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Obituario

Lina de Feria: una poeta libre

El autor recuerda a la poeta recién fallecida en La Habana, de quien editó en Madrid una antología de su obra.

Madrid
Lina de Feria.
Lina de Feria. Granma

La muerte de Lina de Feria (Santiago de Cuba, 1945-La Habana, 2026), Premio Nacional de Literatura de Cuba, deja un silencio difícil de llenar en la poesía hispanoamericana. Fue una de las voces más singulares de la lírica cubana contemporánea: intensa, desgarrada y profundamente humana. Su obra —signada por la soledad, la pérdida y una obstinada rebeldía interior— atravesó épocas de incomprensión y largos silencios editoriales, pero terminó imponiéndose por la fuerza irreductible de su palabra.

Tuve la fortuna de conocerla cuando yo aún estaba en la universidad. En aquellos años impulsábamos una revista literaria, Jácara (1995–2005), un pequeño espacio de resistencia cultural y entusiasmo juvenil: una de las pocas revistas independientes de Cuba en aquella época. Lina colaboró con generosidad y entusiasmo. Desde el primer momento se mostró cercana y alentadora: nos conectó con otros autores, nos prestó libros, recomendó lecturas. Leyó mis primeros poemas con una atención que todavía agradezco. Fue ella quien me animó a publicar y quien, además, tuvo la generosidad de escribir el prólogo de mi poema-libro Babel, texto que decía haber leído con verdadero entusiasmo. Ese gesto, que para ella era natural, para un escritor joven significaba entonces un acto de confianza y de impulso definitivo.

Lina era así: generosa con los jóvenes, abierta al diálogo, siempre dispuesta a escuchar nuevas voces. Su casa de la calle Línea, en el Vedado habanero, era un lugar de encuentro. Allí acudíamos muchos a visitarla: a conversar, a escucharla, a compartirle nuestros poemas. Aquellas tardes tenían algo de tertulia improvisada y algo también de escuela literaria. Lina nos recibía con afecto y curiosidad, sin ninguna pose de maestra o de autoridad. A veces evocaba aquellos años en que fue "parametrada" y tuvo que viajar en tren cada día a Güines —mi pueblo— donde trabajó como asesora literaria.

Recuerdo que con frecuencia me leía poemas en los que estaba trabajando. Lo hacía con una humildad que sorprendía: pedía opinión, preguntaba, dudaba. Mientras tanto su inseparable hermana se movía de un lado a otro por la casa, y aquella escena quedaba suspendida entre el rumor de la ciudad que entraba por el amplio ventanal hacia la avenida y la intensidad de la poesía de Lina de Feria.

Años más tarde, poco después de que asumí la dirección de Editorial Verbum, le propuse publicar un libro suyo: una antología que reuniera sus poemas más perdurables. Así nació Poemas escogidos. La oquedad del tiempo. Aquella ocasión nos permitió reencontrarnos y conocer también a la Lina viajera, curiosa, feliz de descubrir Madrid, ciudad donde se sintió inmediatamente a gusto.

Llegó llena de entusiasmo. La hospedamos en un pequeño hostal cerca de la glorieta de Bilbao y cada mañana caminaba hasta la oficina de la editorial. Le gustaba hacer ese trayecto a pie. Nos contaba con alegría cuánto disfrutaba de la caminata: hablar con la gente, observar las calles y los escaparates, detenerse en una cafetería para desayunar, visitar las librerías y, al regresar por la tarde, tomarse su vinito en algún bar cercano. Aquella rutina sencilla parecía devolverle una felicidad juvenil.

Madrid le ofrecía, quizá, una forma de respiro: un espacio de conversación, de libertad intelectual que ella saboreaba con curiosidad y gratitud. Recuerdo que, cuando ya quedaban pocos días para su regreso a Cuba, me confesó con una sonrisa triste que no quería volver. Lo dijo con cautela, como si temiera la gravedad de esa decisión. Después empezó a reflexionar en voz alta. No era fácil, sobre todo a su edad y después de los episodios complejos de su vida: aquella escapada a Miami años atrás y el posterior regreso a la Isla. Repetir un gesto semejante no era una elección ligera. Finalmente volvió a Cuba. Y lo hizo con la serenidad de quien sabe que, pese a todo, su vida y su historia estaban ligadas a su isla. Cuba era su raíz, su memoria y también el territorio espiritual de su poesía.

Es una lástima —una tristeza profunda para muchos de sus amigos— que Lina de Feria haya partido sin ver el día de la libertad que tantos cubanos esperan. Ojalá ese momento llegue pronto. Ojalá a tiempo para que la memoria de poetas como ella pueda celebrarse en una Cuba abierta, plural y reconciliada consigo misma. Sin embargo, nos queda su obra. Nos queda su voz, tan singular como necesaria. Y nos queda también el recuerdo de aquella mujer que caminaba cada mañana por Madrid, feliz de conversar con la gente, de tomar café en terrazas al sol, de mirar libros, como si en cada gesto cotidiano encontrara todavía una forma de poesía.

Quizá por eso sus propios versos parecen hoy una despedida anticipada, una reflexión serena sobre el misterio de vivir. Lina de Feria sabía que la vida —como la poesía— es siempre una pregunta abierta. Escribió: "Creo que nunca acabaré de comprender la vida/ ni esta noche espléndida para morirse".

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2 comentarios

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Profile picture for user Ana J. Faya

Lina siempre fue su propia persona. Era única. Ojalá no haya sufrido en sus últimas horas.

Crónica desde la gratitud, la admiración y sobre todo la certeza de que pronto se podrá conmemorar en una Cuba democrática a poetas como Lina de Feria, que no se mereció tantos golpes que le dio la vida, como dijo Rafael Alcides en un poema... Ahora Lina entra al aula del 4 piso de la Escuela de Letras, casi brincando, porque ella y Wichi acaban de ganar el primer premio David. Alegría.