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Política

Tres lecciones de la dictadura de Mugabe para Cuba y Venezuela

La dictadura de Mugabe debe ser vista con detenimiento desde las alternativas políticas que buscan el restablecimiento de la democracia en Cuba y Venezuela.

Bogotá
Robert Mugabe y Fidel Castro, La Habana.
Robert Mugabe y Fidel Castro, La Habana. AFP

Hace 19 años, un recién estrenado Hugo Chávez en el poder, llevó como invitado de honor a Robert Mugabe a Venezuela. En aquel año 2000 ya el dictador africano tenía dos décadas gobernando a Zimbabue y estaría muchos años más hasta que fue separado del poder por sus propios camaradas en 2017.

En Cuba, Mugabe tuvo un aliado desde el inicio de su largo ejercicio del poder. En 1986 Fidel Castro le concedió la Orden José Martí, la más alta condecoración en Cuba,. Es simbólica tal vinculación en años en los cuales aún Mugabe no había abrazado el marxismo.

El prolongado ejercicio del poder de Mugabe en Zimbabue, con 37 años en el poder, solo es comparable con los 49 años de Fidel Castro como el hombre fuerte de Cuba. Ambos, además, gozaron de una primera década rodeada de una aureola de héroes nacionalistas que con el paso del tiempo se desvaneció para dejar en claro que lo que les movía, en realidad era la permanencia en el poder, a cualquier costo.

El Viejo Bob, como se le solía llamar en su país (la antigua Rodesia), intentó hacer una suerte de dinastía familiar, ya que pretendía llevar al poder a su esposa Grace en 2018. Esta fue la gota que derramó el vaso, incluso para sus correligionarios.

La dictadura de Mugabe, aunque lejana en el plano geográfico, debe ser vista con detenimiento desde las alternativas políticas que buscan el restablecimiento de la democracia en Cuba y Venezuela. Mugabe falleció a los 95 años.

Zimbabue, desde que surgió como república en 1980, no había conocido otro mandatario distinto a Mugabe, hasta 2017. Al longevo dictador se le adjudicaron dos grandes etapas. La primera, en la que se convirtió en el héroe nacional: salió de la cárcel para impulsar el surgimiento de la nación, puso fin al apartheid y le dio un empuje a la vida económica.

En 1990 Mugabe deja en claro que su objetivo era permanecer en el poder, a cualquier precio. Se declara Mugabe como marxista, se instaura el partido único y se aprueba una reforma constitucional. Zimbabue pasa a conocer entonces las violaciones masivas de derechos humanos (si bien ya existían precedentes desde los 80), se destroza la economía nacional y cunde la pobreza.

De la dictadura de Mugabe pueden surgir tres lecciones para quienes pretenden perpetuarse en el poder en Cuba y Venezuela.

1. La cooptación del liderazgo opositor

Hace una década, cuando Zimbabue atravesaba el punto más álgido de la crisis económica, y en buena medida producto de la mediación internacional, se logró un "gobierno de unidad nacional". Quien era el líder y rostro emblemático de la oposición, Morgan Tsvangirai, del Movimiento Cambio Democrático, ganó las elecciones pese al fraude.

Mugabe, con el respaldo de las fuerzas armadas, no reconoció el triunfo opositor y construyó el modelo de "transición", como se le conocía entonces. Mugabe seguiría actuando como presidente y Tsvangirai como primer ministro, además de incorporar a otros opositores a algunas dependencias del Estado.

Si bien en aquel momento aquello parecía una salida razonable a la crisis, para evitar un derramamiento de sangre, aquel "gobierno de unidad nacional" fue en realidad una ficción. Los hilos del poder siguieron controlados por Mugabe y su partido Unión Nacional Africana de Zimbabue-Frente Patriótico (ZAPU-PF), junto con los militares y milicias armadas al servicio del dictador.

El paso por el cargo de primer ministro de Tsvangirai no implicó una transición democrática, sino una cooptación de los factores democráticos por la dictadura.

En ese período 2008-2013, el Gobierno Mugabe-Tsvangirai llevó adelante además un ajuste económico, con el que el régimen compartió con la oposición el costo político por el desastre económico que en realidad había generado la dictadura previamente.

De cara a las elecciones de 2013, Tsvangirai estaba tan desacreditado que se le expulsó de su partido y la oposición acudió dividida a las elecciones, en las que nuevamente se impuso Mugabe para un nuevo periodo, en teoría hasta 2018, pero culminó con la salida pacífica de Mugabe del poder para dar paso a una nueva ola autoritaria, esta vez por parte de quienes eran colaboradores del dictador.

2. Una crisis económica por sí sola no acaba con una dictadura

Zimbabue ha sido un buen ejemplo de cómo un régimen dictatorial puede sobrevivir a una aguda crisis económica. El país africano llegó a tener una hiperinflación que se contabilizó en trillones (los precios se duplicaban cada 24 horas), en una escalada que se extendió por algunos años. En 2007, el Banco Central de Zimbabue declaró "ilegal" a la inflación y el régimen encarceló a comerciantes y empresarios. La moneda más alta, en aquel momento, era un billete de diez millones de dólares zimbabuenses y equivalía apenas a cuatro dólares estadounidenses.

Abundan de aquel período los relatos periodísticos que mostraban cómo una taza de té, en un café de Harare, duplicaba su precio de la mañana al final de la tarde del mismo día, o de cómo los empleados públicos acudían con carretillas al banco para retirar sus pagos. Eran bultos de billetes que no les salvaban de la pobreza. Se calcula que un tercio de la población de Zimbabue emigró a países vecinos, especialmente a Sudáfrica. Emigró una clase media negra que se había formado precisamente en la primera década de esplendor de Mugabe.

Los más pobres pasaron a sobrevivir gracias a las remesas de los familiares que emigraron y a la ayuda internacional que incluso se lanzaba desde aviones de organismos internacionales ante el rechazo de la dictadura de aceptar tales donaciones de alimentos básicos. El "Gobierno de unidad nacional" tomó medidas pragmáticas en materia económica. Si bien Zimbabue ya no es la potencia económica que fue en los 80, se revirtió en parte la expansión de la pobreza y se adoptó una cesta de monedas extranjeras (dólares, libra, yen) con circulación dentro del país.

El dólar de Zimbabue se remata hoy en subastas on line, los montones de ceros de esos billetes son el símbolo de un fracaso económico, pero al mismo tiempo dejan en evidencia la capacidad de una dictadura para reinventarse.

3. Una dictadura ordenada no ocupa a la comunidad internacional

Hace una década Zimbabue era el foco de la atención internacional, tanto de la prensa como de organismos internacionales, en particular de la Unión Europea. Se combinaban la crisis económica y humanitaria, la lucha de la oposición democrática que parecía muy cerca de alcanzar el poder y se veía a un Mugabe en declive, acosado por varios frentes.

El esquema de transición que acompañó la comunidad internacional para Zimbabue, con el "Gobierno de unidad nacional" al que nos hemos referido, hizo que descendiera de forma notable la mirada externa sobre la dictadura de Mugabe. Los países occidentales, incluso los más comprometidos con la causa democrática, terminaron aprendiendo a convivir con el dictador.

La reinserción de Zimbabue en la comunidad internacional, que termina aceptando sin aspavientos a Mugabe, tuvo un punto clímax en 2015 cuando el viejo dictador fue electo —por fin— como presidente de la Unión Africana (UA) por el resto de estados del continente africano.

Ya en aquel momento, como ahora, la comunidad internacional no parecía tener problemas en aceptar que Zimbabue —aún sin Mugabe— fuera una dictadura.

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