamarle San Carneado.
Una alerta atendible la de este artículo.
Si esta metido el Vaticano y sus papas amantes del socialismo, entonces podemos esperar proteccion total a sus tiranos preferidos a cambio de...nada.
La Iglesia ha generado en Cuba más atrocidades que la Inquisición. Sólo mencionar el acuerdo Castro II - Cardenal Ortega y Papa Francisco, es de las cosas más asquerosas que se pueden haber hecho. Enviar al exilio a familias de presos políticos, sin ninguna garantía de nada en el país de destino, es por lo menos, muy cercano a lo humillante. Y habrá que decir que el precio que pagó la Iglesia fue el silenciamiento sobre escándalos de pedofilia y corrupción que estaban ocurriendo en la isla bajo el mandato del Cardenal Ortega. Cuando en países como Chile los "explotes" por estas causas se contaban por decenas, en Cuba "nadie se enteró de nada".
Les recuerdo que la Inglesa Católica engendró este demonio:
https://el-guama.blogspot.c…
¡ Qué se vaya la ESCORIA !
¡ No los queremos ! ¡ No los necesitamos !