A partir del 25 de septiembre, el Museo de Arte Contemporáneo de Monterrey (MARCO) estará exhibiendo la muestra retrospectiva Autorretrato no autorizado. La misma, que permanecerá abierta hasta abril del próximo año, será una oportunidad de lujo para revisitar la obra de Flavio Garciandía, uno de los artistas más celebrados, respetados e interesantes de las artes plásticas cubanas, uno de los creadores que ha mantenido en constante progresión su trabajo, pasando por diversas etapas a través de las cuales, más allá de lo que pueda verse en sus obras, han permanecido un carácter, y un sentido lúdico, que son también parte de su carácter y de la permanente discusión que él mismo ha mantenido con la noción del artista en el ámbito de lo contemporáneo.
Nacido en Caibarién, y graduado de la Escuela Nacional de Arte en 1973, sus estudios se ampliaron luego en las aulas del Instituto Superior de Arte, donde llegaría a ser profesor. Su participación en la exposición del grupo Volumen I es parte de ese rompimiento que sacudió a las artes plásticas cubanas a inicios de la década de los 80, y que desde esa expresión exigiría a las instituciones del momento una mayor apertura en términos no solo estéticos, en pos de una mayor libertad y la asimilación de nuevos desafíos más allá del circuito de galerías y museos. No hay que olvidar que en esa década, junto a creadores de otras expresiones que se fueron sumando, cambia un concepto y una perspectiva del trabajo artístico en el país, ganado a fuerza de debates que incluían el acceso a nuevas fuentes teóricas, desde las cuales no pocos creadores exigieron un aire más respirable para poder exponer sus proyectos. A Volumen I seguirían otros proyectos de diversos creadores, como el grupo Puré o Arte Calle, que con sus muestras, sus performances y sus discusiones con la crítica oficial, remodelaron muchos de esos espacios y ámbitos, asimilando con rapidez los ecos del bad painting, el art brut, lo näive y la postmodernidad, en exposiciones tan recordadas como las del Castillo de la Fuerza, de las que queda poca memoria allí, donde luego se instaló un "pacífico" museo de la cerámica por varios años y hoy permanece dedicado a muestras de arqueología.
A lo largo de sus diversas etapas, Garciandía ha puesto en discusión no solo su propia trayectoria, sino que ha sido un crítico consciente de la misma, eligiendo la parodia antes que la cita, referenciando a los maestros a los que admira desde un tono donde el humor es fundamental, y asimilando elementos del kistch, del colorido tropical, del desapego criollo a las formalidades, que han sido analizados por estudiosos como Gerardo Mosquera. Del hiperrealismo de algunas de sus obras más conocidas "Todo lo que usted necesita es amor", su retrato de la pintora Zaida del Río, compañera suya de estudios, es un clásico en la muestra permanente del Museo Nacional de Bellas Artes), pasó a romper esos moldes, con exposiciones como Vereda tropical, obras como "El lago de los cisnes" con su explosiva carga de kitsch-caribeño, y llegando hasta el abstraccionismo de su momento más reciente.
Desde la búsqueda y trabajo con otras técnicas, como el dripping, la escultura o el libro-objeto, proyectos como Arte en la Fábrica, o el rejuego con símbolos desde la ironía evidente en El síndrome de Marco Polo, donde el reacomodo de héroes de nuestra historieta vino a ser un elemento crucial, pasó a Tropicalia I y Tropicalia II, a finales de la década de los 80, como una reflexión igualmente aguda y matizada por el humor de los acontecimientos políticos de la breve era de la perestroika y su impacto en Cuba. La serie, que apareció reflejada en revistas como El Caimán Barbudo, sorprendió y demostró que Flavio, ya una figura celebrada, no iba a acomodarse en los laureles ni en sus labores como especialista del Ministerio de Cultura. La hoz y el martillo, quebrados y reimaginados gozosamente, llevados a un juego de formas que no eludían lo erótico, deben haber molestado a algunos envarados, al tiempo que refrescaban su propia praxis, insistiendo en lo que él mismo enuncia en sus conocidas Declaraciones, donde afirma sus puntos de vista desde la paradoja y la contradicción, borrando las fronteras entre el arte culto y popular, lo alto y lo bajo, lo real y lo ficticio, lo banal y lo trascendente, el valor o no del arte y su mercado, etcétera.
Radicado en México desde inicios de la década de los 90, su paso por Monterrey inaugura otra etapa importante a la que ahora, con esta inminente retrospectiva en MARCO, puede entenderse desde lo que la obra aún creciente de Flavio Garciandía nos propone. "La presencia de Flavio Garciandía en Monterrey durante más de una década tuvo un profundo impacto en la comunidad local, no solo a través de su práctica artística, sino también de su labor intelectual. Su obra da continuidad a una reflexión clave que surgió al inicio de la construcción del movimiento de la 'vanguardia cubana de los años 80', que desafió las estrictas políticas culturales asociadas al realismo socialista en la Isla con el fin de generar respuestas críticas a la cultura occidental. Por lo tanto, consideramos que la obra desarrollada a lo largo de las últimas tres décadas constituye una construcción irónica, utópica e inalcanzable de la confrontación entre los grandes creadores occidentales y el arte latinoamericano".
Según esas líneas, que ya aparecen en la nota promocional del Museo de Monterrey, el recorrido por esta retrospectiva permitirá un encuentro amplio y sustancioso con las zonas de su trabajo que también han sido reflejadas en publicaciones como el volumen I Insulted Flavio Garciandía in Havana, publicado por Turner Libros en 2009, organizado por la curadora y crítica Cristina Vives, y que ofrece un compendio de textos e imágenes imprescindible acerca de este pintor, quien persiste en bromear sobre la trascendencia de su obra ("No me considero un pintor. Solo un artista"), y en dudar de varias verdades que se siguen teniendo por absolutas, incluso en un tiempo tan cínico como este, testigo del fin de tantas utopías y predicciones.
Comentado, analizado, estudiado, en ese libro y otros textos y volúmenes por Osvaldo Sánchez, Ruffo Caballero, Juan Antonio Molina, Gerardo Mosquera, Edward J. Sullivan, Catherine Lampert, entre otros, Flavio Garciandía no se ha detenido en los elogios ni en el hecho de que algunos ya le consideren un paradigma. Junto a su obra, sus cuadros, su manejo irreverente y libre del color, así como desde su manera de hacernos volver a considerar zonas consideradas marginales o periféricas del arte, su actitud complementa esos lienzos y proyectos que ha ido creando y habitando, en un reto permanente a lo que se imagina estático e incuestionable. Su "frescura" es cubana y persistente, y ello es una clave que quienes se acerquen a esta retrospectiva no deberían olvidar. Ningún repaso de las artes visuales de la Isla podría prescindir de su nombre, porque él, junto a otros (José Bedia, Tomás Sánchez, por solo citar dos ejemplos) dialoga con su país sin necesidad de caer en los tópicos, ni estéticos ni políticos, que han limitado el quehacer de otros. Creo que no se equivocaba Osvaldo Sánchez cuando apuntó que la obra de Garciandía puede leerse como parte de una historia alternativa, donde los maestros a los que admira y discute, la tradición y su puesta en duda, sus proyectos reales y sus "insultos" ficticios a otros creadores a los que confronta, coinciden en ese plano que es el de su obra, nos ayudan a entender el distanciamiento desde el cual el imagina su propio paisaje, su propio horizonte.
Si en las salas del Museo Nacional de Bellas Artes no falta quien recorre con la vista esos muros hasta dar con aquel hermoso retrato de Zaida del Río que Flavio pintó en 1975, cuando hago allí alguna de mis visitas cada vez procuro no abandonarlas sin detenerme ante otro retrato de su autoría, donde aparece el rostro de la gran artista cubana Antonia Eiriz, una de sus maestras: su "más importante y querida profesora", como la definió en una entrevista concedida hace poco más de un año. Ese retrato, de 1977, se titula "Nada personal". Y quien conoce la obra de Garciandía sabe de la importancia de los títulos que elige para cada una de sus piezas. En cierto modo, desde la ironía que lo caracteriza, tal vez esta muestra de MARCO pueda ser una invitación a que repasemos desde esa perspectiva toda su creación, dejando la ingenuidad a un lado, pero sin que nada nos impida disfrutarla y gozarla como uno de los desacatos que sostienen el credo de este admirable artista, uno de los que desde hace mucho debería haber ganado el Premio Nacional de Artes Plásticas.
Como él ha afirmado, toda de obra de arte debe ser entendida desde la propia capacidad de libertad interpretativa que su creador haya sido capaz de poner en juego al traerla a este mundo. Y este Autorretrato no autorizado, con una curaduría amplia que incluye desde sus inicios hasta obras cedidas por amigos y coleccionistas privados, permitirá a quienes puedan más que contemplarla, participar de ella, para ser parte de ese autorretrato, de los prismas que se desprendan de esa imagen, y entender las muchas dimensiones desde las cuales Flavio Garciandía, en este largo camino que viene desde Caibarién hasta Monterrey, ha ejercido el derecho a crear desde su personalísima noción de libertad.
En la sala de mi casa persiste una copia de "All you need is love" (como la llaman mis hijos) que ha sobrevivido renovaciones y "guardias viejas" de mi mujer.