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Obituario

Claudio Sotolongo: Reencontrarlo a través de la imagen

El diseñador gráfico, investigador y profesor murió este jueves en La Habana a los 43 años de edad.

Ciudad de México
El diseñador gráfico, investigador, profesor Claudio Sotolongo Menéndez.
El diseñador gráfico, investigador, profesor Claudio Sotolongo Menéndez. C. Sotolongo Menéndez/Facebook

Con solo 43 años, falleció ayer en La Habana el diseñador, investigador, profesor Claudio Sotolongo Menéndez. Para quienes le conocimos y le quisimos, el año no ha podido entrar con peor golpe. La noticia, que poco a poco se ha ido filtrando en las redes, ha provocado reacciones donde a la sorpresa por su muerte repentina, provocada por un infarto, se une el estupor que implica imaginar una vida segada de modo tan abrupto, cuando él se encontraba inmerso en diversos proyectos de trabajo y acababa recientemente de mostrar otros desde su rol de curador y preservador de la memoria y el legado de nombres relevantes de las artes plásticas cubanas. Nacido en 1982, y graduado del Instituto Superior de Diseño Industrial, desaparece justo cuando se dejaba ver su nombre en exposiciones y empeños donde la imagen, su principal discurso, nos lo devolvía en un grado de intensidad que de ningún modo presagiaba este hecho tan abrumador.

Si su obra gráfica merece atención singular, su trabajo como profesor e investigador es también destacable, y en ese sentido, sus aportes al estudio del cartel de cine cubano quedan como un referente de enorme utilidad. Baste mencionar su presencia como coautor en libros como Ciudadano cartel, que concibió junto a las investigadoras y especialistas Sara Vega y Alicia García, y que publicó Ediciones ICAIC en 2011, o Soy Cuba, el cartel de cine en Cuba después de la Revolución, que firmó junto a Carole Goodman y que apareció por Trilce Ediciones, en el mismo año. Él mismo cuenta, en el ensayo que escribe para ese libro, cómo se deslumbró ante la fuerza del diseño gráfico de su país, al visitar una exposición siendo aún adolescente: "Mi primer recuerdo asociado al diseño gráfico y al cartel en particular fue la exposición Diseño de fin de siglo, que abrió sus puertas en 1999 en el Centro de Arte Contemporáneo Wifredo Lam, curada por Pepe Menéndez, en la que presentó su obra un equipo de diseñadores, 'todos estrellas'. Recuerdo vívidamente la impresión que me causó una pared cubierta con carteles que se elevaba desde el suelo hasta los casi cinco metros de altura de uno de los espacios donde se presentaba la exposición. En el resto de las salas se mostraban portadas de discos, páginas interiores de revistas, imágenes corporativas de diversas empresas, etcétera. Aquella impactante y abrumadora cantidad de carteles fue para mí, a mis 17 años de entonces, una experiencia única".

Esa suerte de epifanía lo llevó de modo definitivo al diseño gráfico, a la crítica de arte y a la investigación. No le faltaban maestros para ello en su propia familia: su madre, Lázara Menéndez, es una de las más respetadas profesoras de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana, y junto a ella, en casa, tenía a Oscar Morriña, reconocido profesor y autor de libros acerca de Museología, Historia y Apreciación de las Artes Plásticas. Todo ello lo impulsó a sus estudios, y a ir creando una obra en la cual, a diferencia de otros diseñadores de su generación, el concepto visual se establecía como un eje concreto y sintético, dispuesto a sacar el máximo aprovechamiento de líneas y elementos muy nítidos, como demuestra su cartel para una muestra del cine de Alfred Hitchcock, donde revelan su conocimiento de dicha filmografía tanto su capacidad como reinventar claves a las que acudió Saul Bass para diseñar los créditos de varios títulos del célebre director.

El cartel, para Claudio, fue una vía expresiva que le permitió hacerse un sitio de respeto entre sus colegas, y por este tipo de trabajos obtuvo premios por el cartel concebido para el evento Casa Tomada, de Casa de las Américas, en 2016, o el premio Coral al mejor cartel por el que imaginó para el documental Últimos días de una casa, en la edición 40 del Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, dos años más tarde. Su obra cartelística ha sido expuesta ampliamente, en muestras y colecciones de Cuba y en el extranjero.

Entre las últimas exposiciones que organizó está la que rescata la obra de Félix Beltrán, abierta en la Galería Habana (Elogio de la simplicidad, 2024) y las que a manera de retrospectiva de este maestro llevó también a España y Panamá. A Oscar Morriña le dedicó en su centenario una jornada de evocación, que incluyó la muestra La segunda casa, en el Museo Nacional de Bellas Artes, aún abierta. Apenas el pasado 27 de diciembre exponía junto a otros creadores en la exposición colectiva HB2025, Arte Cubano Contemporáneo, que puede visitarse en la Galería Habana. Todo ello era parte de una labor intensa, que llevaba a un ritmo a ratos vertiginoso, lo cual según parece se confabuló contra su salud, hasta llegar a la mañana de su fallecimiento.

En el breve tiempo de su vida también se ocupó de diseñar libros, sobre todo para la editorial de la Universidad de La Habana, diseñando el perfil de su colección y las cubiertas de varios de los títulos más importantes de ese sello, incluidos entre ellos la primera edición cubana de La isla que se repite, de Antonio Benítez Rojo, y el más reciente título de su madre, elogiado y premiado tanto por su valioso contenido como por el cuidado de su diseño: Para amanecer mañana hay que dormir esta noche, publicado en 2017. Diseñó además catálogos, programas, se encargó de la museografía de varias exposiciones, se acercó a proyectos como Cartelón o el estudio La Marca e indagó en el peso de la memoria en determinados espacios urbanos, al tiempo que obtenía becas o residencias en el extranjero, ya fuera en Roma, Madrid, New Jersey o en Alemania. Asombra lo mucho que hizo en sus 43 años, y aún queda por revisar lo que quedó entre sus planes y bocetos.

En mi caso particular, me unió a él un cariño y una relación que perduró también como un enlace creativo. Varios de sus carteles sirvieron para promocionar eventos en los cuales lo enrolé, desde el que homenajeaba a José Rodríguez Feo en sus 95 años, para que no se olvidase completamente al fundador de las revistas Orígenes y Ciclón, hasta los de mis obras y puestas en escena Distintas maneras de sobrevivir al amor (según Shakespeare), y Un domingo llamado Deseo, estrenadas en Ciudad de México y en La Habana. También es suya la portada que le pedí para las memorias, aún inéditas, del gran coreógrafo cubano Ramiro Guerra, y que ya no podrá ver.

El empeño que nos enlazó nuevamente antes de esta muerte que aún nos es difícil asimilar es el del tributo a Virgilio Piñera, para el cual diseñó la tarja que indicará, en el edificio de N y 27, que allí vivió sus últimos años, los del ostracismo y el recelo oficial, el gran escritor y dramaturgo. Espectador no solo del cine sino también del teatro y la danza, tuvo a su cargo el cartel por el centenario de Ramiro Guerra, y próximamente la compañía de Rosario Cárdenas estrenará Siempre vuelvo, coreografía inspirada en la obra de Belkys Ayón para la cual Claudio Sotolongo diseñó también el cartel. Serán muchas las maneras en que seguirá reapareciendo ante nosotros, y eso ayudará a que empecemos a repasar lo que él fue acumulando desde su talento y su visión siempre curiosa e inquisitiva, como se corrobora también en varios de sus artículos y críticas de arte publicadas en diversas revistas.

Visitarlo en su casa de Centro Habana implicaba el doble gusto de hablar con su madre, quien lo supo guiar con mano rigurosa en pos de que su talento no se desenfocara. Los carteles que aquí he mencionado, y el diálogo que para la creación de algunos de ellos sostuve con él, me demuestran su capacidad para conjugar en una imagen que eludía cualquier exceso la expresión clara de una idea, como ese rayo que golpea a una máquina de escribir en el dedicado a José Rodríguez Feo, y que expresa con rapidez el impacto logrado por aquellas revistas que él fundara. Claudio sabía asimilar una provocación y devolverla a través de la imagen, jugando con líneas, nociones y texturas de un modo que nos hizo identificar sus trabajos y celebrarlos, con la precisión rotunda de un verdadero diseñador gráfico. Apasionado del tema, podía conceptualizar y analizar a fondo lo que perseguía: también voy a extrañar esas conversaciones donde no siempre estábamos de acuerdo, pero en las que su talento y sus lecturas iban sumando provecho a esas tertulias apenas interrumpidas por la música de los discos de vinilo que coleccionaba, o el café.

Resultará difícil volver a una Habana, que también lo atormentaba con sus apagones, la crisis cotidiana y las carencias, y no encontrarlo, pese a todo ello, siempre con más de un proyecto ocupando su tiempo. O hablando, con preocupación, de la pérdida del edificio donde él estudió diseño, y que la desidia ha ido vandalizando. Ahora es el momento de acompañar a quienes tuvo más cerca, y de hacer, como él mismo hizo con la obra de Morriña o Beltrán, el trabajo de cuidado, organización y preservación que sin dudas su talento merece. Así esperamos reencontrarlo a través de la imagen, de su propia imagen: el mundo intenso y concentrado de líneas y sugerencias donde siempre podremos volverlo a saludar. 

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2 comentarios

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I've read many articles, but yours left me with a lasting impression, so thank you for sharing it. https://tinyfishing2.io

Reading about Claudio Sotolongo’s life makes me think of bitlife https://bitlife2.org —how one’s choices, passions, and projects shape a legacy. Every decision can leave a mark, just like in the game.