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Ecología

La invisibilizada dimensión ambiental de los embalses y pedraplenes de Cuba (II)

La construcción masiva de embalses y pedraplenes revela una contradicción entre los objetivos de desarrollo económico y el desequilibrio ecológico ocasionado.

Madrid
Arrecife coralino en los mares de Cuba.
Arrecife coralino en los mares de Cuba. Prensa Latina

La construcción masiva de embalses en Cuba, y en menor medida de pedraplenes, revela una contradicción entre los objetivos de desarrollo económico y su sustentabilidad, lastrada por el desequilibrio ecológico ocasionado. Aunque puedan considerarse hitos constructivos, y en el caso de la Voluntad Hidráulica un plan nacional destinado a mitigar el impacto de las inundaciones, proveer permanentemente el sistema de regadío y favorecer la generación hidroeléctrica, fueron proyectos que subestimaron o no tuvieron en cuenta las características hidrodinámicas del territorio insular, con secuelas devastadoras para distintos ecosistemas.

Con los años se ha comprobado que el represamiento no garantiza seguridad absoluta ante las inundaciones provocadas por los huracanes. El peligro de desborde obliga a aliviarlas, lo que constituye otro trastorno capaz de destruir o afectar la agricultura y el entorno construido inmediato. El vertido masivo obliga a la movilización de emergencia, que puede ser bastante grande. Por ejemplo, en eventos extremos, la evacuación forzada en el complejo hidrográfico del Zaza ha alcanzado las 35.000 personas, incluso por el riesgo de colapso de presas menores.

En cuanto al patrimonio natural, las afectaciones son múltiples y graves. La alteración a gran escala del flujo natural del agua dulce ha afectado los ríos, las aguas subterráneas, los suelos, y los ecosistemas fluviales y marinos asociados. Para el geógrafo Eudel Cepero "la degradación de los suelos cubanos alcanzó a finales del siglo XX la magnitud de catástrofe ambiental". Con esto sentencia el impacto ecológico que la mala gestión del agua ha tenido en los 4,2 millones de hectáreas degradadas y erosionadas en el país, lo que representa más de la mitad de la tierra agrícola disponible.

La baja productividad de estos suelos fue provocada por los elevados niveles de salinización y acidez derivados del excesivo represamiento, así como por el uso intensivo del manto freático, que tiene un lento proceso de recuperación. Para el especialista, los precios impuestos al agua en nuestra agricultura no han favorecido el ahorro, y es otro punto negativo en el manejo de este preciado recurso natural. Asimismo, completa la degradación de la tierra la compactación provocada por la alta mecanización pesada. También la pérdida de la cobertura boscosa en las franjas hidrorreguladas en torno a las presas, ha acelerado el lavado de los suelos y la sedimentación.

Al variar el volumen y flujo de los ríos, el aumento de la salinidad en sus desembocaduras ha repercutido negativamente en numerosas especies de la flora y la fauna local, algunas endémicas e incluidas en áreas protegidas. Por ejemplo, se ha reducido la colonia de flamencos rosados que solía anidar en el estuario del río Máximo, en Camagüey, y que era considerada una de las más importantes del Caribe. Hay casos extremos como el río Cauto, el mayor del país, cuya salinización se detecta 62 kilómetros hacia el interior, ya que "en su curso final el río corre al revés pues el gasto natural debe ser de cinco metros cúbicos por segundo y dado el represamiento es de tan solo dos", afirma Cepero.

Hacia el mar, la alteración hidrodinámica inducida también trastoca las condiciones de salinidad requeridas para mantener el ciclo vital de especies que habitan las lagunas estuarias. La situación del Golfo de Batabanó y de la zona costera del suroeste de Pinar del Río lo ejemplifican.

En el caso de los pedraplenes, representan un obstáculo impuesto al flujo natural de las corrientes marinas. Se ha comprobado que provocan un aumento de su velocidad habitual de 60 centímetros por segundo, a 122 centímetros por segundo. Esta barrera artificial, también ocasiona cambios en la salinidad, densidad, temperatura y niveles de oxígeno del agua, afectando la vida de las especies marinas.

Por otra parte, las presas retienen sedimentos y concentran cargas contaminantes de las actividades agroindustriales y humanas que se desarrollan en su entorno. De este modo, se convierten en contenedores de residuos que descargan hacia los ecosistemas fluviales y litorales. La presa Niña Bonita, en La Habana, presenta altas concentraciones de mercurio y cadmio. En Camagüey es conocido el plan que debió estructurarse para sanear las piscinas naturales de los cangilones del río Máximo, contaminadas por los desechos industriales contenidos en las presas Máximo (1980) e Hidráulico Cubana (1969) situada en el río Santa Cruz, afluente del Máximo.

Al ser represados los ríos se limita su fuerza hidráulica natural para evacuar materiales hacia el mar. Esto es relevante porque los ríos representan el principal suministro de nutrientes inorgánicos hacia el litoral, lo que ha afectado la vida de varias especies marinas. El impacto es notable a nivel medioambiental y económico con repercusión en la pesca y en la producción ostrícola y camaronera cubana.

Al mismo tiempo, los sedimentos costeros empujados por las mareas se depositan en las desembocaduras, creando barreras de arena que estancan las aguas y acumulan materia orgánica en descomposición. Esto eleva la turbidez del río impidiendo la reproducción de algas esenciales en la alimentación de langostas, peces comerciales, etc. Dicha descomposición eleva también la concentración de sustancias como el amonio y el nitrógeno orgánico, nocivos para la vida marina.

Un ejemplo del impacto combinado por el desbalance salino y la reducción del alimento que desde los ríos debe llegar a las plataformas insulares, es la muerte de algunos arrecifes de coral, ecosistemas vitales que sustentan una amplia biodiversidad y son la primera barrera protectora ante la fuerza de los huracanes.

A nivel sanitario, esta degradación hídrica también causa problemas para la salud humana. La intrusión salina en los acuíferos destinados al abasto de agua potable incrementa de manera anormal el retorno de calcio en el agua subterránea por encima del 60%, lo que expone a las poblaciones locales al consumo de agua salobre. La exposición continua a aguas mineralizadas se asocia al desarrollo de hipertensión arterial crónica, nefrolitiasis y patologías renales graves. Para Eudel Cepero "un ejemplo tragicómico es Cabezada, poblado que desde 1985 solo recibe el agua potable mediante una patana a pesar de estar ubicado en la orilla de la mayor corriente de agua dulce del país".

Estas cuestiones reclaman programas de recuperación medioambiental que atiendan los daños ocasionados a distintos niveles. Pero, sobre todo, son lecciones cardinales para la regulación de planes constructivos futuros, e incluso en la valoración transdisciplinar de los ya ejecutados. Debemos ser conscientes de la gran responsabilidad que supone la gestión de los recursos naturales del país. La dimensión ambiental debe ser prioritaria y atendida con fundamento para un manejo razonable del patrimonio natural que sostiene nuestro entorno de vida, nuestra economía, nuestra salud y la del resto de las especies que habitan el archipiélago.

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