Camilo Venegas asalta, con su nueva novela, ese cenáculo secreto donde se debaten las obras literarias que se deben leer. Lo hace sin exigir un fusil AKM y se mete profundo en uno de los vericuetos más desconocidos de la Cuba de mediados de los 80 del siglo pasado.
Los escenarios son tan diferentes como los propios personajes que los conforman. Es decir, sus sentimientos, los antecedentes y los sucesos que se deslizan en dos planos antípodas: entre El Vedado, en una Habana de privilegios, y en la zona montañosa del Escambray, al centro de la Isla, en las riberas del lago Hanabanilla.
Esos dos universos de la novela Los mudos de la montaña (Libros del Fogonero, 2026), están unidos por el narrador en primera persona: un joven de procedencia campesina que se gradúa de Periodismo en la capital y pide ser enviado a realizar las prácticas de campo en un lugar remoto.
Esta es una novela de descubrimientos. Aunque su motor impulsor es el amor, y justo en esas escenas están los mejores momentos de la historia, Los mudos de la montaña trata de ser un aguafuerte de la realidad de un país atenazado por el socialismo real y por un estilo de vida cada vez más soviético.
La tarea es realizar una serie de reportajes en los campesinos del Escambray, con el espejo del enorme embalse que casi llega al nivel de personaje. Para ello Venegas pinta brillantemente las disputas un tanto candorosas del hombre rural, ya con los amigos que forman parte de ese micromundo, como con las condiciones climáticas.
Una especie de Alexei Dvánov, héroe de la novela Chevengur, del gran escritor ruso Andréi Platónov, escrita entre 1927 y 1928, hace casi 100 años, y publicada íntegramente por primera vez, en Londres, en 1978. Dicho sea, en Rusia solo se publicó de manera íntegra en 1988, en tiempos de la glásnost y la perestroika.
En las 292 páginas de Los mudos de la montaña, Venegas demuestra no solamente pericia técnica dentro de una estructura compacta y sencilla. También sabe muy bien cómo mover sus personajes en ambos ámbitos, alcanzando una sustanciosa madurez como narrador, sin soslayar el aliento poético que impregna toda su prosa, ya sea la narrativa o la periodística.
Deudor de los grandes nombres clásicos de la literatura de aventuras y fantasía, lo es también de algunos de los mejores de la contemporaneidad. Pero todo eso no hace más que abrir en todo esplendor el capullo de la flor de la narración, mientras dibuja el entorno de dos ámbitos en las antípodas.
Por un lado, una clase media alta aburguesada, dentro del socialismo fallido cubano, compuesta por funcionarios y cierta zona de la intelectualidad habanera. Por el otro, el de una clase campesina, feraz y luchadora, acostumbrada a la sobrevivencia y a la aventura del esfuerzo, en una zona marcada históricamente por las cicatrices de una guerra civil que fue enmascarada con el eufemismo de "lucha contra bandidos".
Faulkner, Hemingway, MacCullers y Kundera se dan la mano con Venegas y sabrá Dios por qué misteriosos vasos comunicantes (creo que el propio Hemingway que bebió de él), con Andréi Platónov, autor también de los cuentos de El río Potudán y El tercer hermano.
Pero es también la esencia de esa bizarra ingenuidad de Tomek, el joven repartidor de leche que descubre el amor en el filme No amarás (1988), del gran director polaco Krzysztof Kieślowski.
Sin embargo, el estilo de Venegas, como una sumatoria de rasgos, instantáneas, sentimientos, fogonazos y otras piedras líricas, desemboca en la creación de su propia voz, su timbre personal, su peculiaridad. La que resulta de una variación de fusiones, donde a veces reitera frases que se dicen entre los personajes, con las cuales remarca no ya una idea, sino un sentimiento, o un sentido de pertenencia.
Personalidad literaria que acuña lo ya antes expuesto en su anterior novela Atlántida (Libros del Fogonero, 2023). Un estilo que también bebe de lo rural, de lo naif rural, pero siempre pasado por el tamiz del Vedado, ese barrio habanero que define la habanitud.
No obstante, el verdadero final de Los mudos de la montaña, está en el momento en que se cierra la historia de Dania, es decir en el penúltimo capítulo. El último es, pues, un regodeo de más con lo mismo, que en próximas ediciones podría eliminar (o dejarla así que, a fin de cuentas, el escritor decide qué hacer con lo que escribe). Pero que a quien suscribe, le sobra.
Con Los mudos en la montaña, Camilo Venegas aporta un ángulo un poco distinto de la literatura del exilio. No escribe en tono de nostalgia, ni mucho menos desde la confrontación ideológica. Ambos están presentes de una manera diferente.
El tono de nostalgia tiene más que ver con el amor o los amores perdidos. La confrontación ideológica está dada en un plano un poco neblinoso, que es el trasfondo de la lucha de las fuerzas enfrentadas en las montañas del Escambray y la mudanza forzosa de toda una población a un extremo de la Isla, en una copia fiel de las prácticas estalinistas.
Los mudos de la montaña, de Camilo Venegas es, probablemente, una de las mejores novelas —que al menos yo he leído— escritas en la Cuba del exilio, que pertenece por derecho propio al cuerpo más robusto de la narrativa y en general, al canon de la literatura cubana de este siglo XXI.
Camilo Venegas, Los mudos de la montaña (Libros del Fogonero, 2026).