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Represión

Veintitrés años de una primavera (II y final)

A raíz del aniversario de la Primavera Negra, la periodista Tania Quintero rememora sus vivencias y su relación con quien fue ideólogo del PCC, Carlos Aldana. Una crónica sobre represión y equilibrios de poder en Cuba.

Lucerna
Montaje: recortes de periódicos tras el exilio de la periodista Tania Quintero.
Montaje: recortes de periódicos tras el exilio de la periodista Tania Quintero. Diario de Cuba

Si aquel martes 18 de marzo de 2003 no hubiera comenzado la feroz oleada represiva contra opositores, activistas y periodistas independientes, al día siguiente, miércoles 19, de mi cuarto hubiera cogido la Olivetti Lettera 25, la hubiera puesto en la mesa-comedor de la sala y me hubiera puesto a mecanografiar un nuevo capítulo o entrega del libro que en diciembre de 2002 había comenzado a escribir. En mente tenía volver a hablar del año 1994: el 3 de junio había nacido Yania, mi primera nieta, y también quería narrar algunas experiencias vividas en los meses de septiembre y noviembre de ese año con periodistas y abogados españoles. Una de ellas fue la visita que hice con Alberto Sotillo, enviado especial del periódico ABC, a la casa de Carlos Aldana, en la barriada habanera del Nuevo Vedado.

Aldana había dirigido el poderoso Departamento Ideológico del Comité Central del Partido Comunista y había llegado a ser el número tres del régimen, pero en octubre de 1992 fue acusado de supuestos tejemanejes financieros y lo sacaron de circulación. Como para cada persona y para cada "delito" Fidel Castro empleaba un castigo distinto, a Aldana no lo mandaron a la cárcel: lo condenaron al silencio y lo obligaron a aceptar un puesto sin importancia en un hotel de las Fuerzas Armadas en Topes de Collantes, Trinidad, a unos 400 kilómetros al sureste de la capital.

A diferencia de Santiago Córcoles, también de ABC, quien había arribado a la Isla con un plan específico de trabajo de su periódico, Sotillo decidió confiar en mí y me pidió que le sugiriera a dónde ir y a quiénes entrevistar. Con excepción de encuentros personales con el escritor Leonardo Padura y con Mar Marín, corresponsal de EFE en ese momento en La Habana, no traía mayores intereses en su agenda. Así fue como una tarde de septiembre me fui con Sotillo a casa de Aldana.

Cuando llegamos, nos encontramos que a su hijo se le había quedado una llave dentro y estaba con su mujer, embarazada, tratando de ver cómo solucionaban el problema. Vestía un pantalon verde olivo, sin la camisa, con el torso desnudo. Nos recibió con gran recelo. Sotillo y yo nos hicimos los "suecos" y nos sentamos en dos sillones, en la terraza. El hijo nos dijo que su padre había estado de pase unos días antes y se encontraba nuevamente en Trinidad. Y que para hablar con él había que hacer una solicitud por escrito al Comité Central del Partido. "Lo siento, nos dijo, más nada puedo decir".

Le dije que desde hacía más de veinte años conocía a su padre y que además de saludarle quería ver la posibilidad de que fuera entrevistado para ABC. Ahí se le salió el "patria o muerte" y me dio una pequeña, pero no muy convincente, arenga revolucionaria. Decidí no forzar la situación y de mi block arranqué una hoja y le dejé una nota. Si su hijo la rompió, se la entregó a la Seguridad del Estado o la guardó y se la dió a su padre, no lo sé. De alguna manera, Aldana debe haber sabido que no tuve miedo y traté de contactar con él, pese a que Fidel y Raúl Castro habían decidido convertirlo en no persona y borrarlo del mapa político nacional.

A Carlos Aldana, fallecido en 2024, le mecanografié cientos de cuartillas de 1970 a 1974. Le consideraba mi amigo y para nada me creí los argumentos dados para su defenestración. En diciembre de 1988, recibí una postal con un paisaje del Valle de Viñales, Pinar del Río. En ella, Aldana me felicitaba por la llegada de 1989. A la izquierda había escrito "Sinceramente, Aldana" y a la derecha este poema suyo: Vives en una isla/ donde vuelve a darse la guerra/ de los mundos. Todo dependerá de cuál venza/ en tus adentros. En 1990 estuve dos meses ingresada en el policlínico Luis de la Puente Uceda, en el municipio Diez de Octubre, por una litotricia que me hicieron en el Hospital Ameijeiras, que me destruyó y ayudó a eliminar diminutos cálculos renales en uno de mis riñones. Al policlínico, Aldana me hizo llegar su libro El río que nos lleva, con esta dedicatoria: "Tania, nunca te perdonaré si nos abandonas en este momento. Saludos, Aldana, 5/4/90".

Ese año, el ideólogo del Partido me había enviado por correo, a mi domicilio, otra pequeña postal, esta vez la reproducción de una pintura con una de las tantas escenas de masas con banderas cubanas, reflejo del realismo socialista imperante en la época. A la izquierda escribió: "Tania, si tú no existieras, Dios tendría que inventarte o declararse incompetente. No nos abandones. Cree en nosotros como todos acá creemos en ti. Te felicito por un año fecundo". A la derecha, impresa, una consigna:

1990

con Fidel,

por nuestro socialismo,

pase lo que pase.

Aldana

¿Quién entonces podía imaginar que sus días como tres del régimen estaban contados? ¿Y que yo, cinco años después, en 1995, pasaría a la disidencia como periodista independiente? La felicitación de Aldana por el "año fecundo" se refería a que en 1990 había sido elegida trabajadora destacada del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), pero por encontrarme hospitalizada, no pude asistir a ninguna de las actividades de homenaje a los destacados del ICRT de todo el país.

También en el libro iba a contar que, en 1989, como periodista-realizadora del programa Puntos de Vista, me llegó la información de que Fidel Ramos, primer secretario del Partido en Pinar del Río, estaba llevando a cabo un proceso de apertura y democratización, una variante criolla de la perestroika y la glásnost y que contaba con el visto bueno de Aldana y de otros funcionarios de la esfera ideológica. Antes de viajar a Pinar del Río, me fui al DOR (Departamento de Orientación Revolucionaria) y allí el vicejefe, Raúl Castellanos, médico de profesión, me dio a leer una serie de documentos, casi todos actas de reuniones provinciales del PCC.

Ya con suficientes datos hice un viaje de coordinación y preparación. Cuando el plan de grabaciones y entrevistas estuvo listo, allá me fui con un equipo de la Televisión. Era el segundo viaje que hacía a Pinar del Río para hacer un programa Puntos de Vista, del cual era realizadora y guionista desde 1987. Después de la repercusión positiva que tuvo "El Servicio Militar", de la dirección política de las Fuerzas Armadas (FAR) me propusieron hacer un programa en el municipio San Cristóbal, que, según ellos, era el mejor preparado para enfrentar el Período Especial. Igualmente debía recoger cómo los pinareños habían hecho suyo los "domingos de la defensa". Me asignaron el mismo asesor que había tenido para el programa sobre el servicio militar, el teniente Bienvenido Rojas, un tipo chévere.

Las Fuerzas Armadas no sólo jugaron un papel fundamental, decisivo, en la implantación del Período Especial en Tiempos de Paz: tampoco estuvieron al margen del proceso democratizador que se quiso poner en práctica en Pinar del Río, antes de extenderlo al resto del país. Aupándolo no estaban solamente Aldana y su equipo más cercano en el DOR, sino el mismísimo Raúl Castro, entonces ministro de las FAR y segundo secretario del Comité Central del Partido.

Ninguno de los dos Puntos de Vista realizados en Pinar del Río salieron al aire, uno por un motivo, otro por otro. Pero me consta que en ninguno de los dos casos el censor fue Carlos Aldana. De él y de sus allegados siempre tuve apoyo y vía libre en mi labor como periodista, aunque a veces en medio de fricciones y situaciones un tanto extrañas. En 1986-87 se produjeron dos de esos raros momentos. Uno ocurrió una noche, en un estudio de la Televisión donde se iba a celebrar una asamblea presidida por Aldana. Llegué y me senté al final. Antes de iniciar la reunión, Aldana recorrió con la vista a los asistentes y al divisarme, en voz alta, dijo: "Uf, tengo que tener cuidado con lo que digo, porque aquí está Tania Quintero". También en alta voz le respondí: "No te preocupes, que ahora mismo me estoy yendo". Y me fui.

Las personas presentes no deben haber entendido por qué Aldana dijo eso. Unos meses antes, en una reunión en el Comité Central, con periodistas de los principales medios nacionales, para pedir sugerencias, darle un vuelco al aburrido y mediocre periodismo oficial, y tratar de hacer "un periodismo militante y creador", pedí la palabra. Entre otras cosas, dije que no se le podían pedir peras al olmo, pues no se podía hacer un periodismo creador mientras éste fuera militante. Y propuse escribir sobre la vida y problemas cotidianos de los cubanos de a pie.

En otra ocasión, fui citada al despacho de Aldana. No tenía la menor idea de los motivos y supuse que era por mi fama de "conflictiva". El encuentro duró cerca de una hora. Todo el tiempo Aldana estuvo descargándome, caminando de un lado a otro. Mientras, aprovechaba para tomar jugo natural de naranja que me habían servido. De reojo, miraba sus lustrosos botines de piel negra. De pronto, en tono amenazante me dijo: "Fíjate, Tania Quintero, aquí oposición sólo se va a permitir la de Fidel Castro". Siempre me quedé pensando por qué Aldana me citó a su despacho y me bajó aquella perorata.

Cuando pasó todo lo que pasó, y él desapareció de la escena política, me di cuenta que mi presencia fue un pretexto. Y que Aldana habló para los micrófonos que ya por entonces debió haber tenido instalados en su amplio y cómodo despacho, donde siempre estaban encendidos dos televisores: uno con noticias nacionales y otro con CNN en español. En mi libro también iba a contar que en noviembre de 1994 le serví de guía a una comitiva formada por cuatro abogados españoles, entre ellos Jesús María Zuloaga, hermano de José María Zuloaga, periodista de ABC, y José María Fuster-Fabra Torrellas. Alquilaron un yipi y debía ayudarles a que no se extraviaran por la ciudad. No sabía exactamente a qué habían viajado a La Habana. Me decían que querían ir a tal calle y les orientaba. Tomaban fotos, muchas fotos.

Supe sus verdaderos propósitos cuando regresaron a España y en la prensa vi lo que publicaron: pertenecían a la AVT (Asociación de Víctimas del Terror) y en sus cámaras fotográficas y de video quedarían captados los lugares donde trabajaban y vivían algunos de los etarras refugiados en la Isla con el consentimiento del Gobierno cubano. En 1994, por cierto, me encontraba en una ambivalente situación: continuaba cobrando mi salario por los Servicios Informativos de la Televisión Cubana, pero no me asignaban contenido de trabajo. Desde marzo de 1991, cuando mi hijo Iván García había estado dos semanas detenido en Villa Marista, sede de la Seguridad del Estado, y al aire había salido "Guajirito soy", el último programa Puntos de Vista por mí realizado, sin saberlo, había pasado a formar parte de una lista negra.

A pesar de las adversidades, no me limité a mi papel de abuela y ama de casa en Período Especial. Desde mediados de 1991 y hasta marzo de 1993, con autorización del presidente del ICRT, Enrique Román, cogí un año sabático y me dediqué a investigar la vida, obra y estancia en Cuba del director austríaco Erich Kleiber y su familia.

De lunes a viernes, mañana y tarde, unos días investigué en el Instituto de Historia, otros en la Biblioteca Nacional o el Museo de la Música.

Cuando finalicé el trabajo de investigación, presenté un proyecto de serial televisivo al ICRT, del que copio la introducción:

"Este proyecto recoge facetas de la vida del director austríaco Erich Kleiber y del compositor cubano-catalán Joaquín Nin Castellanos y sus respectivas familias, entre los que sobresalen el director Carlos Kleiber y la escritora Anäís Nin.

"Sugerencia de título: ESCALAS HACIA EL FUEGO (título en español de libro de Anäís Nin publicado en Barcelona en 1971).

"Género: Ficción periodística. Extensión: 12 capítulos de 57 minutos cada uno.

"Objetivos principales: Resaltar aspectos desconocidos o apenas conocidos de personalidades mundialmente famosas que de una u otra forma estuvieron ligadas a Cuba. Mostrar a figuras cubanas que trascendieron el ámbito nacional y tuvieron cierta relación con esas personalidades. Rememorar la riqueza artístico-musical en Cuba y en el mundo en la década de 1940-1950."

Al constatar que la propuesta presentada había caído en saco roto, el 28 de marzo de 1993, a iniciativa mía y gracias al apoyo de Ligia, hija del maestro Adolfo Guzman, en el Museo de la Música, inauguramos la exposición Erich Kleiber: 50 años de su debut artístico en Cuba. Entre los invitados, Domingo Aragú y Pedro Vega, músicos fundadores de la Orquesta Filarmónica de La Habana; la embajadora de Austria, Heide Keller y la directora del museo, María Teresa Linares. Ese año sabático lo cerré con Presencia de Kleiber, reportaje que publicó Bohemia en junio de 1993 y fue seleccionado uno de los más destacados de esa semana.

De todo eso y más pensaba escribir si la represión de marzo y abril de 2003 me lo hubiera permitido.   

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3 comentarios

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Profile picture for user pim-pam-pum

Me gustaría saber por qué el blog de Tania Quintero ya no está. Lo visitaba con cierta frecuencia y a veces dejaba algún comentario pero ya no se puede acceder a él.

Profile picture for user Ana J. Faya

Ok. La autora brinda en este escrito una visión muy personal sobre Aldana, y hasta de Raúl Castro. No todos los que tuvimos que toparnos de alguna forma con esos personajes coincidimos.

Algunos aduladores le habían hecho creer a Carlos Aldana que era poeta. Nunca nos perdonó a Raúl Rivero y a mí que tratáramos de sacarlo del error. Aunque yo nunca lo conocí, apenas lo vimos Raúl y yo cuando trabajaba en una pizzería-piscina, antiguo centro soviético, a orillas del pestilente río Almendares. Recuerdo que Raúl le mandó una propina al almacén. Aldana creyó, como tantos otros, que tenía poder. Nunca conoció de verdad a los hermanos Castro Ruz. Pero no se mereció otra cosa. Tania sabe.