En junio de 2024, Eleonay Rankin Cancio, de nueve años, murió tras sufrir quemaduras de tercer grado en un incendio en su casa en La Habana. Meses después, en Camagüey, Edgar Aliesky Martínez Torres, de cinco, perdió la vida a manos de su padre en un caso que activistas denunciaron como feminicidio vicario. En julio de 2021, en el Combinado del Sur, en Matanzas, Annier González Martínez, de 18 años, se pegó un tiro mientras cumplía el Servicio Militar Obligatorio; la causa oficial fue "lesión autoinfligida intencionalmente".
Estas historias, aunque en contextos distintos, apuntan a un mismo fenómeno: la muerte violenta, una estadística que se diluye en números incompletos y el silencio oficial.
Entre 2019 y 2024, unos 848 niños y adolescentes de diez a 19 años murieron de forma violenta en Cuba, una cifra que supera el tercio de las muertes totales en esas edades y coincide con un período de profundo deterioro económico y social. Durante todo el sexenio, los accidentes se mantienen como la principal causa de muerte en este grupo etario, seguidos del cáncer. Desde 2021, el suicidio ocupa la tercera posición, mientras que las agresiones se ubican en la cuarta. Dentro de la clasificación de muertes violentas, ambas suben un escaño.
Aunque esta es la estadística más numerosa, no es la única ni la total. La Oficina Nacional de Estadística e Información de Cuba (ONEI), encargada de publicar datos sobre muertes violentas en la población joven, también ofrece información para los rangos de cinco a 18 y de cinco a 14 años.
Estos tres grupos presentan dos limitaciones importantes. Primero, en ninguno de ellos es posible separar con precisión a los niños de los adultos, lo que impide determinar con exactitud cuántas muertes corresponden estrictamente a la población infantil. Segundo, los números de los principales tipos de muerte violenta —accidentes, agresiones y lesiones autoinfligidas— se superponen, por lo que no se pueden sumar directamente sin riesgo de duplicar casos y de sobreestimar el total de muertes violentas.
Aun así, el desglose sistemático de los tres indicadores según la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE‑10) de la Organización Mundial de la Salud permite identificar patrones, comparar tendencias y analizar de manera consistente la evolución de la violencia letal en niños y jóvenes durante al menos el último sexenio.
El año 2019 fue un punto de inflexión en Cuba, con mayor escasez de alimentos y medicinas, ajustes en subsidios y precios que venían desde el año anterior, y la llegada del sistema de Moneda Libremente Convertible (MLC), lo que generó desigualdad en el acceso a bienes básicos. Estos factores, junto con tensiones sociales y el surgimiento de nuevos flujos migratorios, crearon un contexto de estrés económico y social, con un impacto indirecto en las tasas de violencia. 2019 también fue el año en que activistas comenzaron a documentar feminicidios y otros sucesos violentos derivados, lo que permitió contabilizar la criminalidad e identificar señales de alarma.
Accidentes
Los accidentes constituyen la principal causa de muerte violenta en los tres grupos y explican la mayor parte del deterioro reciente. Entre 2019 y 2021, en el grupo de cinco a 14 años, se reportaron 298 muertes violentas; de ellas, 281 (el 94%) fueron accidentales.
En el grupo de cinco a 18 años, hubo 250 muertes por accidentes. Entre 2022 y 2024, la cifra subió a 312, con 62 casos adicionales. La tasa acumulada aumentó de 14,5 a 19,4. Es decir, no solo hay más casos de un trienio al otro, sino que también hay menor densidad poblacional.
El salto más pronunciado ocurrió en 2022, con 118 muertes accidentales, tras años de mayores restricciones a la movilidad. Lejos de disminuir, los accidentes consolidan su peso estructural en la mortalidad infantil y adolescente y se convierten en el principal motor del aumento global de las muertes violentas.
En el grupo de diez a 19 años, los datos recientes confirman esta tendencia. En 2023 hubo 85 muertes por accidentes y en 2024, 93.
En general, en el último sexenio Cuba registró cientos de muertes anuales por accidentes: los siniestros viales sumaron 729 en 2023, y 634 en 2024, mientras que los laborales provocaron 52 fallecidos cada año entre 2022 y 2024. Aunque no existe un registro público integral, la accidentalidad sigue siendo una de las principales causas de muerte previsible.
Agresiones
Aunque las autoridades cubanas no publican estadísticas oficiales consolidadas de criminalidad y aseguran que hay una tendencia a la baja, las agresiones han aumentado significativamente desde 2019, año en el que el Banco Mundial estimó la tasa de homicidios en 4,4 por cada 100.000 habitantes (unos 500 asesinatos). Sin embargo, organizaciones independientes han comenzado a documentarlas. Según el Observatorio Cubano de Auditoría Ciudadana (OCAC), en 2024 se registraron 1.317 delitos —880 robos, 167 asesinatos, 93 asaltos, 65 agresiones y 112 otros—, un aumento del 50,7 % respecto a 2023. El incremento en 2025 fue el 100%.
En cuanto a su impacto en la población joven, el grupo de cinco a 18 años registró 43 muertes por agresiones en el primer trienio y 56 en el segundo, un aumento de casi 30%. Aunque el volumen absoluto es menor que el de los accidentes, el crecimiento proporcional es significativo y apunta a una mayor exposición a la violencia interpersonal en el entorno de niños y adolescentes.
En el grupo de diez a 19 años, en 2023 hubo 34 muertes por homicidio y en 2024, 20. Aunque hay una disminución de un año a otro, el porcentaje sigue siendo alto: en 2023, las muertes violentas (ya fuera por accidente, agresión o suicidio) representaron el 38% del total en ese grupo y en 2024, cerca del 36%.
Resulta alarmante que en el grupo de cinco a 14 años no se reporten agresiones, especialmente cuando las plataformas independientes han documentado al menos ocho casos de feminicidio vicario desde 2019, incluyendo cuatro casos de niños de cinco, siete y diez años, que, en teoría, deberían registrarse como homicidios en este grupo etario. Esta omisión refleja un subregistro de la violencia letal contra la infancia en los datos oficiales, lo que dificulta dimensionar la magnitud real del problema y limita su prevención.
Suicidios
Las lesiones autoinfligidas intencionalmente se mantienen relativamente estables en el acumulado trienal del grupo de cinco a 18 años (65 casos entre 2019 y 2021 frente a 63 entre 2022 y 2024), aunque con oscilaciones internas preocupantes.
En 2023 se registra un pico de 30 muertes, el máximo del periodo. Hay, además, un dato particularmente alarmante en el grupo de cinco a 14 años, donde se reportan 17 suicidios (dos en 2020, ocho en 2021 y siete en 2022). El salto entre 2020 y 2021 multiplica por cuatro la cifra inicial y rompe con la idea de que las autolesiones letales son un fenómeno circunscrito a la adolescencia tardía. Que niños en edad escolar aparezcan en las estadísticas de muertes por suicidio introduce una gravedad particular que trasciende el simple conteo anual.
En el grupo de diez a 19 años, en 2023 se reportaron 37 suicidios y en 2024, 21. Aunque la cifra baja de un año a otro, continúa siendo una de las principales causas de muerte violenta en ese rango.
En Cuba, los suicidios se sitúan en 16,5 por cada 100.000 habitantes y se vinculan a trastornos mentales, consumo de sustancias, conflictos familiares, aislamiento social y falta de oportunidades económicas; el Servicio Militar Obligatorio (SMO) también se perfila como factor de riesgo. Aunque las estadísticas oficiales son parciales y no incluyen datos detallados por edad o contexto, reportes del Centro de Información Legal Cubalex documentan unos 30 jóvenes fallecidos en estas circunstancias desde 2022.
La violencia crece
Si se comparan los trienios completos en el grupo de diez a 19 años, las 465 muertes violentas registradas entre 2022 y 2024 representan un aumento del 21,4 % respecto al período precedente, lo que confirma que el deterioro no se limita a los grupos de 5-14 y 5-18 años, sino que lo supera, en tanto que el incremento en estos últimos es del 17%.
Mientras la violencia y la percepción de inseguridad aumentan en Cuba, la ausencia de estadísticas oficiales desagregadas impide conocer cuántas muertes por accidentes, agresiones o suicidios corresponden a niños, adolescentes y adultos por separado. Sin esa diferenciación no es posible calcular tasas específicas ni medir con precisión el impacto real en cada grupo etario.
Esta opacidad limita el análisis objetivo y obstaculiza la formulación de políticas públicas eficaces. Al no existir datos detallados y sistemáticos, resulta imposible dimensionar con claridad la magnitud de la violencia letal en la población infantojuvenil y establecer comparaciones sostenidas en el tiempo.
Entre 2019 y 2024, tras la pandemia, se observa una tendencia al aumento de las muertes violentas en la infancia y la adolescencia. Lo más preocupante no es solo el crecimiento porcentual, sino que accidentes, agresiones y suicidios se han consolidado entre las principales causas de muerte en niños y jóvenes, sin que el discurso oficial lo refleje con la transparencia necesaria.
Y donde han estado los burócratas izquierdistas de UNICEF?
Será que los menores aniquilados en un país socialista no cuentan para esa plebe corrupta que lleva décadas poniendo a Cuba como ejemplo de protección infantil?