A pesar de la ley firmada en 1899 y de la intensa campaña contra la cultura taurina, en Cuba fue imposible hacer borrón y cuenta nueva para eliminar la memoria de una práctica centenaria y el deseo de una parte de la población por continuar disfrutándola. Sin apoyo legal, pasó de ser una fiesta organizada por y para la institucionalidad, a convertirse en un acto clandestino, que recurrió a nuevas modalidades para garantizar su subsistencia.
En La Habana no se construyeron más plazas de toros permanentes, y se demolieron las que existían. No obstante, se conoce que en la finca Los Zapotes, situada en la Calzada de Güines, en las afueras de Luyanó, se construyó una plaza en 1909, aún activa en la década de 1940, en la que se hicieron corridas clandestinas con reducida audiencia.
Hubo varios intentos por celebrar corridas importantes para las que se contrataron toreros extranjeros y se importaron toros. Todas terminaban siendo canceladas o como en el caso de las organizadas en 1947, en el recién inaugurado Gran Stadium de La Habana (hoy Estadio Latinoamericano), ofrecían apenas un simulacro.
Sobre dichas corridas en el coloso del Cerro, protagonizadas por dos matadores mexicanos y a las que asistió un total de 30.000 espectadores, publicó el Diario de la Marina en 1947: "Toros en La Habana, pero nada más que a medias (…). Una bronca sin puyas, sin banderillas de verdad, y con una espada de madera adornada con papel de envolver chocolate, reduce y relega la belleza de la institución al plano de la profanación… Los espectadores no quedaron satisfechos, sin conocer a fondo, comprendían que faltaba algo, que faltaba mucho, que faltaba casi todo".
El permanente interés por rescatar la tauromaquia en Cuba se constata en la creación en 1915 de un Comité de Propaganda y Defensa de las Corridas de Toros, en 1934 de la Comisión Pro Corridas de Toros, y en 1951 del Club Taurino de La Habana. En el libro Las corridas de toros. Una enconada polémica republicana, Santiago Prado expone extensamente los múltiples reclamos que por distintas vías intentaron sin éxito revivir esta práctica y legalizarla en Cuba.
Lo que sí lograron celebrar, intermitentemente, fueron las "charlotadas", un espectáculo cómico musical que tomaba las formas y elementos de las corridas, pero sin picadores, ni banderillas, ni muerte. Llamado también "toreo bufo", era una especie de parodia que había surgido como género en Cataluña en 1916, inspirada en el personaje de Charles Chaplin, Charlot: de ahí su nombre.
En La Habana se celebraban en estadios deportivos acondicionados como plazas de toros, especialmente los de La Tropical, La Polar y en el Parque Mundial. El espectáculo tenía de todo un poco: toreros, música, bailarinas y en ocasiones hasta un toro a disposición del aficionado para que pudiera experimentar este "arte". Sobre ellas el Teatro Alhambra hizo una obra satírica en 1923, llamada Las charlotadas en La Habana.
En el Diario de la Marina comentaron de este modo el argumento: "La obra, de la autoría de Villoch y Anckermann, abundaba en la hilaridad de las faenas toreras. Un andaluz aplatanado, conocedor de toros, se enteró de las charlotadas y la esposa concibió la idea de dar una corrida. El negrito, que los oyó, también se entusiasmó con la idea de ver una corrida. Como no había dinero, acudieron al gallego bodeguero para que les hiciera un préstamo. Aunque a regañadientes, el gallego soltó el dinero y se produjo la capea. En medio del ambiente caldeado de efusión taurina, apareció un norteamericano de la sociedad protectora de animales. En ese instante se soltó un toro y al yanqui no le quedó más remedio que enfrentar al toro y capearlo. Y desde ese momento se identificó con la lidia y pasó a formar parte de la cuadrilla".
Así ridiculizado por el teatro vernáculo, se presentó comedia sobre comedia, el conflicto que en la vida real enfrentaba la tauromaquia en la Isla. Más adelante y a pesar de la censura, los toros lograron llegar a la televisión nacional en 1951, donde tuvieron una amplia divulgación. Durante años mantuvieron, además, un espacio de gran audiencia que transmitía las corridas realizadas en la Plaza Monumental de México.
Del bregar taurino cubano quedan nombres de toreros nacionales como Andrés Pérez, Armando Hernández, El Curro Salas y José Marrero Báez "Cheché". Apenas se conocen datos biográficos de ellos , a excepción de Cheché de La Habana, del que se sabe comenzó a torear a los 18 años en la plaza de toros de Regla con la cuadrilla de Andrés Pérez. Luego hizo carrera en México, donde murió en 1909 a causa de una cornada recibida en el pecho.
Interesantísima es también la figura de Aquilino Calzado González, "El saxofón humano", cuya carrera musical estuvo vinculada a las charlotadas. Nacido en Manzanillo en 1908, viajó como músico a España en 1929, donde alcanzó notoria fama por su manera de interpretar el saxo al reproducir las formas del cante jondo. Según Rosa Marquetti, Aquilino y Fernando Vilches "fueron los primeros en interpretar con el saxo los diferentes palos o estilos del flamenco, convirtiéndose en auténticos antecesores de la fusión en el género, mucho antes que John Coltrane y Miles Davis".
Alabado por Ernesto Lecuona en 1932, se presentaba en grandes escenarios de Madrid como los teatros Calderón, Pavón, Price y en las plazas de toros. En 1940 deleitó a los cubanos en La Polar con seis corridas, sobre las que escribió El País: "Aquilino, que desde el primer momento maravilló con su saxofón y que logró cosechar los aplausos del público al frente de su notable banda de música, consiguió también imponerse como hábil torero, sin que exista en su espectáculo el más pequeño lunar".
De esta figura, tan poco conocida en Cuba como sui géneris, se hizo un disco en 2014 que recupera sus grabaciones con el nombre Negro Aquilino. El Saxofón Humano. El creador del cante jondo en el saxofón y su rival Fernando Vilches "El Profesor".
Como testigo de la pasión taurina cubana queda la potente escultura del antiguo central Amistad, de José Gómez Mena, hoy Complejo Agrícola Industrial Amistad con los Pueblos, en Güines. Obra del escultor español Mariano Benlliure, El Coleo (1911), muestra con sus cinco toneladas de bronce, casi a escala real, un toro embistiendo a un varilarguero que está atrapado junto a su caballo bajo el poderoso animal, mientras otro torero intenta ayudarle tirándole de la cola.
Restaurada en 2022 muy a desazón de la Fundación Mariano Benlliure, por la solución "excesivamente intervencionista", es una pieza que resume la adrenalina de las corridas en su juego constante con la muerte, la seducción por la fuerza brava del toro y el coraje en su enfrentamiento. Una práctica que durante siglos tuvo audiencia en Cuba y fue una herencia defendida durante toda la República y aún a inicios de la Revolución. Películas como Nuevo en esta plaza (1966), biografía de Palomo Linares proyectada en Cuba a inicios de los años 70, fueron suficientes para reavivar esta llama y hacer temporada desde la nostalgia y la fascinación.
Gracias por esta segunda entrega sobre las corridas de toros en Cuba. Busqué en Internet la imagen de la escultura El Coleo de la que se hace referencia aquí, que no conocía. Es una composición nada convencional en la que se aprecia la lucha entre hombres y bestias que se puede dar en un ruedo. Es una lástima que DDC no hubiera tomado esa imagen como ilustración. Es imponente.