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Opinión

A la sombra del Concilio de Nicea

'Tal vez nunca en la historia ha habido un caso tan escandaloso de perversión y travestismo'.

Madrid
Ícono que representa el Concilio de Nicea. Al centro, el emperador Constantino.
Ícono que representa el Concilio de Nicea. Al centro, el emperador Constantino. Vatican News

En días como estos, entre el 19 de mayo y el 25 de julio del año 325 de nuestra era, 318 obispos de la Iglesia Cristiana se reunían en la ciudad de Nicea de Bitinia —actualmente Turquía— en respuesta a la convocatoria de Constantino el Grande que aspiraba a consolidar ideológicamente la religión que él había empezado por tolerar y luego a promover como instrumento de cohesión del Imperio Romano.

El monarca —que creía haber encontrado en el monoteísmo de esa fe, tan denostada y perseguida en los reinados de sus últimos predecesores, una religión más universal y afín a su vasto programa imperial— empezaba a advertir que los llamados seguidores de Cristo estaban profundamente divididos en partidos de índole doctrinal que afectaban directamente la unidad que él políticamente precisaba.

El emperador concibió la necesidad de unificar la opinión de los líderes eclesiásticos y los invitó (por mediación del obispo Osio de Córdoba) a reunirse en esa ciudad del Asia Menor donde tenía su palacio de verano. La invitación incluía gastos de viaje y hospedaje; no obstante, de unos 1.800 obispos de toda la Cristiandad, poco más de tres centenares, casi todos de la zona oriental, acudieron al llamado del emperador.

Aquella asamblea, que las iglesias históricas reconocen como el primer concilio ecuménico (o universal) tenía como primera tarea definir la naturaleza de Cristo a quien, tres siglos después de su muerte, sus seguidores habían exaltado a la divinidad, o poco menos, este era el dilema: si el Hijo, encarnado en Jesús de Nazaret, era coeterno con el Padre o, si por el hecho de ser engendrado por este, era tan solo la primera de sus criaturas y, en consecuencia, pese a su papel redentor, no participaba plenamente de la misma sustancia o naturaleza (homoousios) del Padre.

La polémica había empezado en la diócesis de Alejandría, entre el obispo Alejandro y uno de sus clérigos, el presbítero Arrio, que también estuvo presente en el concilio. Arrio sostenía que el Padre había engendrado al Hijo de la nada y que, en consecuencia, "hubo un tiempo en que el Hijo no existía", de donde se derivaba que no podía ser Dios, sino tan sólo uno de sus agentes (que era en definitiva lo que significaba la palabra "mesías" en la tradición hebrea).

Aunque este último argumento pareciera el más lógico y acorde con la vida y ministerio de Jesús conforme a las fuentes del Nuevo Testamento, la mayoría de los padres conciliares optó por la teoría trinitaria que había venido desarrollándose desde tiempo atrás y que ahora, por primera vez, se definía en un dogma. El resultado fue el llamado "Símbolo de Nicea" o credo niceno (su primera parte) que rezamos en las iglesias tradicionales y en el cual se define a Jesucristo como "Dios de Dios, Luz de Luz, Verdadero Dios de Verdadero Dios, engendrado, no creado, consubstancial al Padre". La Iglesia, como cuerpo, se alejaba de sus raíces judías al tiempo de adentrarse en el pensamiento griego.

Esta decisión tomada por este grupo de obispos en el verano del 325 en un rincón del Asia Menor sería de una extraordinaria trascendencia, y tanta que, 1.700 años después, sigue siendo fundamento esencial de la fe religiosa de casi un tercio de la humanidad (si bien el dogma trinitario no alcanzaría su definición más plena hasta el Concilio de Calcedonia, que tuvo lugar en otra ciudad de Bitinia en el año 451). El Concilio de Nicea también legisló sobre la fiesta de la Pascua, que hasta entonces se celebraba conforme al calendario judío y que, en lo adelante, quedaría fijada en el primer domingo después del plenilunio de marzo; y también promulgó una veintena de nuevas leyes o reglas inmutables que se conocerían a partir de entonces como Cánones.

El Concilio de Nicea anatematizó la opinión teológica de Arrio y lo declaró hereje, y el emperador lo desterró a Iliria y ordenó, en un edicto posterior, la quema de todos sus escritos y pena de muerte para cualquiera que conservara alguno de sus textos. No obstante, el arrianismo no desapareció y llegó a adquirir notable predicamento entre algunas naciones bárbaras, al punto de no faltar quien proponga que el Islam no es otra cosa que la versión arriana de los árabes.

Por su parte, el Estado se adueñaba de la Iglesia y usurpaba su doctrina como un instrumento del despotismo. La prédica benévola de un profeta judío ejecutado tres siglos antes por el poder imperial romano se transformaba, a partir de Nicea, en una ideología de dominio que convertía a ese mártir en una deidad terrible al servicio del régimen de sus verdugos. Tal vez nunca en la historia ha habido un caso tan escandaloso de perversión y travestismo.

El Reino de Dios, que Jesús y Pablo predicaran como un inminente advenimiento, quedaba ahora aplazado a un final escatológico, en tanto la Iglesia se convertía en intérprete y mediadora absoluta del mensaje evangélico: un anticipo del Estado totalitario. El cristianismo, que había empezado siendo una prédica llamada a humanizar el Imperio Romano, trocábase, a partir del Concilio de Nicea, en una ideología profundamente reaccionaria sin otro fin que servir al poder imperial y, llegado el momento, suplantarlo.

Esa reunión de obispos, de la que ahora se cumplen 1.700 años, ha tenido una importancia difícil de subestimar. Aún vivimos a su ominosa sombra.

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7 comentarios

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No hay dudas, Echerri es persona culta y siempre es entretenido leerlo, podría decir que lo admiro, aunque no sé si su estilo ríspido y radical es de todo mi agrado. En algunas instancias he coincidido con él y en otras, como la guerra de Irak he estado en absoluto desacuerdo.
Muy pobre el artículo en realidad para el tema que pretende abordar. Casualmente he estado releyendo en estos días el compendio de D.W. Low de los escritos de Gibbon. Se los recomiendo,
La verdad es que nunca he entendido bien esa militancia que practica mucha gente a la hora de ser ateísta. Como decía Jung, cuando algo te molesta tanto, piensa primero que es lo que está mal contigo que hace que eso te moleste.
Coincido con Weston que yo no soy nadie para negarle a la gente su religión. Religión y ateísmo desde el punto de vista epistemológico no son diferentes. No existe nada como el ateísmo científico.

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Cuando Echerri publicó un artículo sobre Heberto Padilla, comenté que era lo mejor que había leído sobre ese tema. Pero ese fue sólo uno de los tantos elogios que he escrito sobre Echerri. No obstante, siempre he criticado el raro interés de Echerri en justificar su ateísmo. Soy de los que creo que únicamente la Fe ofrece el consuelo imprescindible en la vejez. Echerri ha tildado (no tengo elementos para discrepar o apoyarlo) a Reinaldo Arenas como mala persona, pero batallar para que el ser humano (sus lectores) pierdan su Fe, para que duden, para que sufran al juzgar la vida humana como inútil, no es de buenas personas, francamente. Afortunadamente, Echerri se protege, se compensa con su instrucción, que resulta aburrida para la gran mayoría; pero quienes lo leen, como Zayas, por ejemplo (ver su opinión más abajo) tienen aquí la oportunidad de expresar su progresivo vacío espiritual, comparando la Fe religiosa con el fanatismo deportivo. Yo no veo el gol por ningún lado.

Hola, Weston. Opina lo que quieras, todos tenemos derecho a ello. Para mí, el fanatismo religioso, deportivo, político, etc, son el mismo perro con distinto collar. La fe y la razón se oponen diametralmente. Yo le apuesto a la razón, a los hechos, en fin, a la ciencia. Pero la ciencia tampoco ha resuelto el problema fundamental de la Filosofía: qué es la materia y porqué se conoce a sí misma. Algunas leyes ha descubierto, pero cada vez que resuelve una interrogante surgen muchas nuevas y seguimos igual o peor. Por eso no soy ni religioso ni ateo, sino agnóstico. Es la posición mas honesta que se me ocurre. La fe es util para sobrevivir, pero hay demasiados descarados intentando manipularte diciendo que ellos saben las respuestas a los interrogantes. Y a mi no me gusta que me manipulen. No siempre lo logro, pero al menos siempre lo intento. Saludos.

Hola, Vicente. Muy buen artículo. Me pregunto si te has planteado porqué, 1700 años después, todavía sigamos trabados más o menos en lo mismo. Y podría referirme no solamente al fanatismo religioso, sino al deportivo, al político, al racial, etc. Para mí está claro: la supervivencia de las especies es mayor cuando están en grupo que cuando no lo están, y la Selección Natural se ha ocupado de fijar ese comportamiento en los genes. Por eso los pájaros se agrupan en bandadas, las reses en manadas, los peces en manchas, etc. Están garantizando su supervivencia. En el caso de los humanos, la parte mala es que esa tendencia genética a agruparse (yo la llamo nuestros "genes de manada") es utilizada por una partida de bribones que la convierten en conceptos como "patriotismo", "religión", etc, con una intención bien clara: manipularnos a su antojo. Y es muy difícil sustraerse a esa tendencia, aún si comprendes la trampa. Es como si te propusieras dejar de orinar. No puedes hacerlo. Un abrazo.

Los católicos argumentan que son seres humanos... Paul Claudel polemizó sobre el tema con algunos ateos y anticlericales. Jesucristo humaniza a Dios, aunque las religiones del desierto sigan siendo sectarias.

A ese Constantino le dicen el Grande, pero mandó a matar a su esposa y a su hijo mayor (de otra mujer).