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Entrevista

Orlando Luis Pardo Lazo: escribir contra la memoria de Cuba

Una conversación a propósito de su libro 'Olvidos y obituarios', recién presentado en Barcelona y Madrid.

Madrid
Orlando Luis Pardo Lazo.
Orlando Luis Pardo Lazo. Cortesía del entrevistado

Hay hombres que, cuando uno repasa la propia biografía, parecen haber estado siempre rondando en los márgenes de la vida, como si el destino se empeñara en retrasar el encuentro. Orlando Luis Pardo Lazo es una de esas personas que, tarde o temprano, tenía que estar en mi vida. Medio científico, escritor y medio, medio pensador, leguleyo, megalector y un etcétera insoportable para el ego de los demás.

La vida, sin embargo, nos puso más de una zancadilla. Nada de encontrarnos de manera fácil. En La Habana, no. Cuando yo llegaba él se iba, cuando quien llegaba era yo, Landy desaparecía. En Brown, esa Ivy League medio hippy situada en Providence, tampoco: el azar o la lluvia nos hacían tomar calles diferentes para llegar a la misma biblioteca y ni hablar de asistir a la misma función del único cine de ensayo de aquella ciudad. ¿Y qué pasó en la WashU? Así llaman a la excelsa universidad en el San Luis americano de Misuri, donde ni por asomo nos cruzamos a pesar de coexistir. No sé, nunca nos encontramos

Tuvo que ser… la verdad es que ni me acuerdo, pero seguro online.

Y luego Madrid, siempre Madrid, aunque él insista en Nueva York. Y así, con una cena y luego otra, nos pusimos cara y voz.

Mas, nada es fácil entre nosotros. Vino a presentar su nuevo libro a mi ciudad y yo, de insulso, tenía planificado otro sarao desde hacía un año y no nos vimos. Yo que tenía un montón de preguntas para hacerle. Entonces, de nuevo internet, la red, la pantalla, me sirvió para aclarar mis dudas sobre Olvidos y obituarios, ese libro que me ha acompañado por el metro de Madrid, por supuesto.

Y aquí están.

¿Por qué separar "olvidos" y "obituarios"? ¿Qué puede decir el obituario que no logra decir el ensayo, y viceversa?

Son inseparables. La partición es solo un pretexto para coger aire a mitad de lectura. Tanto olvidos como obituarios (a veces desde el delirio, a veces desde el deleite, ojalá que siempre desde el delito) expresan lo que bulle y hace bulla en mi espíritu, cuya naturaleza es emitir escrituras-excrituras-hezcrituras hasta consumir el combustible lingüístico de mi creación en cadena.

Olvidos y obituarios dicen cada uno lo que el otro calla. Ambos son, también, continuidad.

En varios textos hay una mezcla de duelo y sarcasmo. ¿Dónde pones el límite moral de la ironía cuando hablas de muerte?

La muerte es la primera y última fuente de la moral. No pretendo provocar a los vivos. Mis violencias verbales emanan de una ética in extremis: si estos muertos de papel y tinta resucitaran, al tercer día o milenio, yo les diría en sus caras (en sus calaveras) lo que he escrito sobre ellos en Olvidos y obituarios.

Sin embargo, siento pena ajena de que se hayan ido sin haberse leído antes en un libro de Orlando Luis Pardo Lazo.

En "Martí, meñique" y "El error Martí" hay una relectura frontal del Apóstol. ¿Qué parte de Martí te interesa salvar (si alguna) y cuál crees que la nación ha usado como instrumento de control?

Llamarlo "meñique" y "error" es confesarle mi amor. Para mí, Martí es aquella canica de un casi intolerable fulgor. Su prosa irracionalísima aún humedece, dos siglos después, los ojos de esa raza extinta que somos los aparecidos cubanos.

Vine a Manhattan porque me dijeron que acá vivía Martí. Era falso. Solo quedaba la tumba de su penúltima mujer, la viuda virtuosa que él abandonó por otra viuda vil que se llama Cuba. Il n'y a pas de hors-Martí.

El libro sugiere que la concordia entre cubanos es casi imposible o está culturalmente saboteada. ¿Ves alguna salida narrativa o política a ese destino?

Sí lo veo, pero no exclusivamente entre cubanos. Nuestro clan en descomposición necesita de una recolonización cívica de urgencia. Una desnacionalización democrática. Un pacto ciudadano que involucre más a la diáspora planetaria que a la nación geográfica. En particular, a los cubanos de los Estados Unidos de América.

Cuba es parte connatural del territorio estadounidense. La independencia fue un acto de decimonónica intransigencia de nuestra parte. Paradójicamente, Cuba es hoy la reserva continental del orgullo de ser yanquis, algo ya agotado en Yanquilandia. Por eso, si cae Estados Unidos (digo, es un decir), si caen de la tierra para abajo, los cubanos saldríamos en estampida (como hace rato) para ir a buscarlos.

La respuesta a tu pregunta es: cubanos, os he amado, ¡estad alertas!

¿En qué momento sentiste que el exilio dejaba de ser "tránsito" para convertirse en "hogar"?

Cada vez que me he enamorado de una mujer. Mi hogar es la hystéra de los griegos: ὑστέρα. Desde mi pubertad, en pleno paraíso policial de proletariado, la grafía de ese término ὑσ-τέ-ρα me remite siempre a la humedad honda de otro vocablo: ú-te-ro.

No hay regreso para mí porque no sabría cómo hacerle el amor a una mujer dentro de Cuba.

Dices, en esencia, que ya no se puede borrar nada. ¿Esa imposibilidad de olvido te parece justicia, castigo o ambas?

La imposibilidad de autoborrarnos es la forma superior del totalitarismo orwelliano. Ese era el atiborrante sueño de la Seguridad del Estado en la Isla. No poder ser otros es sofocante (es insufrible tener una y solo una identidad). La captura de pantalla es ahora el nuevo paredón. La esperanza ya no se encuentra ni en los enlaces rotos.

Aunque parezca lo contrario, los humanos cada vez se expresan menos desde su individualidad. La mediasfera tiende a una póstuma singularidad, donde no hay necesidad de crear o intercambiar información (solo replicarla ad infinitum a partir de un repertorio común compilado por nadie).

Por lo demás, los sentimientos son solo emojis y emoticones, además de pura IA. ¿Cuándo fue la última vez que dos cubanos se dijeron "te quiero" sin la parodia pública de una cámara?

¿Escribir obituarios es una forma de rendir homenaje, de ajustar cuentas, de archivar, o de sobrevivir psicológicamente? Hay insistencia en lo somático (piel, pus, cicatrices, arena). ¿Por qué el cuerpo te sirve mejor que la idea abstracta para contar política?

Es una deformación profesional: escribo con el cuerpo.

Antes del acto, no tengo nada dentro de mi cabeza. Durante el acto, el deseo y el delirio me tonifican hasta las más recónditas fibras: escribir es una especie de erección in extremis. Después del acto, me quedo más hueco que cuando no tenía nada dentro de mi cabeza. Entonces, solo entonces, soy teloméricamente feliz.

En realidad, la escritura carece de órganos. Tal vez mi obsesión de soma sea solo un intento inconsciente de compensar esa ausencia atávica. Pero aún puede haber algo más: ¿insistir en lo corpóreo no podría ser otra estrategia de ignorarlo, de negarnos al tictac decadente del cuerpo?

Textos sobre figuras culturales (por ejemplo, Silvio) sugieren una crítica a la complicidad estética. ¿Qué le exigirías hoy a un artista cubano "famoso" para considerarlo moralmente libre?

No escribo desde una posición de superioridad moral: por algo estoy en las antípodas de Antonio José Ponte y Carlos Manuel Álvarez. Tampoco escribo desde ninguna anquilosada consistencia existencial. De ahí mi condición incandescente.

Quod scripsi is crisis. No resisto que los cubanos no se den cuenta de lo que nos pasa. Es tan mediocre que no nos atrevamos a ser completamente contemporáneos, en medio de una balcanización llamada la Revolución Cubana. Es una indigencia infame no estar presentes en nuestras propias biografías, como requisito cubano-demasiado-cubano de merecernos la biografía del prójimo. Detesto que ya apenas seamos un pueblo, porque mi vocación fundacional es inconsolable y exijo que cada quien sea libre de asegurar: Yo he visto cosas que ustedes, los cubanos, jamás creerían.

Olvidos y obituarios parece un binomio contradictorio: olvidar versus recordar a los muertos. ¿Qué olvido te interesa: el que borra o el que cura?

Un olvido creativo es la ilusión de habitar otra vida, otro siglo, otros hombres. Sin la tara entrañable de nuestra insularidad insulsa hasta lo insultante. Aprender a ser ajenos a la histología de lo histórico. Elegir la estrella que no ilumina y mata, sino que deja como un tenue perfume de nardo en el alma.

Olvidar es acceder a una cubanía a-cubanizada. Sanar con una ecología del corazón que no conozca destierros, ni tampoco la angustiosa angina de un nicho geográfico. Olvidar es volver a vivir, porque todo torna a ser nuevo bajo el sol (incluso, bajo el socialismo).

Recordar sería la imposibilidad radical del perdón. Tener memoria es hacer patria (ese fascismo de las efemérides). Olvido es humanidad.

¿Mi recomendación? Leedlo. 

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