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Opinión

Quieren que Cuba sea una China tropical

Los gobiernos de Latinoamérica y de Europa miman a la dictadura castrista. El mundo entero alaba las 'reformas' y le desea éxito al nuevo ¿presidente?

Los Ángeles

La experiencia histórica revela que ante el comunismo, el fascismo y cayos adyacentes como las dictaduras del "Socialismo del Siglo XXI", y como lo fue el apartheid en Sudáfrica, no cabe la lógica occidental "políticamente correcta" de que las crisis nacionales deben resolverlas sus propios pueblos sin injerencia alguna.

Eso suena muy bonito pero no funciona si el poder político es usurpado, no por una dictadura militar convencional, sino totalitaria. Cubanos y venezolanos ya tienen un claro consenso de que ellos solos no pueden quitarse de encima la tiranía.

El peor caso es el régimen castrista. En Cuba se controla la vida de cada ciudadano, uno por uno, casa por casa. Ni los nazis tuvieron semejante control. Hitler creó comités fascistas de vigilancia por regiones urbanas. Pero Fidel Castro, que copió al Führer, fue más lejos y los sembró en cada cuadra, algo nunca visto en el mundo.

Una vanguardia siempre encabeza la lucha por la liberación, pero en un sistema comunista no es suficiente para la implosión de la tiranía. Debe ser sometida a gran presión externa que potencie a la sociedad civil desactivada, atemorizada y en buena medida ya resignada cuando la dictadura se eterniza.

Al eternizarse, la dictadura se siente imbatible. El sainete de la reforma de la Constitución así lo expresa. Es una maniobra de Raúl Castro y sus "históricos", ya al final de sus vidas, para dejarlo todo bien amarrado y que no quede, al menos a corto plazo, un resquicio jurídico o margen para interpretaciones ni "inventos" que pongan en riesgo el capitalismo de Estado solo para los militares, que ya montan con GAESA y sus brazos corporativos.

Si el nuevo texto de la Constitución reconoce "el papel del mercado", se refiere a ese capitalismo exclusivo de los militares, y no a un pujante sector privado independiente que podría barrer con ellos.

El Muro de Berlín cayó golpeado doblemente

Para provocar la ruptura arriba en una cúpula totalitaria se necesitan dos grandes fuerzas centrípetas: presión interna social y política y, en especial, una presión venida de fuera (política, económica, diplomática y mediática) que reactive la interna.

Los regímenes comunistas de Europa se derrumbaron por la voluntad de sus pueblos, pero aguijoneada por factores externos. No hubo liberación nacional mientras no actuaron conjuntamente ambas fuerzas.

En 1956, los tanques de Moscú aplastaron la "Revolución Húngara", que solo duró 17 días. Fueron masacrados 2.500 húngaros, que también mataron a 722 invasores soviéticos. La "Primavera de Praga" de 1968, encabezada por el propio líder del Partido Comunista, Alexander Dubcek, tampoco logró acabar con el comunismo en Checoslovaquia, y fue aplastada por una invasión soviética.

Desde 1980 en Polonia se organizó tal vez el más masivo y coherente movimiento político opositor que hubo en Europa del Este, el Sindicato Libre Solidaridad, presidido por Lech Walesa. Pero solo logró derrocar al comunista gobernante Jaruzelski en 1989, cuando ya soplaban los vientos "reestructuradores" procedentes de la URSS.

A la meca marxista-leninista le llegó su hora al instalarse un nuevo liderazgo político no atado al pasado estalinista. El "joven" Mijail Gorbachov (54 años) con su perestroika y la glásnot quiso "mejorar" el socialismo y lo que consiguió fue sepultarlo. No tenía arreglo posible.

Pero, ojo, si bien los vientos renovadores brotaron de los problemas internos que se venían acumulando por la inviabilidad del sistema soviético, el puntillazo llegó desde fuera con la carrera armamentista impuesta por Ronald Reagan en 1983, al lanzar su Iniciativa de Defensa Estratégica (IDE), o "Guerra de las Galaxias".

La respuesta soviética a esa iniciativa estadounidense empeoró la crisis económica que el país arrastraba desde los años 80. La IDE succionó tantos recursos que en 1990 el gasto militar de la URSS era ya del 15% del PIB, y en EEUU el 5,2%, según Rand Organization. Dado el constante declive de la productividad, ese año Moscú gastó ya 240.000 millones de rublos para subsidiar las declinantes ramas económicas. Una locura.

Además, Reagan instaló cohetes portadores nucleares Pershing-2 en Alemania Occidental, y cruceros en Gran Bretaña e Italia. Moscú tuvo que producir e instalar cohetes nucleares en Alemania Oriental y en Checoslovaquia. Aquello desbordó financieramente al Kremlin, que había llevado su expansión geopolítica más allá de lo que la economía permitía. En 1990, luego de 73 años de socialismo, la URSS seguía siendo un exportador de materias primas. El 90% de sus exportaciones eran productos sin valor agregado.

El efecto dominó del derrumbe comunista no llegó a Cuba porque Fidel Castro extirpó la perestroika antes de que se enraizara en la población, en la que ya estaba cobrando fuerza. Dentro del PCC y entre los militares se estaban embullando, hasta que el dictador le ordenó a su hermano que retirara todos los textos y artículos perestroikos que él (Raúl) había permitido que circularan dentro de las FAR.

China, un caso al revés

El caso de China es un ejemplo al revés. Muestra cómo sin presión externa una dictadura comunista masacra y puede resistir, si permite capitalismo abajo sin afectar arriba la autocracia en el poder. El propio Partido Comunista que causó la muerte de 65 millones de chinos, luego en 1978 con un liderazgo no estalinista lanzó las reformas capitalistas y se atornilló así en el poder.

Por eso, cuando en 1989 en la Plaza de Tiananmen fueron masacrados miles de jóvenes el mundo se conmocionó, pero no pasó nada. China era ya un paraíso para los inversionistas de Occidente y nadie hizo nada contra Pekín. Hoy esa plaza sigue dominada por la foto gigante del genocida Mao Tse Tung.

En el polo opuesto está el caso de Sudáfrica. Allí se vio el éxito de una gran presión externa. Los patriotas del Congreso Nacional Africano, fundado en 1912, cuyo líder Nelson Mandela estuvo 27 años en la cárcel, solo pudieron quitarse de encima el régimen del apartheid con el apoyo de un embargo internacional comercial y financiero, y el aislamiento político del régimen de Pretoria.

Pero a la dictadura comunista cubana, salvo la Administración Trump, nadie le quiere poner presión. Al contrario, los gobiernos de Latinoamérica y de Europa la miman. El mundo entero alaba las "reformas" y le desea éxito al nuevo ¿presidente?

Llueven las visitas a Cuba de jefes de Estado y cancilleres. Hace unos días fue a La Habana el canciller de Francia, Jean-Yves Le Drian. Elogió las "positivas" relaciones con la dictadura, y prometió mejorarlas. La OEA invita a la tiranía cubana a las cumbres democráticas de las Américas. La jefa de la diplomacia europea, Federica Mogherini, afirma que el régimen castrista es una "democracia de un solo partido".

Esta posición de la comunidad internacional raya en la complicidad con la tiranía. Y así será registrado por los historiadores. Y ocurre cuando la autocracia castrista es más factible de presionar que nunca. Ello se evidenció cuando tuvo que sacar de la cárcel al científico Ariel Ruiz Urquiola, debido a la enorme presión internacional, combinada con la interna (el biólogo se declaró en huelga de hambre).

Y es que actualmente el castrismo es golpeado desde varios frentes: creciente crisis socioeconómica, ya sin recuperación posible por la devastación en Venezuela y el agotamiento final del inviable modelo estatista; el fin del "deshielo" Washington-La Habana; y el repliegue del populismo izquierdista.

La señal que envía la comunidad internacional al no querer presionar a La Habana es que no le interesa que en Cuba haya democracia, sino que sea una China tropical con capitalismo abajo y dictadura arriba, para explotar su mano de obra barata.

Empresarios de todas partes quieren estar bien posicionados en la Isla cuando mueran Castro II y los demás "históricos". Y hacen negocios con los militares cubanos. Así el castrismo, no importa su crisis, seguirá vivito y coleando.

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