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Sociedad

Hasta la Victoria's Secret

Dos primas, un regalo de cumpleaños y un tema poco estudiado: la relación entre jóvenes cubanos de dentro y de fuera.

Miami

Acabo de estar en el cumpleaños de una muchacha —tendrá alrededor de 20 años— recién llegada de Cuba. Entre los regalos había una tarjeta para comprar en Victoria's Secret. Al abrir el sobre soltó la burla al Che Guevara. Una prima mayamera de más o menos su misma edad no entendió nada. Apenas había oído hablar del guerrillero argentino, ajusticiado en Bolivia.

Sin embargo, para los adultos y viejos la belicosa frase del fracasado Che Guevara sí se convertía en chiste político, en una risueña invitación a olvidarse de "aquello" y visitar la tienda de lencería: "Hasta la Victoria's Secret". La seductora ropa interior femenina sustituía —venturosamente— la fanática boina negra con la estrellita y la frase de su al parecer obligada despedida de Cuba, cuando resultó incómodo al Poder: "Hasta la victoria siempre".

Baudelaire —que sostuvo la metáfora del erotismo como insinuación, lencería que apenas muestra, según explica Bataille— obtenía el triunfo sobre el burdo exhibicionismo guerrillero, sobre la pornografía política cada vez más abaratada de la izquierda latinoamericana.  

La anécdota cataliza un tema poco estudiado: la relación entre jóvenes cubanos de dentro y de fuera. Mientras la recién llegada había sufrido en la escuela el adoctrinamiento oficial, y de ahí que conociera la tan repetida frase de despedida del Che; su prima, llegada a Hialeah desde La Habana hace más de diez años, con apenas seis, se había librado de recibir la descarga política obligatoria. Los marcos de referencia, obviamente, diferían en muchos conocimientos y experiencias.

A reserva de un estudio sociológico con fiables baterías de encuestas, que se base en muestras significativas de jóvenes de las dos orillas, debe animarse la discusión, la caracterización de coincidencias y diferencias. De ahí estas impresiones de lo que oí y vi en el divertido cumpleaños, donde no faltaron ni la cerveza Hatuey ni el ron Bacardí, ni los pastelitos y croquetas de La Carreta, ni las crocantes frituritas de malanga con ajo para abrir la sed. Es decir, donde la nostalgia y su industria para el emigrante armaban la atmósfera, soplaban sobre los asistentes con ráfagas de una identidad rota, escindida, como puede experimentarse en Phoenix o Los Ángeles —otro ejemplo hispanoamericano— con los chicanos.

Las primas coinciden en que sus nombres no empiezan con la palatal Y. Al parecer la vigesimosexta letra ha pasado de moda, se quedó en la generación anterior —hoy alrededor de los 40 años— y la posible influencia soviética —de la lengua rusa— en la predilección onomástica.

La recién llegada se llama Alexandra, aunque poco sabe de Alejandro Magno o de la célebre biblioteca. A la ya ciudadana estadounidense le pusieron en su natal, ultramarino puerto de Regla, un nombre muy de nuestras religiones sincréticas: Caridad. Ali y Cary concuerdan por diferentes causa en casi no ver televisión e ir poco al cine. Las conexiones y chateos por internet dominan las preferencias, comunicaciones y recreos de Cary, pronto serán las obsesiones de Ali, que dice detestar las programaciones del ICRT por aburridas. Cary porque solo usa la televisión como pantalla para series o videos.

A ninguna de las dos la política le entusiasma, aunque Cary votó por primera vez en las recientes elecciones de 2016. Bostezan cuando oyen que sus abuelos —y a ratos sus padres— se acaloran contra el inmovilismo de la cúpula militar o la corrupción de policías e inspectores. Alexandra está más interesada en conocer Nueva York —le oigo decir— que en los destrozos del huracán Irma en la costa norte de Cuba. Ni sabe quién es Díaz-Canel. Suspira de alegría cuando oye que su prima la invitará el mes que viene a Disneyworld, aunque todavía no entiende de pagar tarjetas de crédito, seguros médicos, letras de auto…

Cachita y Alexandra ríen su juventud, hablan de sus estudios… Ya coinciden en no bajar la voz para criticar a los políticos, lo que pasa es que no saben ni cómo se llaman ni cuáles programas defienden. Ríen. Aplauden cuando ponen un video de Pitbull con Jennifer López. Ríen. Bailan. Ahora ninguna de las dos teme arbitrariedades impunes de ningún gobierno. Se sienten, están, lejos del Che Guevara. Solo hablan bajito cuando secretean sobre los turbulentos modelos de la nueva temporada de Victoria's Secret.

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