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Opinión

La última gran cruzada

'Nunca antes, desde la época de las Cruzadas, los lindes entre el bien y el mal habían estado tan bien definidos; nunca antes Europa se había visto en las garras de una ideología tan perversa.'

Nueva York

En los tres cuartos de siglo transcurridos desde el desembarco aliado en Normandía —que se conmemora hoy—, el mundo ha presenciado y padecido decenas de otras guerras, grandes y pequeñas, internacionales y civiles, con gigantescos bombardeos, como en Vietnam y Afganistán, y enormes concentraciones de tropas, como en las dos Guerras del Golfo.

El poder de fuego de los ejércitos ha aumentado considerablemente en estos últimos 75 años y, parejamente, la capacidad de destrucción y la logística. Sin embargo, ninguna contienda posterior ha podido superar la magnitud y la grandeza moral de la Segunda Guerra Mundial, y ninguna de las batallas de esta guerra parece cautivar la imaginación tanto como la batalla de Normandía, que ya es un hito en la saga de la cultura occidental.

Nunca antes, desde la época de las Cruzadas, los lindes entre el bien y el mal habían estado tan bien definidos; nunca antes Europa se había visto en las garras de una ideología tan perversa. La contienda era una imagen especular del choque permanente entre las fuerzas cósmicas de la luz y las tinieblas, la repetición a vastísima escala del eterno combate entre San Jorge y el Dragón, el duelo a muerte de nuestra civilización con su más implacable adversario: el nazismo alemán que, apoyado en una poderosísima máquina militar, se empeñaba en suplantar la compasión cristiana por el credo de una odiosa barbarie.

En el momento más sombrío, Gran Bretaña se había alzado sola contra el bárbaro; después, la agresión había logrado un aliado imposible: los comunistas rusos que, si bien se empeñaban en propagar otra forma de esclavitud moderna, de momento, resultaban muy útiles. Finalmente, del otro lado del Atlántico, los americanos acudían en socorro de la madre Europa que —al igual que en el mito— había sido raptada por un toro.

Primero fue la campaña de África y después la de Italia. El 4 de junio de 1944, los aliados liberaban Roma. Antes de 48 horas tendría lugar en las playas de Normandía el mayor desembarco militar de la historia de la humanidad.

Es de tal importancia y gravedad ese desembarco que el presidente de EEUU, Franklin D. Roosevelt, al anunciarlo al país, decide dirigirse a Dios en lugar de a sus conciudadanos. "Dios omnipotente: nuestros hijos, orgullo de nuestra nación, han emprendido en este día una extraordinaria tarea, un combate para preservar nuestra república, nuestra religión y nuestra civilización, y para liberar a una humanidad que sufre", ora el presidente.

En el prólogo de esa oración que recitarán ese día en iglesias y cuarteles, en oficinas y fábricas, en escuelas y cárceles, el presidente ha definido la enormidad del empeño que encomienda a la misericordia del Ser Supremo.

Bajo estos auspicios comenzaría el asalto final al muro de acero que protege a los opresores. Las escenas del famoso desembarco nos son familiares, las hemos visto mucho en el cine y en la televisión: el arribo de los barcos anfibios, los soldados que empiezan a derramarse —y a morir— sobre la playa, en medio del estruendo de la artillería; pero el flujo ni retrocede ni cesa, dentro de unas horas se hará incontenible. Los defensores de la barbarie terminarán saliendo de sus escondrijos con las manos en alto, mientras la muchedumbre vitorea a los libertadores.

De nuevo,  los jefes de Estado de las naciones que dirigieran esta campaña, e incluso de las que entonces eran sus adversarias, se reúnen para conmemorar la batalla y honrar a los que murieron en ella y a los heroicos sobrevivientes, dos de los cuales, muy ancianos, volvieron a lanzarse en paracaídas, tal como hicieran hace 75 años bajo el fuego enemigo. Son los últimos veteranos de la última gran guerra popular. Aunque después ha habido otras guerras justas, ninguna otra se ha librado en Europa, frente a un adversario tan formidable y tan maligno. Toda la perversidad del anticristo bíblico encontró un rostro en el nazismo, y estos modernos cruzados le salieron al paso y lo vencieron. Una hazaña, sin duda, conmovedora y memorable.

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