Hace unas semanas conocí a Leticia Sánchez Toledo (Cabaiguán, Cuba, 1985). La amiga de una amiga que se está convirtiendo en una amiga. En ese tránsito, estamos.
La primera vez que vi su obra fue en la sala de su casa. Algunos cuadros colgaban de las paredes; otros descansaban en el suelo, apoyados contra muebles, como si no hubieran terminado de decidir dónde estar. Sobre una mesa, los tubos de pintura, algunos abiertos, yacían sin orden aparente, usados apenas unos instantes antes de mi llegada.
Me inquietó un poco la sensación de que la actividad no se había detenido. No era un taller en pausa, sino un gesto suspendido. Parecía que el pintar no había dejado de ocurrir, sino que simplemente me había hecho espacio. Como si ese parar, esperarme y seguir formaran parte de un mismo impulso continuo, más atento al tiempo que a la cortesía.
Ese día hablamos de muchos temas, tomamos algo, comimos, y, en uno de esos momentos de soledad en compañía me puse a mirar los cuadros. Miré los cuadros y pensé en Edward Hopper, ese gigante taciturno que aprendió a pintar el silencio después de pasar años ilustrando anuncios. Los colores, los tonos, los lugares me remitieron a él, pero la sensación que me dejó la pintura de Leticia no era la de una escena que podía describir, sino la de una duración que no podía nombrar. Estuve algunos días rumiando para llegar a una frase que me pareció aceptable: Leticia pinta el tiempo como experiencia. Al salir de un cuadro de Hopper, recuerdo lo que vi. Pero al salir de uno de Leticia tengo la sensación, más inquietante, de que sigo ahí.
Vi sus óleos, sus cartulinas, escarbé en el catálogo que tiene en su sitio web, solo para constatar que sus obras no representan escenas, creo que, más bien, las suspenden.
Las figuras no están capturadas a mitad de una acción, sino a mitad de un intervalo. Alguien ya ha llegado, o está a punto de irse, o ha estado esperando tanto tiempo que la diferencia ya no importa. Las camas no aparecen como lugares de descanso, sino como contenedores de pensamientos inconclusos. Las puertas no son pasajes, sino preguntas. Hospitales, lavanderías, estaciones de metro: no son escenarios, sino arquitecturas de la espera.
La pintura se comporta aquí como la memoria. Los bordes se difuminan no por indecisión, sino por honestidad. La luz no revela; se demora. El pincel no insiste; escucha. Las figuras no están idealizadas ni degradadas. Simplemente se les permite permanecer inacabadas. Por eso, más que un realismo de lo que acontece, lo que aparece aquí es un realismo de la espera. No se trata únicamente de cómo están hechas las pinturas, sino de qué tipo de relación proponen: al negarse a cerrar el gesto, a completar la escena o a resolver la imagen, la pintura renuncia a una de las promesas más tranquilizadoras del arte: la de ofrecer algo acabado. En su lugar, asume una responsabilidad más incómoda: no explica, no concluye, no ocupa el lugar del tiempo que todavía no ha pasado. Aquí, lo inconcluso deja de ser una falta y se convierte en una posición ética. Permanecer inacabado no es descuido, sino respeto por aquello que aún está ocurriendo, por aquello que no nos pertenece del todo. Estas pinturas, más que mostrarme algo, me acompañan, lo que me pareció un gesto muy bonito, la verdad. Un gesto, eso sí, callado, insistente, donde esperar deja de ser un tema para convertirse en una forma de estar en el mundo: bajo una suerte de ética de lo inconcluso.
Una forma de oír
La segunda vez que volví a la casa de Leticia ya no miré los cuadros de la misma manera. No porque hubieran cambiado, sino porque algo en mi forma de estar frente a ellos se había desplazado. La familiaridad no los volvió más claros; al contrario, los volvió más insistentes. Ya no los miré como piezas dispersas en distintos contextos (la casa, la galería, la pantalla) sino como variaciones de una misma experiencia que empezaba a reconocerse a sí misma.
No se trataba de repetición, sino de persistencia. Las imágenes no se adaptaban al lugar donde aparecían; era el lugar el que terminaba ajustándose a ellas. La casa, la galería, el sitio web dejaban de ser escenarios para convertirse en capas de una misma duración. Algo se mantenía intacto entre un espacio y otro, como si las pinturas llevaran consigo su propio tiempo, indiferente al entorno. Ahí empecé a notar que no estaba frente a obras que pedían ser vistas una sola vez. Exigían regreso. Y en cada regreso, lo que cambiaba no era la imagen, sino la escucha. Porque mirar esos cuadros, me di cuenta entonces, era para mí una forma de oír.
Cada cuadro parecía arrastrar consigo un tempo propio. No una atmósfera, sino algo sonoro y reconocible para mí. No se trataba de que la pintura "sonara", ni de una correspondencia evidente entre imagen y música y letra. Era algo más discreto. Al quedarme frente a cada cuadro el tiempo que pedía, aparecía una escucha interior: un ritmo, una cadencia, una manera de avanzar o de demorarse que encontraba, en algún lugar de mi memoria auditiva, un equivalente. Una canción no como ilustración, sino como compañía.
Se me ocurrió entonces asociar cada pintura con una canción como un ejercicio personal, íntimo, casi doméstico. Un gesto privado, consciente de su arbitrariedad. Estoy seguro de que otra persona no vería una relación clara entre la pintura y la música, o que llegaría a otra banda sonora completamente distinta, igual de legítima. Porque no hay aquí una música correcta, ni una lectura que se imponga. Lo que hay es mi experiencia compartida: la de un tiempo suspendido que activa, en mí, o en otros posibles espectadores, una forma distinta de escuchar.
No es una sinestesia literal de sentidos, no oía colores ni veía sonidos, sino algo más extraño y preciso: una coincidencia temporal. Ver y oír ocurriendo al mismo tiempo, sin traducirse del todo. La pintura me retiene; la música me acompaña. Ambas insisten en ese mismo intervalo donde nada se resuelve, pero todo permanece. Entonces entendí que aquello que había empezado a percibir como escucha no era una metáfora ni un añadido, sino la aparición de un objeto que no se deja agotar, que insiste, que se repite sin repetirse. No una banda sonora impuesta a posteriori, sino una consecuencia natural de ese tiempo que Leticia pinta y en el que, una vez que entro, ya no lo abandono del todo.
Puse manos a la obra. Si los cuadros me pedían tiempo, y ese tiempo empezaba a sentirse como una escucha, lo lógico era aceptar la invitación y ver hasta dónde llegaba. No para fijar un sentido, ni para traducir la pintura a música, eso sería empobrecerla, sino para acompañar esa duración con otra duración posible: así empecé a armar mi propia banda sonora para algunas pinturas de Leticia. Una suerte de Paintrack. No como curaduría, ni como clave interpretativa, sino como un ejercicio personal, casi doméstico. Una manera de quedarme un poco más en cada cuadro. De escucharlo sin exigirle que hablara. De seguro otra persona armaría otra lista completamente distinta, igual de válida o mucho mejor. Esta no pretende cerrar nada. Apenas señala un recorrido posible.
No enumero aquí las canciones que me acompañaron. No porque no existan, sino porque hacerlo las fijaría demasiado pronto. (El Paintrack puede encontrarse aquí, para quien quiera prolongar la experiencia.) Prefiero dejar ese gesto en suspenso, como queda suspendido el tiempo en los cuadros. Cada lector llegará, si quiere, a su propia banda sonora. Esa escucha —personal, intransferible— es ya parte de la experiencia.
Creo firmemente que estas obras no se cierran porque no fueron hechas para terminar. Se quedan y esperan. Y mientras uno las mira, algo, inevitablemente, comienza a sonar.