En el panorama político de Venezuela, que dio un giro inesperado hace escasas semanas, el chavismo parece haber iniciado una nueva fase de transformación, tras la captura y extracción de Nicolás Maduro y su esposa Cilia Flores, el 3 de enero, y la ascensión de Delcy Rodríguez como presidenta interina.
Esta evolución, que analistas como la politóloga venezolana Marisela Betancourt y el académico chileno Fernando Mires, radicado largamente en Alemania, describen como la "tercera mutación" del movimiento fundado por Hugo Chávez, posiciona a los hermanos Rodríguez —Delcy y Jorge— como los nuevos referentes del poder en Caracas.
En un giro pragmático, esta etapa tiene como pivote una alianza inédita con EEUU, priorizando la estabilidad económica y geopolítica sobre las ideologías antiimperialistas del pasado. Partiendo de las reflexiones de Betancourt en su reciente conversación con el portal Runrunes y de un ensayo de Mires difundido por su cuenta en X, en este artículo se explora cómo el chavismo se reinventa para sobrevivir, bajo la tutela de Washington, una arista que no figuraba en ninguna proyección o pronóstico a fines de 2025.
La historia del chavismo, según Mires, es una narrativa de mutaciones constantes. En su artículo "El Tercer Chavismo", el académico chileno argumenta que el movimiento ha pasado por tres identidades distintas. La primera, bajo Hugo Chávez, fue un "gobierno populista", caracterizado por un líder mesiánico que conectaba emocionalmente con el pueblo venezolano, recurriendo a un discurso nacionalista con tintes socialistas.
"El de Chávez fue el segundo gran movimiento populista de América Latina. El primero, obvio, fue el de Perón", escribe Mires, enfatizando cómo Chávez convirtió un movimiento de masas en un Estado populista, donde la figura del caudillo trascendía la Constitución y las leyes.
La segunda mutación llegó con Nicolás Maduro, quien transformó ese Estado populista en uno "policial y militar". Lejos de ser un líder carismático, Maduro dependió de la represión y el control armado para mantenerse en el poder. Mires lo describe como un régimen que entregó el país económicamente a China y militarmente a Rusia, lo que precipitó su caída.
"Maduro no fue populista. El sucesor de Chávez, pese a sus bailes públicos y sus malas imitaciones del tono oratorio del caudillo muerto, estaba lejos de ser una figura mesiánica o un líder de masas", apunta Mires. Su extracción por fuerzas estadounidenses no generó resistencia popular; al contrario, fue recibida con alivio, convirtiéndolo en el "chivo expiatorio" del fracaso económico y moral del país, describe el sociólogo chileno desde Alemania.
Ahora, con Delcy Rodríguez como centro de gravedad, emerge el tercer chavismo: un intento de convertir el régimen en un "Estado político", abriendo caminos hacia una transición controlada. Mires ve en esto una ruptura con el madurismo, similar a cómo Maduro rompió con el legado chavista. "Con Delcy Rodríguez el chavismo experimenta una tercera mutación. El de Rodríguez es el tercer chavismo", afirma.
Esta fase busca rectificar errores pasados para que el chavismo sobreviva, ya sea reteniendo la Presidencia o posicionándose como principal oposición en futuras elecciones. Betancourt coincide con esta visión de metamorfosis. Para ella, el chavismo está construyendo una "nueva épica" centrada en la esperanza económica, abandonando el relato de soberanía antiimperialista.
"El chavismo está construyendo una nueva épica en esta metamorfosis: la esperanza económica", declara Betancourt, advirtiendo que esta transformación busca perpetuarse en el poder bajo una fachada de estabilidad. La politóloga enfatiza que el postmadurismo no es una transición democrática genuina, sino una adaptación pragmática para sobrevivir en un contexto de tutela externa.
En este nuevo escenario, los hermanos Rodríguez emergen como los pilares del poder. Delcy, como presidenta interina, proyecta una imagen de "gerente tecnócrata", según Betancourt. Su rol es clave en la estabilización económica, administrando recursos bajo la supervisión estadounidense.
Mires detalla cómo las conversaciones secretas entre Delcy y Donald Trump precedieron a la intervención, asegurando la salida de influencias chinas, rusas e iraníes. "Lo más probable es que la presidenta encargada haya asegurado que rusos, chinos, iraníes deberán hacer sus maletas cuanto antes. Si no hubiera sido así, ella no estaría en el poder", escribe el académico chileno.
Ambos análisis coinciden en que Delcy Rodríguez no es una continuadora de Maduro, sino que representa un proyecto de restauración chavista bajo nuevas condiciones, con autonomía relativa en lo político, pero dependencia absoluta en lo económico. Jorge Rodríguez, hermano de Delcy y figura histórica en el chavismo —expresidente de la Asamblea Nacional y actual operador clave en negociaciones internas—, complementa este tándem.
Como referentes de poder, los Rodríguez encarnan esta tercera identidad: una elite pragmática que negocia con Washington para mantener el control. Mires sugiere que este tándem familiar permite al chavismo navegar la transición sin perder su esencia militarista, pero añadiendo un barniz político.
La alianza pragmática con EEUU es el eje de esta mutación. Mires vincula la extracción de Maduro a la Doctrina Trump, una reinterpretación de la Doctrina Monroe que busca asegurar "espacios vitales" en el hemisferio occidental frente a imperios rivales como China y Rusia. Según Mires, no se trata de democratización, sino de geopolítica: Trump tolera dictaduras aliadas, pero no intromisiones rusas o chinas en América Latina.
El petróleo venezolano tiene un peso en esta nueva dinámica, según estos dos analistas, y la clave es evitar que caiga en manos enemigas, especialmente en manos de China.
Sin embargo, ambos analistas advierten riesgos. Mires alerta que este tercer chavismo podría servir de modelo para Trump en otros países, como Cuba o Nicaragua, exportando un autoritarismo "reformado" bajo tutela estadounidense. Mientras que Betancourt ve fragilidad en esta "paz artificial", dependiente del flujo de caja antes de que la presión interna, como la que eventualmente pudiera ejercer la líder opositora María Corina Machado, cuya permanencia en Washington genera ya serias interrogantes.
La alianza pragmática de los Rodríguez con la Casa Blanca también implica concesiones dolorosas para el chavismo tradicional. La captura de Maduro rompió el relato de soberanía, demostrando además que alianzas con Rusia y China eran "puramente transaccionales", según Betancourt.
Mires añade que Delcy Rodríguez debe caminar los "tres pasos recomendados por Rubio": estabilidad política mediante diplomacia y fuerza, recuperación económica administrada por EEUU y condiciones para elecciones. El sociólogo plantea una hipótesis provocadora: ¿y si Delcy Rodríguez hace bien la tarea encomendada por Washington sería la candidata respaldada por Trump en unas elecciones?
Betancourt apunta lo siguiente: el éxito de los hermanos Rodríguez dependerá de "socavar la estabilidad autoritaria", que heredaron del régimen de Maduro, y acelerar una transición bajo el plan de Washington.
Empero, tanto Betancourt como Mires advierten que la actual metamorfosis que está en marcha en Venezuela no garantiza democracia, necesariamente. Para ambos el gran riesgo es que se podría perpetuar un autoritarismo híbrido, donde el poder familiar de los Rodríguez se consolide bajo la sombra de la Presidencia de Trump. Esto, claro está, si logran dar impulso a la economía y el petróleo hace sonar las cajas registradoras, tanto en Venezuela como en EEUU.