Back to top
Fotografía

Así fue la subasta en París de las obras de Jesse A. Fernández

¿Cómo hizo el fotógrafo cubano para conocer y convencer a tantas celebridades? La subasta parisina reunió a muchas grandes figuras del siglo XX.

París
Eartha Kitt y Dizzie Gillespie en Newport Jazz Festival, 1960. Adjudicada por 320 euros.
Eartha Kitt y Dizzie Gillespie en Newport Jazz Festival, 1960. Adjudicada por 320 euros. FifCyl

La casa de subastas Gros & Delettrez abrió en París el pasado sábado 15 de noviembre una puja excepcional, con piezas conservadas en los archivos y el taller del fotógrafo y artista plástico cubano Jesse A. Fernández, en homenaje al centenario de su nacimiento.

La intensa vida de Jesse Antonio Fernández, nacido en La Habana de padres asturianos en 1925, y fallecido en París en 1986, se recoge en la diversidad de sus fotos, testimonio de su incesante deambular por el mundo. Si nadie duda del carácter universal de su obra —como  demuestra la subasta de Gros & Delettrez—, para los cubanos las fotos de Jesse Fernández ilustran momentos y figuras del periodo más convulso de la historia de la Isla: el final de la República y el inicio de la revolución de 1959.

Muchas de las fotos más representativas de Jesse constituyeron el centro de esta venta en París. En la inmensa mayoría de los casos se trató de tirajes originales conservados por France Mazin Fernández, viuda del fotógrafo, exhibidos antes en el Museo de Reina Sofía, en la Maison de l'Amérique Latine de París y otras exposiciones. A las fotos se sumaron las cámaras que lo acompañaron durante décadas y una muestra esencial de su exploración pictórica: lienzos, grabados, acuarelas, tintas y algunas esculturas, que revelan otros ejemplos de su vasta y versátil creatividad.

Como ya sucediera en la exposición organizada por el Instituto Cervantes de Madrid en 2017, las imágenes de las errancias de Jesse Fernández por EEUU y varios países de América Latina, Asia, el norte de África y Europa, estructuraron el orden  de las fotos en el catálogo de la subasta. Las fotos tomadas en calles y paisajes de Colombia, Guatemala, alternaron con las de Nueva York, Puerto Rico, Marrueco, Tailandia, y, por supuesto, Cuba.

Las fotos de Cuba

El conjunto cubano ofrecido por Gros & Delettrez destaca por una sobriedad intensa. Fotos en blanco y negro de contrastes poderosos revelan las texturas de una época tan vibrante como transitoria. Jesse Fernández combina en ellas figuras célebres y personajes anónimos que atraviesan con aparente indolencia un momento decisivo de la historia. Su mirada captura una Cuba de sombras y resplandores donde rostros, calles e interiores se vuelven fragmentos precisos de identidad, modelados con una sensibilidad casi escultórica. Cada escena se convierte así en un espacio de memoria para un espectador que reconoce —o descubre— el instante fugaz perpetuado por la sagacidad del fotógrafo.

Para hacer las delicias de los coleccionistas, tres tipos de fotos se reagruparon en este conjunto cubano: las de transeúntes sin historia, las de grupos de artistas, y las fotos con protagonistas —entonces populares— de la naciente revolución. Las fotos de los toneleros de 1956, la de una tabaquería pinareña probablemente tomada ese mismo año, y la de un mulato con gorra que mira al fotógrafo desde un orificio, sobresalen entre las fotos de personajes típicos de la época.

Quizás sean las fotos de El Chori de 1958, las de Fangio del mismo año (antes de ser secuestrado por el Movimiento 26 de Julio), y la del propio Jesse cámara en mano junto a Fidel Castro las más conocidas de las reagrupadas bajo la rúbrica de Cuba

El Chori toca la percusión detrás de dos botellas vacías dejadas sobre una mesa. Fangio, sentado en su coche, mira desprecupado hacia un lejano punto mientras el público numeroso y varios policías batistianos lo contemplan. Jesse nos soprende mirando a la cámara mientras camina a unos pasos de un Castro supuestamente ensimismado en plena búsqueda de los restos del avión de Camilo Cienfuegos.

Mención especial merece una fotografía tomada en La Bodeguita del Medio: Wifredo Lam aparece absorto mientras escucha a Alicia Alonso pulsar con delicadeza las cuerdas de una guitarra. Alrededor, en tres mesas reunidas al azar, el muralista mexicano Leovigildo González, la actriz Raquel Revuelta y Lou Laurin Lam contemplan —como el propio Wifredo— esa escena íntima y singular, animada por los acordes de Alicia en La Habana de 1958

Nada permite presagiar, en aquella noche tropical de apariencia ingrávida, en ese instante despreocupado de intercambio de roles —de las zapatillas a las cuerdas—, el brusco viraje histórico que estaba a punto de abatirse sobre la Isla pocos meses más tarde.

Los retratos de artistas

Siendo esta una de las conocidas facetas de Jesse Fernández, una parte considerable de su galería de artistas salió a la venta en la subasta. La lista de celebridades sorprende a cualquier espectador : Salvador Dalí, Marlene Dietrich, dos fotos de Jorge Luis Borges, Marcel Duchamp, Ernest Hemingway, varias de Francis Bacon, José Luis Cuevas, Juan Miró, Mario Vargas Llosa, Andy Warhol —captado a solas en un cine de Nueva York—, Luis Buñuel, Tennessee Williams, Heitor Villalobos, Roberto Matta, François Sagan, Emil Cioran, Gabriel García Márquez, y muchos otros. 

¿Cómo hizo Jesse para conocer y convencer a tantas celebridades? Uno se lo pregunta al mismo tiempo que recorre los claroscuros, las miradas, y hasta las texturas del entorno de los artistas que miran al objetivo. Anécdotas que se dispersan en evocaciones, recuentos de la época, testimonios de amigos y de su esposa francesa, quien conociera a Jesse en un café de Puerto Rico en 1974, hablando con entusiasmo del pintor Ingres.

Algo motivó a estas personalidades a aceptar ser captados por el lente del cubano. La habilidad personal de un seductor cosmopolita no explican todo. Tal vez con el correr de los años su reputación circulaba de boca en boca y le abría con más facilidad las puertas. Quizás fue únicamente el talento quien facilitó que personajes asediados por la fama aceptaran posar para él. Al contemplar con detenimiento las retratos de Jesse Fernández, uno comparte la aguda sentencia de Emil Cioran cuando dijo de él que "este hombre sabía ver una idea".

En la subasta de Gros & Delettrez no podían faltar los retratos de conocidos artistas cubanos. Muchos de estos retratos abundan en ediciones, exposiciones u homenajes desde hace décadas. Tal es el caso del original del retrato de José Lezama Lima en la célebre mesa de mármol del habanero Café Reboredo en 1956, el mismo año en que Jesse sorprende a Amelia Peláez asomada a la puerta, en una de las imágenes también vendida en la subasta. Dos espléndidos retratos de Wifredo Lam en La Habana de los 50, y otro de Alicia Alonso bailando en una playa cubana (Enrique Labrador Ruiz lee un periódico en esa misma Habana desaparecida), completan la evocación gráfica de estos artistas en esa época. Su retrato del cineasta Néstor Almendros de 1978 (posiblemente de visita en Neuilly, donde viviera Jesse desde la segunda mitad de los años 70), el del pintor Jorge Camacho (1979) y uno —¡excelente!— de Severo Sarduy sentado en el Café Flore en 1983, muestran a un Jesse Fernández a la búsqueda por el mundo de figuras emblemáticas de la cultura de la isla donde naciera.

El avión de Fidel Castro y las Leica de Jesse

La leyenda cuenta que fue su amigo Guillermo Cabrera Infante quien lo llamó a Nueva York para que volviera a la Cuba de 1959 para convertirse en el fotógrafo oficial de Fidel Castro. Sería precisamente una foto de Jesse la que serviría de portada a la primera edición de Tres tristes tigres en 1967. Lo cierto es que Jesse regresa a la Isla y sigue a Castro en todos sus desplazamientos oficiales: varias fotos de ese itinerario salieron a la venta en la subasta. 

A Jesse le gustaba contar que, en uno de esos vuelos, le tocó sentarse junto al comandante. Mientras él leía absorto a Baudelaire, el avión entró en una zona de turbulencia y comenzó a sacudirse. Jesse afirmaba que Castro se irritó —sin que quedara claro si por la tempestad, por Baudelaire o por las Leica que se deslizaban fuera de sus estuches—, y que él interpretó aquella escena aérea como un presagio: debía escapar, no del avión, sino de su compañero de viaje.

Nadie aclara con precisión por cual salida al aire lanzó Jesse Fernández sus cámaras sobre el mar o los paisajes de la Isla. Lo cierto es que encontró un pretexto al parecer creíble : tendría que ir a Nueva York a comprar nuevas cámaras. Nunca más regresó a Cuba. Jesse comenzaba una vez más otros periplos en búsqueda de otras imágenes, como si esas cámaras abandonadas a las corrientes y a otras geografías regresaran este otoño a ser subastadas en París en memoria del siglo del artista.

La mayoría de las fotos subastadas por Gros & Delettrez se vendieron entre 150 y 600 euros. Sin embargo, ninguna de las tres fotos en las que aparece Fidel Castro —un retrato en el que se le ve pronunciar airado un discurso, otra en la que acompaña a Jesse y una tercera en la que habla entre otros con el americano William Morgan, fusilado poco después—, encontraron comprador. 

Necesitamos tu ayuda: apoya a DIARIO DE CUBA

Más información

Sin comentarios

Necesita crear una cuenta de usuario o iniciar sesión para comentar.