Por estos días de junio —de 1898— las tropas de EEUU desembarcaban en el oriente cubano al inicio de las hostilidades terrestres de la Guerra Hispano-Americana. Contrario a ciertos relatos tendenciosos y tergiversadores, las fuerzas mambisas confraternizaron jubilosamente con los americanos a quienes tenían, con toda propiedad, por aliados en su enconada lucha contra España. Tras una devastadora campaña de poco más de tres años que dejaba arrasado al país y decenas de miles de muertos, EEUU respondía al fin al anhelo y los reclamos de los cubanos, especialmente de la población exiliada, que veían en la intervención del país vecino —el cual empezaba a emerger como una gran potencia— la única manera de ser libres.
La historia, divulgada por tantos años, de que la intervención de EEUU en nuestra última guerra de Independencia no fue más que un acto de rapacidad imperial yanqui para impedir que los cubanos derrotaran a España y de ese modo arrebatarnos la soberanía, es una falacia monumental. Ni los independentistas cubanos estaban ganando la guerra ni los americanos intervinieron movidos por la codicia. Es preciso —sobre todo en las actuales circunstancias que vive nuestro querido país— desmontar ese relato.
En febrero de 1896, el Gobierno conservador de Cánovas del Castillo envió como gobernador y capitán general de Cuba —entonces provincia de ultramar— a quien tal vez era el militar español más estricto y capaz: Valeriano Weyler, que ya antes se había destacado por combinar inteligencia y voluntad y quien, además, conocía el terreno por haber participado en nuestra llamada Guerra de los Diez Años, donde había alcanzado el grado de coronel. En su mando supremo en Cuba, Weyler llegó a contar con cerca de un cuarto de millón de soldados (el mayor ejército que España hubiera puesto jamás en suelo americano) que el experimentado general empleó a fondo para sofocar la rebelión, tarea en la cual estuvo a punto de tener éxito.
Fue en medio de esta campaña en que el Ejército español iba "pacificando" el occidente de Cuba al tiempo que empujaba a los cubanos en armas hacia la región oriental, que el generalísimo Máximo Gómez le escribe al presidente Grover Cleveland (a punto de dejar el poder) para abogar abiertamente por la intervención de EEUU:
"El pueblo norteamericano, que con todo derecho marcha a la vanguardia del Hemisferio Occidental, no puede y no debe seguir tolerando el asesinato sistemático y a sangre fría de indefensos americanos, por temor de que la historia pueda acusarlos de complicidad con tales atrocidades. Imite el noble ejemplo que acabo de citarle. Su acción estaría, además, sólidamente fundada en la Doctrina Monroe, ya que esa doctrina no puede referirse meramente a la usurpación de territorio americano, y no puede descansar solamente en la defensa de las potencias constituidas en América contra la ambición europea. No puede proteger el territorio americano y, al mismo tiempo, entregar a sus habitantes desarmados a la crueldad de una potencia europea despótica y feroz. Debe extenderse también a la defensa de los principios que caracterizan la civilización moderna y que completan la vida y la cultura de la sociedad americana. Corone Ud. su honorable historial como estadista con la ejecución de este gran acto de caridad cristiana. Dígale a España que cese la matanza y le ponga fin a la crueldad, y emplee el peso de su autoridad para imponérselo. Miles de corazones agradecidos bendecirán por siempre su memoria, y Dios, el misericordiosísimo, lo contemplará como la obra más meritoria de vuestra noble vida. Su humilde servidor. M. Gómez" (Florencio García Cisneros, Máximo Gómez, ¿caudillo o dictador?, Universal, Miami, Universal, 1986. El subrayado es mío).
Esta petición estaba respaldada por una intensa campaña propagandística, orquestada por el comprometido exilio cubano que, a través de la prensa que le era simpática, había logrado ganarse el respaldo de la opinión pública norteamericana, hasta el punto de que en los puestos de periódicos de muchas de las principales ciudades de EEUU se vendían suvenires (banderas, postales, etc.) alusivos a la guerra de Cuba y el producto de las ventas iba a parar a las arcas del independentismo.
Fue pues la opinión popular, agitada por esos periódicos, la que empujó al Gobierno de William McKinley, luego del estallido del acorazado Maine en la bahía de La Habana, a declararle la guerra a España. Hasta entonces había prevalecido la política de neutralidad tras la que acaso se ocultaba la estrategia de dejar que la guerra desgastara a las partes contendientes para que EEUU pudiera adquirir más tarde la Isla a poco costo. El ánimo del pueblo estadounidense no consentiría en esa dilación.
Orestes Ferrara, que se encuentra en el campamento de Máximo Gómez cuando se sabe que EEUU le ha declarado la guerra a España, cuenta en sus memorias cómo es recibida la noticia en el Estado Mayor del hambreado y fatigado ejército mambí:
"En tal estado verdaderamente penoso, recibimos la noticia de la intervención americana. No puedo explicar el júbilo intenso, enloquecedor, que se apoderó de los cubanos. Corríamos por el campamento, nos abrazábamos y el grito común era: 'Al fin libres'… Nuestra bella bandera flotaba elegante y ligera al soplo de la fresca brisa. Reíamos, llorábamos. Cuba era verdaderamente libre. El viejo Gómez se había alejado de su tienda mezclado en todos y sonreía, sonreía quizás por primera vez después de tres años de constante tragedia. Vitoreado por sus soldados, seguía mirando a aquellos jóvenes ebrios de alegría y, de tiempo en tiempo, miraba a la bandera que estaba, por la fuerza del viento, tan alegre como todos nosotros. En un momento dado gritó: 'Eh, cuidado, que no se ha acabado todavía. Hay que pelear aún y hay que seguir muriendo'" (Orestes Ferrara, Memorias, una mirada sobre tres siglos, Playor, Madrid, 1975).
EEUU intervino en Cuba, en primer lugar, como un acto de solidaridad hacia el pueblo cubano y, en segundo lugar, en procura de garantizar la estabilidad y la prosperidad de un territorio donde ya tenía intereses, propiedades y relaciones mercantiles desde hacía mucho. El precio de esa intervención, sin embargo, sería muy costoso, en vidas (más de 2.000 bajas mortales norteamericanas en una brevísima campaña) y en recursos, ya que el estado de miseria, depauperación y abandono en que se encontraba el país le impuso a las fuerzas de ocupación una gigantesca tarea que incluyó desde la reestructuración de los servicios públicos (correos, aduana, policía) hasta una profunda reforma educativa (con la apertura de centenares de nuevas escuelas y la incorporación de otros tantos maestros, así como novedosos planes de estudio) pasando por campañas de salubridad (con la consiguiente erradicación de algunas enfermedades tropicales que habían sido el azote de Cuba desde siempre, tales como la fiebre amarilla y la malaria), intensas y eficaces labores de saneamiento, construcción de vías férreas y caminos, y ampliación de la red telefónica y de telégrafos. Nunca antes en la historia de nuestro país se hizo tanto en tan poco tiempo ni con igual honradez administrativa.
Antes de que se cumplieran cuatro años de la intervención armada, los norteamericanos se marcharon y, al irse, nos dejaron un Estado (con una Constitución redactada por nacionales, un Congreso en funciones y una judicatura competente). Cierto que en esa flamante república habrían de sobrevivir taras coloniales, como no podía ser de otro modo y, en previsión de desastres, los norteamericanos nos dejaron también un apéndice constitucional (la llamada Enmienda Platt) cuya necesidad no tardó en demostrarse.
Muchos cubanos tomaron esa enmienda como una afrenta a la soberanía nacional, cuando en verdad fue un anclaje que garantizó la estabilidad institucional, aunque precaria, y la prosperidad inherente mientras la economía del mundo marchó bien. Por su parte, EEUU solo recurrió a la Enmienda Platt una vez y a petición del Gobierno de Cuba. Este denostado apéndice constitucional debe leerse como una carta de crédito que nos extendieron nuestros vecinos y que nosotros terminamos por rechazar movidos por un prurito de adultez, por entender que nos infantilizaba como nación, lo cual en alguna medida era cierto. Quisimos emanciparnos, como hacen algunos adolescentes de la tutela de sus padres, antes de tiempo. Abrogar la Enmienda Platt fue un acto de inmadurez política que cancelaba nuestra excepcionalidad frente al resto de América Latina (afanada desde el primer día de la independencia entre guerras civiles y largas tiranías) y así nos fue.
Ahora, cuando nuestro país está al punto de la disolución, con un Estado represor y disfuncional a un tiempo y una nación envilecida por tantos años de tiranía y corrupción, los "americanos" vuelven a convertirse, como en 1898, en nuestra última esperanza. Con diversos énfasis y propuestas, cubanos de dentro y fuera expresan abiertamente su deseo de que acudan lo antes posible a librarnos de una situación insoportable. Ciertamente, este deseo, se hizo presente desde el primer día del triunfo revolucionario, si bien al principio era solo anhelo de unos pocos y casi siete décadas después se ha convertido en clamor nacional.
Sin embargo, a pesar de todas las acusaciones de injerencia, los americanos —independientemente del partido que se encuentre en el poder— no han mostrado ningún interés en apelar a la acción militar —la única efectiva— para librarnos de nuestros opresores. Las recientes medidas y amenazas de Donald Trump no pasan —en mi opinión— de meros alardes para alegrar a un grupo específico de votantes del sur de la Florida, cuyo respaldo es crucial en las próximas elecciones parciales de noviembre. Si el Partido Republicano perdiera los tres representantes cubanoamericanos en esos comicios, perdería la mayoría en la Cámara Baja y los últimos dos años del Gobierno de Trump serían un infierno.
Que al presidente, tan dado en hacer tratos, le interese llegar a un acuerdo con la cúpula del Gobierno cubano por debajo de Raúl Castro, por corrupta que sea, trato que mejore un poco la situación del pueblo y permita el ingreso de capitales estadounidenses en Cuba, estoy seguro de que lo tendría por un triunfo para presumir, aunque la tiranía se mantuviera intacta.
Ahora bien, la remoción del régimen a que aspiramos la mayoría de los cubanos y el establecimiento de un Estado de derecho, que solo puede derivarse de una intervención militar y de un nuevo gobierno interventor, no está en los planes de la Casa Blanca, como no lo ha estado en los últimos 65 años, si contamos desde el fiasco de Bahía de Cochinos.
¿Por qué? Si el castrismo ha sembrado la enemistad a EEUU en todo el continente americano y más allá, si ha sido un incordio permanente, si ha contribuido a disminuir la influencia norteamericana en medio mundo, ¿por qué Washington no ha barrido ese régimen?
Se barajan unas cuantas respuestas, ninguna de las cuales contempla la imposibilidad de derrocar a un régimen que cada vez se torna más endeble. Una intervención militar en Cuba no demoraría más de 24 horas en tener éxito. ¿Qué se ha opuesto, a lo largo de tantos años, a esta operación de salvamento? Señalaré varias razones, sin pretender establecer un orden jerárquico:
- La incapacidad de nuestro actual exilio —a diferencia del que tuvimos en el siglo XIX— de hacer simpática nuestra causa y vendérsela al pueblo norteamericano a través de todos los medios posibles (algo que el lobby judío y el Estado de Israel, por ejemplo, han sabido hacer muy bien).
- La pulsión subjetiva a castigar al pueblo cubano por su ostensible deslealtad e ingratitud hacia quienes fueran sus mejores amigos, valedores de su independencia nacional y promotores directos de la prosperidad que Cuba disfrutó antes del triunfo castrista.
- El deseo tal vez de mostrar a Cuba como una vitrina del desastre político, económico y moral que es la esencia de un régimen comunista. El relato del "bloqueo" criminal cada vez lo cree menos gente. Aducen esta razón muchos analistas de lo cubano.
- El temor que infunde la propagación del comunismo en América Latina que ha llevado a inducir una constante fuga de capitales de la región hacia EEUU. Este punto precisaría de una demostración con cifras.
- Finalmente, lo que a mí me parece más convincente: la certeza de que el derrocamiento del régimen cubano mediante una acción militar de EEUU conllevaría que este último país se haga cargo —tal como en 1898— de la reconstrucción material y moral de la nación cubana por el tiempo que sea menester, y esa tarea excedería cualquier presupuesto imaginable. EEUU —no importa cuán sinceras sean las intenciones de Trump— no está en condiciones de asumir en este momento semejante empresa.
No obstante, todas estas razones, por válidas que sean, no lograrán impedir que un pueblo por tanto tiempo menesteroso y reprimido siga esperando la redención del único actor que objetivamente podría llevarla a cabo. En consecuencia, los marines siguen estando "a las puertas" aunque hayan tardado tanto en arribar.
Sobre las supuestas razones de la demora en la Operación Salvamento, entiendo que el gobierno de EEUU pretende hacerlo y más aún, el Departamento de Estado, pero por un lado pretenden demostrar el desastre socialista con sus consecuencias más terribles, en medio de una ola derechista en América latina, y por el otro, no se quieren colgar el cartel de Invasores, hasta que haya un clamor mundial que pretenda una breve acción armada que lleve a la caída de la dinastía Castro. Lo que ocurra a partir de ahí, es difícil saberlo, pero me quedo con que hay un gran deseo de parte del exilio, de empezar a invertir en la isla, ni bien se concrete lo que todos queremos. No será raro que Cuba pueda recibir a más de 5 millones de turistas al año, y vuelva a ser el faro productivo del Caribe.