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Opinión

Nuestra Señora sigue en París

'Destino. Resurrección. Por unos días, la destrucción de la belleza que ayer fuimos capaces de crear y hoy conservamos con desidia nos convocó en nuestra amenazada raíz.'

Miami

Después del ataque a las Torres Gemelas en Nueva York ningún acontecimiento había afectado tanto la conciencia de Occidente como el incendio del Lunes Santo en la Catedral de Notre-Dame. En la destrucción de las Torres Gemelas se nos reveló la furia del sector más retrógrado y agresivo del Islam. Esta vez, las accidentales llamas de Nuestra Señora provocaron una angustiada reflexión sobre la identidad cristiana.

Tras la masacre de Nueva York, EEUU y sus aliados tomaron un curso de acción que nos llevó a las guerras de Afganistán, Iraq y Siria, para citar los escenarios sobresalientes. Ahora, laicos y creyentes reflexionamos en los símbolos, el patrimonio y, para muchos, la fe que nos reúne de un confín a otro de la tierra en el marco del más fecundo proyecto religioso, científico y social de la humanidad. Ambos  acontecimientos apuntan a una misma cuestión de supervivencia.

No se ha reparado suficiente en que el terrorismo islámico se inspira en la oposición a nuestra cultura. Le temen menos a nuestros artillados drones, a los formidables acorazados, a las astutas compañías de petróleo, que a nuestras garantías de libertad, dignidad y respeto a la persona; sobre todo, el respeto a la mujer. Difícil para la mentalidad musulmana convivir con la religión de un Dios hecho carne que eleva a una mujer al mayor grado de divinidad. Nuestra civilización es su escándalo. En ese punto, la confrontación con el Islam se hace más urgente que en tiempos de las cruzadas. Asimismo, debemos pujar por una solución de carácter más abarcador que las de antaño. (Conste que lo digo a riesgo de tocar una cuerda extrema y sin asomo de culpa en caso de conseguirlo.) Ofrecemos al enemigo los abiertos flancos de una suicida tolerancia y una titubeante fuerza.

Debilitados por la relativización de nuestros valores fundacionales, avanzamos hacia la autoinmolación cultural. En Europa ya no se construyen catedrales, sino mezquitas. Hay barrios de Estocolmo donde rige la sharia ante la impotencia de las autoridades. Escuelas públicas británicas con mayoría de alumnado musulmán obligan a las niñas, a todas las niñas, a usar hijab, la prenda que cubre la cabeza y el cuello en presencia de los varones.

Francia es el eslabón más débil de la cadena. William McGurn advertía en un reciente artículo (The Wall Street Journal, 23 de abril) la renuencia de millones de musulmanes franceses para asimilar los valores del laicismo republicano. Sin embargo, añadía, el mayor peligro es el estado de militante agnosticismo de la sociedad. Cada uno en su siniestro interés, el islamismo radical y los supremacistas blancos parecen ser los únicos que articulan su acción mediante una clara lectura de nuestra crisis. A saber, toda vez que el cristianismo es la piedra maestra de nuestra civilización, iremos dejando de ser lo que somos a medida que los valores cristianos pierdan una posición central, cuando no dominante. Y somos, nada más y nada menos, el irremplazable crisol donde armonizan en fructífero mestizaje las razas, las tradiciones y las ideas.

Decir esto, por supuesto, equivale a una secular herejía. Pero el positivismo ateísta nunca ha logrado expresarse en admirables catedrales. Al pie de su mejor legado yacen el nihilismo, los totalitarismos, el relativismo multicultural, la banalización de las artes, el tratamiento de las zozobras del alma con las prescripciones de curar la mente, y un paganismo con una espiritualidad tan frívola y rala que ni siquiera consigue apoyarse en sus referentes de la antigüedad.

Cobra el vigor de una aleccionadora metáfora el asalto revolucionario a Notre-Dame, el 10 de noviembre de 1793, para convertirla en el Templo de la Razón, con un pedestre altar consagrado a la Verdad. ¿Cuál razón? ¿Cuál verdad? La edad de los constructores cedía el paso a la edad de los desmanteladores. La fecha tiene otra triste primicia. Por primera vez, bajo las desacralizadas bóvedas de la catedral, se impuso la caótica y pueril estética del Maligno, si me disculpan que recurra a tópicos arcaicos. Pienso en los versos finales de Oda a una urna griega, de John Keats: "La belleza es la verdad, la verdad es la belleza, —Eso es todo/ lo que sabes en la tierra, y todo lo que necesitas saber". Ergo, si no hay belleza tampoco habrá razón.

Fue una sorpresa escuchar los ecos de nuestras posibilidades perdidas cuando el presidente Emmanuel Macron acudió conmovido al umbral de Notre-Dame, todavía reflejadas las voraces brasas en el negro espejo del Sena. "Notre-Dame es nuestra historia, nuestra literatura, nuestras imágenes. Es el lugar donde vivimos nuestros grandes momentos, desde las guerras y la epidemias hasta la liberación […] Juntos, vamos a reconstruir esta catedral. Esto es parte de nuestro destino". Más tarde, diría desde su despacho en una transmisión de televisión: "Lo indestructible no puede ser destruido".

Destino. Resurrección. Por unos días, la destrucción de la belleza que ayer fuimos capaces de crear y hoy conservamos con desidia nos convocó en nuestra amenazada raíz. El poder de la Iglesia invisible se manifestó en las cenizas de la Iglesia visible. Volvió a resonar en nuestros corazones la gran campana Emmanuel con sus 13 toneladas de bronce grabadas con la flor del lirio, simbolizando en sus tres pétalos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, atados por la invulnerable cinta que es María.

¿Escuchas el añejo y tenor redoble de Emmanuel que celebra las sucesivas coronaciones de Capetos, Borbones y Bonapartes, el fin de las guerras mundiales y la ocupación nazi, las canonizaciones de santa Juana de Arco y santa Teresa de Lisieux? ¿Lo escuchas mientras vuelve a ti el recuerdo del atardecer de azulada piedra de París? ¿Dime, lo escuchas?

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